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📘Libro I Un alma en Cristo
En oración en mi habitación.
Tus fuerzas son pocas para sostener tu voluntad. Como sucede a todos los que me aman, tu voluntad se agranda, pero está sujeta al cuerpo. Este cuerpo tiene una ley indispensable para vivir: así como para que el alma viva, debe alimentarse con la oración, así para la vida del cuerpo hace falta el alimento y el descanso. Tu voluntad es grande, hija mía, pero estás cansada y debes respetar la ley corporal.
Sé que tienes trabajos innumerables que hacer, pero debes descansar. No te culpes, pues, si te duermes en mi presencia. La paz espiritual constituye un aliado excelente para tu cansancio. Yo estoy aquí y te contemplo con ojos llenos de amor, como un padre contempla a su hijo que, en un rincón, se ha quedado dormido. ¡Qué ternura siente, qué indefenso lo ve! Lo toma en sus brazos y, con inmenso cariño, lo acuesta suavemente, con la más inmensa delicadeza, y sale despacio para no despertarlo. Así hago Yo contigo, hija mía. No debes angustiarte si te duermes en mi Presencia. Yo te cuido, amor mío.
Padre, yo te pido perdón. En mi alma hay angustia; no me porto bien en la tienda. A veces para vender, aunque no lo quiero, tengo que mentir un poquito; también está la discusión de la otra noche. No me porté bien, he dudado de mi Santa Madre un poquito después de la conversación con Sonia; no la defendí lo bastante. Me siento muy mal, Padre mío. Siento ambición de ser la primera a tu lado, llegar a ti antes que otros de mis hermanos y, al mismo tiempo, me siento minúscula, perdida, pequeña, insegura. Por todo ello: ¡perdón, Padre mío, perdón! Como ves, creo que no te resultaré muy bien para lo que quieres de mí.
¿Por qué lloras, hija mía? ¿Tú crees que no sé todo lo que tú eres? Las dudas también las sintieron los gigantes de la fe, mis Apóstoles. Todos los hombres han dudado, todos mis santos han pecado. Los que hoy glorifico a mi lado, también se sintieron indignos, pequeños, y no osaban levantar el rostro delante de Mí. Tú, hija mía, no sufras. No me engañas; Yo sé el resultado que me darás. Por eso te digo: no pienses, sigue; pero sigue sintiéndote pequeña. No eres nada, pero Yo te haré grande, como hago grandes a los hijos de Dios.
Hija mía, no dudes de mi religión. La Iglesia Católica es la verdadera. Es, hija, el camino más recto para llegar al Padre, porque está regida por Mí. Cree en la Santa Misa, como el verdadero sacrificio del Cordero de Dios; en la Sagrada Forma, como Mi Cuerpo y Sangre; en el sagrario, como Jesús Sacramentado, estando en él vivo su Cuerpo y Sangre. No dudes de mi Santa Madre. Ella es la verdadera Madre del mundo. Debéis honrarla, amarla, venerarla porque fue escogida por mi Santo Padre para gloria del mundo. Ella es verdadera Corredentora entre Dios y los hombres. Quien dude de ella no merece ser hijo de Dios.
Tú sigue en tu sitio, que nada ni nadie te hagan dudar. Yo te amo con locura y mi Santa Madre te cubre con su manto. Quiero decirte que son de mi agrado las flores que cada día repartes entre la Santísima Trinidad y mi Santa Madre. También entre las flores veo tu corazón, que Yo cojo con inmenso cariño. Te amo, hija mía.
𝑮𝒓𝒖𝒑𝒐 𝑴𝒂𝒓í𝒂 𝑨𝒖𝒙𝒊𝒍𝒊𝒂𝒅𝒐𝒓𝒂 (1985). 𝑼𝒏 𝒂𝒍𝒎𝒂 𝒆𝒏 𝑪𝒓𝒊𝒔𝒕𝒐. 𝑳𝒊𝒃𝒓𝒐 𝑰