Un alma en Cristo https://unalmaencristo.my.canva.site/redessociales
📘 Libro I Un alma en Cristo
Había recibido una nota de mi confesor y una copia de lo que, sacado de uno de estos escritos, saldría en una publicación periódica. Me emocioné muchísimo y sentí y siento miedo de las dimensiones que está cogiendo todo esto. Pienso que cada vez soy más pequeña y no puedo menos de ver la gran obra de Dios en mí y los cambios que está haciendo en mi persona. Experimento sentimientos que nunca había sentido, sentimientos contradictorios: de gran amor y de miedo a no ser como Él quiere que sea. Me doy cuenta que debo ser mejor, y sé que a cada momento caigo. De pronto veo a Dios gigantesco, enorme en su grandeza y divinidad, y es como si su poder me aplastara. Y yo he venido a Él a buscar refugio... Él me dice:
La grandeza de Dios es inmensa. Con tu pobre cabeza, por más que pienses, no puedes abarcar ni comprender toda su grandeza y atributos. Créeme, hija mía, si el hombre se parase a pensar un poquito en estos atributos de Dios, con serenidad y rectitud ¡cuántos como tú quedarían asustados y sorprendidos! 𝗘𝗺𝗽𝗲𝘇𝗮𝗿 𝗮 𝗰𝗼𝗺𝗽𝗿𝗲𝗻𝗱𝗲𝗿 𝗹𝗮 𝗴𝗿𝗮𝗻𝗱𝗲𝘇𝗮 𝘆 𝘀𝗮𝗯𝗶𝗱𝘂𝗿í𝗮 𝗱𝗲 𝗗𝗶𝗼𝘀 𝗲𝘀 𝗲𝗺𝗽𝗲𝘇𝗮𝗿 𝗮 𝗰𝗼𝗻𝗼𝗰𝗲𝗿 𝗹𝗮 𝗻𝗮𝗱𝗮 𝗱𝗲𝗹 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲.
No me extraña, hija mía, tu forma de sentir. Antes que tú, muchos santos sintieron lo mismo. A esto se le llama «revolución del espíritu», y hace que el alma salga de una postura cómoda que está puesta entre una verdad y una mentira. El alma, en ese estado, quiere creer, pero, al mismo tiempo, no quiere. Así, vive aparentemente tranquila. Pero no es ése el estado que Dios quiere para sus hijos. Dios, mi Santo Padre, quiere que el alma salga de esa postura falsa y comprenda su Gloria. Para ello hace visible su poder y grandeza. El alma queda entonces sorprendida y anonadada, sintiéndose que no sabe a dónde dirigir su mirada. Queda desconcertada y aturdida delante de su Dios.
Hija muy querida, debes dar gracias por ese estado, pues, a través de él, encontrarás el verdadero equilibrio entre tu pequeñez y la grandeza de Dios. De ello quedará sólo la humildad del que se sabe nada, para encontrar por fin la paz y dar gloria a Dios.
Estos cambios espirituales, amada mía, otros, antes que tú, los han pasado para poder coger el camino estable de su alma. Dios no se deja ver en toda su grandeza por parte del hombre, pues éste no lo soportaría. Como buen Padre va preparando a sus hijos, dejándose ver poco a poco. Tú no sufras por nada: tanto si te dicen que eres tú, como si no. A ti, que has recibido tanto, ya no debe importarte más que mi grandeza: debes vivir con los ojos fijos en tu Dios. No te mires a ti misma. Creer que debes comportarte externamente de modo distinto de los demás, es un error, puesto que tú no eres diferente a ellos; todo el valor y la gloria me pertenecen a Mí.
Hija mía, cuando un alma llega a tu estado, debe ser muy humilde: 𝘃𝗶𝘃𝗶𝗿 𝘀𝗲𝗻𝗰𝗶𝗹𝗹𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲, 𝗶𝗴𝘂𝗮𝗹 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝘂𝘀 𝗵𝗲𝗿𝗺𝗮𝗻𝗼𝘀, 𝗲𝘅𝗰𝗲𝗽𝘁𝗼 𝗲𝗻 𝗲𝗹 𝗽𝗲𝗰𝗮𝗱𝗼, 𝘆 𝗮𝗺𝗮𝗿𝗺𝗲 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗰𝗼𝘀𝗮𝘀, 𝗮𝗺𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗮 𝘀𝘂 𝗽𝗿ó𝗷𝗶𝗺𝗼 𝘆 𝗱á𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝗰𝘂𝗲𝗻𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝗲𝘀 𝗻𝗮𝗱𝗮.
𝗗𝗲𝗯𝗲 𝗺𝗮𝗻𝘁𝗲𝗻𝗲𝗿𝘀𝗲 𝗲𝗻 𝘂𝗻 𝗲𝘀𝘁𝗮𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗚𝗿𝗮𝗰𝗶𝗮, 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗰𝗼𝗻𝘀𝗶𝗴𝘂𝗲 𝗲𝘀𝘁𝗮𝗻𝗱𝗼 𝘀𝗶𝗲𝗺𝗽𝗿𝗲 𝗲𝗻 𝗰𝗼𝗺𝘂𝗻𝗶𝗰𝗮𝗰𝗶ó𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝘀𝘂 𝗗𝗶𝗼𝘀.
Alégrate, pues, hija mía y bendice al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
𝑮𝒓𝒖𝒑𝒐 𝑴𝒂𝒓í𝒂 𝑨𝒖𝒙𝒊𝒍𝒊𝒂𝒅𝒐𝒓𝒂 (1986). 𝑼𝒏 𝒂𝒍𝒎𝒂 𝒆𝒏 𝑪𝒓𝒊𝒔𝒕𝒐. 𝑳𝒊𝒃𝒓𝒐 𝑰