Hubo un día en que los cimientos de Hollywood se estremecieron. No fue por un estreno, ni por un récord de taquilla, sino por un silencio que comenzó a romperse. Durante décadas, Harvey Weinstein había sido considerado un titán del cine: el hombre capaz de transformar un guion en un Óscar, el productor que convertía películas en fenómenos culturales, el que parecía tener en sus manos las llaves del éxito.
Su nombre estaba asociado a la gloria de Miramax y luego de The Weinstein Company, compañías que moldearon buena parte del cine contemporáneo. Pero detrás de esa fachada de genialidad y poder se escondía una sombra densa: una red de abusos sostenida en el miedo, la complicidad y el silencio.