En esta obra, Bryan Caplan desafía la religión secular de la democracia al proponer que el principal obstáculo para el bienestar social no es la corrupción de las élites, sino la irracionalidad sistémica de los votantes. A diferencia de las teorías económicas tradicionales que asumen que las personas procesan información con lógica, el autor sostiene que los ciudadanos suelen aferrarse a prejuicios económicos populares porque validar sus propias ideologías les genera satisfacción personal sin un costo directo. El texto explica que, debido a que un solo voto rara vez cambia el rumbo de una elección, los individuos se permiten ser irracionales de forma selectiva, lo que genera una externalidad negativa donde la sociedad entera sufre las consecuencias de políticas ineficientes respaldadas por la mayoría. Finalmente, Caplan sugiere que la solución a esta paradoja no radica en aumentar la participación ciudadana, sino en limitar el alcance del poder político en favor de mecanismos de mercado que incentivan decisiones más responsables y realistas.