Los agentes no respetaron su dignidad humana y la de su hijo. El Ministerio de Salud tampoco está cumpliendo con lo dispuesto en la ley.
Según el artículo 26 del reglamento de la Ley Nacer con Cariño, en caso de fallecimiento del bebé, la madre, el padre y la familia recibirán apoyo psicológico de forma individualizada y grupal. Para ello, los centros asistenciales establecerán procesos de seguimiento para salvaguardar la salud mental de los involucrados, durante el duelo. Pero a Vilma nadie le ofreció ayuda psicológica. En el Hospital Nacional de la Mujer, ni siquiera se lo mencionaron.
Imponer sanciones por la violación de la ley es responsabilidad del Consejo Superior de Salud Pública. Así lo establece el artículo 31 del reglamento. En el caso de los servidores públicos también sancionará
La comisión del servicio civil institucional que corresponda y el Tribunal de Servicio Civil competente. Además, “cuando de los hechos investigados por la comisión, el consejo o las juntas de vigilancia se advirtiera la posible comisión de un delito, los mismos están obligados a dar aviso a las autoridades competentes”, cita el artículo 35 del reglamento.
En el caso de Vilma, la Ley Nacer con Cariño, es una ley muerta.
“No es tanto el miedo por los pandilleros, sino por la fuerza militar que está ingresando”.
El Régimen de Excepción ha aumentado la violación de los derechos del niño. Sus derechos están siendo pisoteados por el mismo Estado.
En el Caserío el Palmar, en el cantón San Lucas de Cuisnahuat Sonsonate, los policías y militares están haciendo patrullajes que antes no hacían con frecuencia. A partir de que se suspendieran algunas garantías constitucionales, llegan a la escuela de la comunidad y se dedican a revisar las mochilas de los estudiantes. A los niños les revisan hasta los pantalones y a las niñas las bolsas de las faldas, comenta Alicia, una de las residentes del lugar.
San Lucas es un lugar con comunidades organizadas que ha repelido a la pandillas, asegura Alicia, por esa razón casi no se veían policías ni militares. Hay niños más pequeños que nunca habían visto a un militar armado y tan solo su presencia los asusta. A partir de las medidas represivas, los jóvenes temen salir a trabajar e ir a actividades de esparcimiento. Los soldados y policías los intimidan.
El miedo que ahora se respira en San Lucas, no es tanto por las pandillas, porque no hay, sino por la fuerza militar que ha ingresado, dice Alicia.