En medio de su cultivo de ayote y bajo el sol de las 3 de la tarde, Jesús se lamenta de que las mejores tierras las tengan los cañeros y los productores de alimentos tengan que conformarse con las tierras sobrantes. “Para cultivar en estos pedacitos nos cuesta, porque lo mejor lo tienen los grandes (...) lo bueno lo tiene la caña y de la caña nosotros no comemos”, dice Jesús.
Desde que la pandemia llegó al país, Jesús ha visto un cambio en los precios de los abonos. El quintal de sulfato que costaba entre $10 y $12 dólares, ahora cuesta $25. Debe comprar hasta donde le da el bolsillo. También el precio de las semillas se ha incrementado, dice el agricultor, lo que le lleva a pensar que muy pronto ya no podrá cultivar como lo hacía antes. Únicamente producirá los alimentos para la familia.
Cultivar para vender los productos ya no tiene cuenta. Al final quien se beneficia de la producción es el intermediario, que compra al campesino a un precio barato, pero lo vende en el mercado a un precio mayor. Él sí obtiene beneficios, pero el productor que gasta en insumos caros y trabaja bajo el sol, solo le queda la satisfacción de producir para que otros se alimenten, mientras sus bolsillos siguen estando vacíos.