Hoy recordaremos al hombre que no necesitaba hablar alto porque su mirada ya te estaba juzgando en tres idiomas diferentes; el único tipo capaz de darte un consejo de vida, robarte la cartera y venderte un caballo, todo mientras se toma un café. Hoy hablaremos de Robert Duvall, el hombre que nos enseñó que la mejor forma de ganar un Óscar es parecer que estás pensando en tus tierras mientras los demás actores se dejan el alma gritando.
El pequeño Robert nació el 5 de enero de 1931 en San Diego. Su padre era almirante de la Marina y su madre actriz, así que el niño creció con la disciplina de un portaaviones y el drama de una diva. De joven se unió al Ejército, donde aprendió que la mejor forma de mimetizarse con el entorno es poner cara de llevar cuarenta años viviendo en ese cuartel.
En la universidad se graduó en drama, que es lo que uno estudia cuando tiene la capacidad de mirar fijamente a una pared y hacer que el público llore. Luego se fue a Nueva York a compartir piso con Dustin Hoffman y Gene Hackman, formando el trío de solteros más peligroso de la Gran Manzana: tres tipos que no tenían dinero para cenar pero sí toneladas de intensidad dramática.
En 1962 llegó su gran debut en Matar a un ruiseñor. Interpretaba a Boo Radley, un personaje tan misterioso y callado que Duvall pasó todo el rodaje ensayando el arte de no pestañear. El tío lo hizo tan bien que el público pensaba que venía incluido con los muebles de la casa. Si Robert se quedaba quieto en una esquina, la gente intentaba colgarle el abrigo encima.
Su consagración llegó en 1972 con El Padrino. Interpretaba a Tom Hagen, el contable y consejero de la mafia que era tan calmado que hacía que Marlon Brando pareciera un adolescente histérico. Mientras los demás se tiroteaban en los restaurantes, Robert pedía los recibos del almuerzo. Era el único hombre en la historia capaz de amenazar a un productor de Hollywood usando un tono de voz que parecía que estaba leyendo el prospecto de una aspirina.
Pero el delirio absoluto llegó en 1979 con Apocalypse Now. Se puso el sombrero de cowboy del Coronel Kilgore y nos regaló la frase definitiva del cine. El tío paseaba por la playa esquivando bombas como quien esquiva charcos en el mercado, argumentando que el olor del napalm por la mañana le recordaba a la victoria. George Peppard desayunaba planes, pero Duvall desayunaba combustible militar.
A partir de ahí, su carisma rural se volvió tan cotizado que si una película necesitaba un sheriff, un predicador o un tipo con bigote que supiera arreglar un tractor con la mirada, le llamaban a él. Se casó cuatro veces, demostrando que su pasión por el tango y las mudanzas requerían un ritmo constante que no todo el mundo podía seguir. En 1983 ganó el Óscar por Gracias y favores, interpretando a un cantante de country tan acabado que la estatuilla se la dieron más por compasión con sus botas que por el guion.
Incluso al pasar los años, se ha mantenido tan incombustible que los directores jóvenes le llaman solo para que se siente en una mecedora y aporte prestigio al plano. Robert decidió que la jubilación es para los débiles y que un buen vaquero muere con las botas puestas y el sombrero bien encajado.
A sus noventa y tantos años, el gran padrino del cine del oeste sigue demostrando que la veteranía no es un grado, es un superpoder. Aunque ustedes siempre podrán recordarlo cada vez que huelan algo quemado por la mañana y sientan la necesidad incontrolable de mirar al horizonte, ponerse un sombrero imaginario y decir con desprecio: "¡Aquí no se hace surf!".