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Tiene más cara que espalda.
Mientras el tren se cae a pedazos por la negligencia del ministro de Transportes, Óscar Puente —y de sus predecesores sanchistas—, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, está a lo suyo: en su modo campaña permanente. Y de gestionar, nada.
El marido de Begoña, «desaparecido» tras la tragedia de Adamuz, volvió para entrar al ruedo en la campaña de Aragón. Allí echó la culpa a otros de sus errores y de su nefasta gestión, defendió a capa y espada a su «puto lacayo», Óscar Puente, y alabó a la pésima Pilar Alegría.
Vergonzoso.El nivel de miseria humana al que ha llegado el Gobierno de Pedro Sánchez es digno de estudio.El marido de Begoña sigue traspasando todos los límites éticos y morales.Si con su fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, llegó a mantenerlo al frente del Ministerio Público pese a estar procesado por la Justicia —sometiendo a las instituciones al esperpento de verlo pasar del estrado de autoridades al banquillo de los acusados, para luego volver a colocarse la toga y sentarse donde estaba— y que finalmente terminó condenado, ahora con su perro de presa favorito hará lo mismo: mantenerlo a toda costa.
Atornillados a la silla.
Así están el ministro de Transportes, Óscar Puente, y los demás culpables de la tragedia de Adamuz.
Para ellos, dimitir es un nombre ruso, no la acción mínima cuando se asumen —de verdad— responsabilidades políticas.
El ministro tuitero aplica el Manual de resistencia de su «puto amo» y, desde Moncloa y Ferraz, se enfocan en lo que de verdad les importa: el relato.
El Gobierno de Sánchez, y en especial el Ministerio de Transportes, va como pollo sin cabeza.El grado de incompetencia del Ejecutivo es de escándalo.Tras años de enchufes y de disminuir la inversión en el mantenimiento de las vías —aunque la cifra total aumenta, el porcentaje disminuye cuando se tienen en cuenta la inflación, el crecimiento de la infraestructura y el uso de esta—, suceden desgracias como la de Adamuz.Independientemente de la causa del accidente, lo cierto es que el desgaste de las vías ferroviarias es evidente. Y ese desgaste afecta a los trenes, aumentando las probabilidades de incidencias debido al daño que genera en los vehículos.
Son más culpables que Judas.
Y no tienen escapatoria.
La incompetencia cuesta vidas. Y, tras siete años de Gobierno de Pedro Sánchez, la corrupción y la ineptitud han ido creciendo al tiempo que los enchufes y los chanchullos.
No les importan las víctimas.Ni las de Adamuz, ni las de la DANA ni las del volcán de La Palma.La hipocresía de la izquierda política y mediática no conoce límites. Su doble vara de medir, en función de a quién le puedan echar mierda encima, es acojonante.Ahora impulsan un nuevo mantra: «No politizar la tragedia».
Vergonzoso.
El ministro de Transportes, Óscar Puente, ha salido rápidamente a desmarcarse de cualquier responsabilidad política al conocerse la tragedia en Adamuz.
El ministerio que dirige Puente, que pasa más tiempo tuiteando e insultando que gestionando, ha ignorado y despreciado todas las denuncias de fallos y vibraciones en ese tramo. Hay que recordar que incluso los propios maquinistas habían alertado del estado de las vías.
Cada vez que habla, tiemblan en la Moncloa y en Ferraz.
Víctor de Aldama ha reaparecido esta semana para desmontar los relatos en torno a los chanchullos del círculo de confianza de Pedro Sánchez, en especial los de José Luis Ábalos y José Luis Rodríguez Zapatero.
No hay cortina de humo que pueda tapar la montaña de corrupción que aplasta a Pedro Sánchez.El hedor de los casos que salpican al Gobierno, al partido y al círculo íntimo del presidente sigue apestando, y no hay manera de que puedan limpiar toda la estulticia que han traído a la política desde que llegaron al poder.Ayer, el hijo de Ábalos, además de tirar de victimismo —que Ketty Garat no soportó—, dio un par de avisos que han puesto a temblar a Moncloa y a Ferraz.
Es más raro que un pingüino en el desierto.Sin querer afirmar tajantemente que sea inocente —de todo se ve en esta vida—, mucho de lo que rodea la acusación sobre presuntos abusos de Julio Iglesias a dos empleadas en sus mansiones del Caribe genera, al menos, algunas preguntas.
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