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Hay cosas que uno puede llegar a entender: que el café se enfríe, que el gobierno mienta, que los trenes no lleguen a tiempo.
Pero lo que no entra en cabeza alguna que no esté empapada en subvención es esto: ¿por qué demonios seguimos pagando televisiones públicas?
España es un sainete, con su toque costumbrista y popular de drama y comedia como mandan los cánones; al gusto, no me cabe duda, del gran Carlos Arniches. Tiene un elenco que cambia de guion pero no de coreografía.
Unos se visten de derecha para robar como la izquierda, otros se pintan de pueblo para vivir como casta y todos, absolutamente todos, viven del cuento.
Llevamos innovando desde que un simio afiló una piedra y descubrió que podía cazar mejor que con las manos. Después vino el fuego, el hierro, la rueda, la imprenta, el motor de vapor, la electricidad, la informática… y ahora, la inteligencia artificial.
Empecé el día como todos: café en mano y la mirada perdida en el vapor de la taza, cuando de repente escuché —imposible no hacerlo debido a esa costumbre tan española de hablar a gritos—, escuché, como digo, a un puñado de tertulianos de bar mascullar con ese deje grave de quien lleva siglos dictando sentencias sobre la juventud: “Estos chavales no quieren esforzarse, viven clavados al móvil y, lo peor, no respetan la autoridad”.
Me sentí transportado a la antigua Grecia, donde Aristóteles —ese sabio de túnica impecable— ya soltaba pullas idénticas en el año 350 a.C.: “Los jóvenes de hoy aman el lujo, tienen malos modales, desprecian la autoridad…”
Vamos, lo de siempre, pero con peor cobertura de datos.
Vivimos una época gloriosa. Hemos alcanzado la cima del conocimiento humano, descifrado el genoma, enviado sondas más allá del sistema solar y desarrollado vacunas en meses.
¿Y cuál es la respuesta social? Comprar piedras con “vibraciones”, seguir a un gurú que se comunica con tu colon por WhatsApp y pagar 90 euros por una sesión de “reprogramación cuántica del aura infantil”.
Si es que estamos que nos salimos.
Hay estudios que no hacen falta, pero se hacen igual. Como el último que asegura que los jóvenes se informan sobre todo por redes sociales.
Vaya por Dios. ¿Quién lo iba a imaginar? ¿Quién habría sospechado que la generación que creció con el pulgar más desarrollado que la capacidad crítica no se sentaba por las tardes a ver el Telediario?
Escándalo nacional, oiga.
Olvídate de invasiones extranjeras, colonizaciones históricas o conspiraciones globales. España ya está ocupada. Y no por una potencia enemiga, sino por algo mucho más peligroso: su propia administración.
Funcionarios, asesores, cargos intermedios, observatorios, consorcios, direcciones generales, subdirecciones, agencias, entes, fundaciones, plataformas de participación ciudadana, redes públicas de innovación sin innovación… El Estado se ha multiplicado como una metástasis burocrática que se alimenta de nuestro esfuerzo y de nuestra resignación.
Hubo una época en la que ser de izquierdas significaba defender al trabajador. Al que madrugaba, al que sudaba, al que se partía la espalda en una fábrica mientras soñaba con una vida mejor para sus hijos.
Hoy, la izquierda se ha convertido en otra cosa, se ha convertido en una máquina de fabricar subvenciones, excusas y victimismos institucionalizados.
Soy liberal libertario, y eso significa, entre otras cosas, que creo en el respeto irrestricto al individuo. No me importa con quién te acuestas, de dónde vienes, de qué color es tu piel o el color de tus ojos. Me importa si eres libre. Me importa si puedes vivir en paz, sin que nadie te imponga nada, ni por decreto, ni por dogma, ni por estadística.
Que los precios de la vivienda estén por las nubes no es un fallo del sistema, es el sistema. Uno que ha sido cuidadosamente diseñado por políticos, burócratas y banqueros para que tú, ciudadano de a pie, trabajes media vida para tener un techo… mientras ellos te venden que lo hacen por tu bien.
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