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Uno camina por España y se tropieza con ruinas por todas partes: ruinas romanas, ruinas medievales y ruinas sindicales. De las primeras se aprende historia; de las segundas, arquitectura; de las terceras, solo queda el hastío.
Los sindicatos en España son como los dinosaurios: enormes, pesados, ruidosos cuando se mueven —que es poco— y, sobre todo, extintos en la práctica aunque se empeñen en pasear su esqueleto por los telediarios. Sólo el 21% de la población activa está afiliada, pero ahí siguen, dictando convenios y soltando arengas como si la mina de Somorrostro siguiera echando humo y los patrones llevasen látigo.
Yolanda Díaz ha anunciado, con la solemnidad de quien está a punto de salvar el mundo desde un plató de televisión, que va a “patear España”. Y uno, al leerlo, duda: ¿se refiere a recorrerla o a darle más patadas? Porque lleva años pateándola, pero no con los pies sino con decretazos.
La señora Díaz, esa ministra de peinados inalterables y convicciones innegociables, no representa a casi nadie —literalmente—, pero ocupa una vicepresidencia como quien hereda un cortijo. No la puso ahí el pueblo soberano, la puso el equilibrio precario de un gobierno rehén de sus propios socios. No lidera: ocupa. No persuade: se impone.
El Consejo de Informativos de Radio Televisión Española, con esa solemnidad que solo saben adoptar los burócratas del micro y la corbata de nudo flojo, ha lanzado un comunicado en “defensa de su credibilidad”. Sí, has leído bien: su credibilidad.
Esa que lleva años rodando por los pasillos de la Moncloa, golpeándose contra los tobillos de cada nuevo presidente y lamiéndole las botas sin que le tiemble el mástil del logo
España, siempre a la vanguardia del disparate institucional, se suma ahora a la carrera por infantilizar aún más la democracia con una propuesta que hace revolverse en su tumba a Pericles: permitir el voto a los 16 años.
La impulsora del despropósito es Sira Rego, ministra de Juventud e Infancia —sí, tenemos un ministerio para eso, por si pensabas que la estupidez administrativa tenía techo—, que ha decidido que la mejor manera de reforzar la participación democrática es dándole derecho de voto a adolescentes que aún no distinguen un decreto ley de un examen de recuperación. Y lo hace, claro, en nombre del progreso, de la inclusión y de ese fetichismo democrático que convierte cualquier ocurrencia en victoria social.
Ray Bradbury no era un novelista, era un profeta. Uno que escribió su evangelio distópico en Fahrenheit 451 para advertirnos de un mundo que no necesitaría quemar libros, porque ya nadie querría leerlos.
Y aquí estamos, en 2025, sin hogueras, sin bomberos pirómanos… pero con millones de personas que no han abierto un ensayo desde el instituto y que creen que pensar es dar like a una frase de Paulo Coelho en una story.
Pedro Sánchez subió ayer a la tribuna del Congreso con esa sonrisa de «todo va bien» que lleva tatuada incluso cuando el país se apaga —literalmente.
Comparecía, entre otras cosas, para dar explicaciones sobre el mayor apagón eléctrico de la historia reciente. Lo que ofreció fue un mitin con aires de sermón, con la misma autocomplacencia de siempre y un entusiasmo por el adjetivo vacío digno de un influencer de autoayuda.
Dijo que España había demostrado “resiliencia”. Claro. Miles de personas atrapadas en ascensores, hospitales funcionando a media máquina, trenes parados y medio país a oscuras… pero oye, resiliencia. Ese concepto de moda que lo mismo vale para una crisis energética que para justificar un café frío.
España: ese país donde puedes cruzar la península a 300 km/h, siempre que no te roben un cable. Porque eso fue lo que pasó: un mísero robo de cobre colapsó la red de alta velocidad entre Madrid y Sevilla. Y no hablamos de un atentado internacional, ni de un ciberataque ruso, ni de una tormenta solar. No, fue un tío con alicates.
Y claro, la maquinaria institucional se puso en marcha. ¿Para arreglarlo? Pues no, para echar la culpa.
El ministro de Transportes, Óscar Puente —ese gran polemista de Twitter reconvertido en responsable de infraestructuras— salió raudo a decir que no era un simple robo, no señor: era sabotaje. Un ataque, una conspiración. Vamos, que parecía que hablaba del 23-F.
España se ha quedado a oscuras, literalmente. Un apagón eléctrico que nos dejó a todos con cara de “¿y ahora qué?”.
Y mientras los ciudadanos se quedaban sin electricidad, en Moncloa encendían el ventilador, no para refrescarse, sino para esparcir la culpa.
El sistema público de pensiones en España es un delirio contable que se sostiene sobre tres pilares: el silencio político, el miedo del votante y el sudor del nieto mileurista.
La idea es tan vieja como falsa: Trabajas, cotizas, y crees que el Estado guarda tu dinero para cuando te jubiles. Como si fuera un plan de ahorro, como si hubiera una cuenta con tu nombre. Pero no.
Para celebrar los 20 episodios, aquí tenéis la sintonía del canal con su letra bien reivindicativa. Por supuesto, no está cantada por mí, es la magia de la IA.
Puede que si llego a los 100 episodios (y tal como va la política en España tengo para toda la vida) lo grabaré con mi voz y hasta puede que haga un video clip.
A seguir...
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