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Hubo un tiempo —lejano, borroso, casi mítico— en el que la igualdad era una bandera digna. Igualdad ante la ley, igualdad de derechos, igualdad de trato. Una idea noble, como la justicia o la libertad. Pero como toda idea noble en manos de burócratas y pedagogos del poder, la igualdad ha sido convertida en una herramienta de castigo, resentimiento y control social.
Hoy no se busca la igualdad de oportunidades, sino la igualación forzosa de resultados. El mérito molesta, la excelencia incomoda, el talento estorba. Porque lo que se premia no es el esfuerzo, sino la queja. Y lo que se sanciona no es la injusticia, sino la diferencia.
La Unión Europea ha vuelto a hacer lo que mejor sabe: llegar tarde, mal y cobrando impuestos. Esta vez con la inteligencia artificial.
Según nos cuentan, han decidido “simplificar” su ley sobre IA. Y por un instante, uno pensaría que es porque se han dado cuenta de que estaban matando la innovación a base de reglamentos, informes de impacto ético, comisiones de equidad algorítmica y declaraciones de principios para proteger a los europeos de ellos mismos.
Vivimos en la era del totalitarismo amable, el de las formas educadas, el de los gestos inclusivos, el de las palabras blanditas. Un totalitarismo que no necesita tanques, porque tiene fact-checkers; no quema libros, pero sí algoritmos; y no lleva uniforme militar, lleva branding y subsidios europeos.
La censura ha vuelto, pero esta vez disfrazada de compasión. Te silencia “por tu bien”, te vigila “para protegerte”, te corrige “porque estás equivocado” y si insistes, si persistes, si dudas, entonces eres peligroso. O peor aún: un desinformador.
¿Te gusta pagar en efectivo? ¿Guardar unos billetes debajo del colchón “por si acaso”? ¿Prefieres que no te controlen cada céntimo que gastas en vino, libros o juguetes eróticos?
Pues enhorabuena: pronto todo eso será cosa del pasado. Europa, siempre tan preocupada por nuestro bienestar, está dando sus primeros pasos hacia el euro digital, una moneda programable, rastreable y perfectamente fiscalizable.
Lo llaman “progreso”, pero huele a corral.
A estas alturas de la vida —y de la estafa— no me presento como libertario por moda, por estética, ni por postureo rebelde. No llevo gafas de pasta ni hago vídeos en TikTok sobre “finanzas descentralizadas”.
Soy libertario porque me he hartado de pagar facturas morales y económicas que no me corresponden, de subvencionar la estupidez organizada y de ver cómo la libertad se convierte en una reliquia mientras la gente aplaude desde la grada.
Benjamin Franklin lo dijo sin rodeos: “Aquellos que renuncian a la libertad esencial para comprar un poco de seguridad temporal no merecen ni libertad ni seguridad”, y lo dijo en el siglo XVIII.
Qué pensaría hoy, viendo cómo millones de ciudadanos entregan su libertad en bandeja de plata a cambio de la promesa vacía de un Estado que ni protege ni garantiza nada. Solo impone, solo recauda, solo vigila.
Yo no sé en qué mundo vive esta gente que sale en la tele, pero en el mío, que es el de verdad, el de los barrios, el de los portales con olor a cocido y lejía, la cosa está que echa humo.
En este país se ha puesto de moda aplaudir al que no da un palo al agua, mientras el que madruga, el que se parte el lomo, no llega ni al día veinte. Y eso, hijo mío, tiene un nombre: tomadura de pelo.
Tengo 30 años, una carrera, un máster, tres certificados inútiles, nivel C1 de inglés y el alma completamente triturada.
Vivo en una ciudad grande —porque si vas a ser pobre, al menos que sea con glamour—, comparto piso con dos gatos que no son míos y una señora del metaverso que se hace llamar terapeuta energética.
Y aún así, lo peor de todo es que lo único que me ha ofrecido España es un contrato temporal y un montón de talleres de empoderamiento.
Hay una mentira que nos han repetido tanto, con tanta solemnidad, que acabamos por aceptarla sin leer la letra pequeña.
Nos dijeron que formábamos parte de un contrato social; que tú cedes parte de tu libertad a cambio de seguridad, derechos, servicios públicos y un futuro estable; que todo es por el bien común; que es un trato justo.
Hay un momento, un instante revelador, un punto exacto en el que te das cuenta de que mandarlo todo a la mierda es la única opción razonable.
Estás delante del ordenador, revisando lo que el Estado —y su versión con esteroides, la Unión Europea— te ha birlado este mes. No es un error, no es un fallo del sistema… ES el sistema. Y funciona exactamente como fue diseñado: para exprimirte.
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