
Sign up to save your podcasts
Or


Leyendo el último informe sobre el Estado de la Pobreza en España —publicado por la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social (EAPN, por sus siglas en inglés)— a uno le entran ganas de quemar en la plaza pública tanto la palabrería de nuestros próceres como el papel couché de sus memorias institucionales. Porque hay que tener estómago de buitre para tragarse la última función de este circo estatal.
Ahora nos venden el “gran pacto de Estado” contra la pobreza infantil, como si los mismos que llevan décadas saqueando la riqueza nacional y fabricando subsidios inútiles pudieran redimir sus crímenes con un PowerPoint repleto de tópicos lacrimógenos.
Pedro, más pronto que tarde, se irá —lo echaremos— pero el hedor queda. Y no porque Sánchez sea especialmente pestilente sino porque el sistema sigue oliendo a cerrado, a moqueta institucional podrida y a BOE recalentado. El problema no es solo él. El problema es el tinglado entero: una partitocracia blindada que recicla caras, eslóganes y falacias mientras te vacía el bolsillo y te llena el telediario de promesas.
Pedro Sánchez, campeón de la democracia, abanderado del progreso, nuevo mesías de la igualdad y la resiliencia… lleva años gritando “¡fascista!” a todo aquel que no le ríe las gracias. Le dices “no estoy de acuerdo” y ya eres primo segundo de Mussolini. Le criticas una ley y te planta una camisa parda. Y mientras nos señala con su dedo de tirano ofendido, va y se calza uno a uno los botines del autoritarismo. Porque aquí, entre tanto antifascista autoproclamado, el que más huele a fascio es, precisamente, quien dice combatirlo.
La política española ha alcanzado nuevas cimas del esperpento, y Pedro Sánchez, presidente en funciones y actor de reparto en el gran drama atlántico, ha firmado otra función para la posteridad.
Como diría Alberto Chicote: «alucino pepinillos». El que le ha escrito el discurso a nuestro amado líder se ha lucido. Básicamente estas son las tres grandes ideas tras su narcótica, planillera y ególatra perorata: La democracia apesta, sin mí estáis jodidos, la culpa es de los otros. Hagamos un análisis detallado de la homilía, porque no tiene desperdicio.
Apareció en Ferraz como un doliente en entierro propio: rostro compungido, mirada húmeda, traje oscuro, camisa blanca, gesto solemne. El presidente Sánchez —ese Houdini de la culpa ajena— bajó del púlpito del poder para implorar perdón. No por lo que ha hecho, sino por lo que “otros” han hecho en su nombre. Y no con lágrimas, sino con una remodelación pictórica que ni Rubens: “sombra aquí, sombra allá” —parafraseando a Mecano—, y una tristeza de pincel fino que parecía más óleo que alma. Porque en la política posmoderna no basta con parecer triste, hay que maquillarse como si te hubieran arreado la desgracia en la cara con una espátula.
¿Te acuerdas del ‘juego de las diferencias’? Ese pasatiempo infantil donde había que encontrar en dos dibujos lo que no encajaba. Pues bien, aquí traemos su versión adulta y grotesca: el juego de las similitudes entre Pedro Sánchez y Cristina Fernández de Kirchner. Spoiler: te vas a quedar sin lápiz antes de acabar.
España, ese país donde la ley es igual para todos, salvo que seas colega del jefe, estés en la pomada o caigas en la ruleta rusa de la imputación política. Esta semana, la tómbola ha escupido una bola caliente: el Fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz, ha sido formalmente imputado por un presunto delito de revelación de secretos. Y claro, el patio se ha revolucionado como convento sin misa.
España es un país peculiar: desconfiamos de los políticos, pero los votamos con fe ciega; criticamos al Gobierno en el bar, pero lo defendemos en la urna; y mientras todo se tambalea, se sigue votando al PSOE como si fuera el único refugio en mitad del naufragio institucional.
Regeneración democrática, decían. Lucha contra la desinformación, proclamaban con solemnidad. Pedro Sánchez, vestido de cruzado moderno, se alzó en su púlpito de Moncloa para predicar la buena nueva: acabar con los bulos. La maquinaria del fango debía ser desmantelada, los pseudomedios desenmascarados, los enemigos de la democracia señalados… y censurados, si era menester. Todo por el bien común, claro. Pero el problema —el de siempre— es que el barro lo pisaban ellos… y les llega hasta las cejas.
From the publisher's feed