Viajo en un avión vacío. Solo las
cabezas de dos personas se
distinguen en los primeros
asientos.
Recorro los pasillos también vacíos
de un aeropuerto. El ruido de las
ruedas de mi maleta es el único
sonido hasta llegar a donde esperan
varias personas con batas blancas
que me piden los papeles.
No es un sueño, estoy en Venecia
para acudir al rodaje de una
película que he escrito.
El watertaxi me deja en un San
Marcos desolado, con los cafés
cerrados y dos o tres personas en
el centro de la plaza sacando fotos
de esa imagen increíble. Hasta las
palomas han asumido ya que aquí no
hay nada que comer.
Pocos comercios abiertos. Entro en
uno de ellos, el taller de un
artesano que fabrica papel y
cuadernos maravillosos. Me pregunta
de dónde vengo y me explica que soy
la segunda persona que entra a la
tienda en dos semanas. Aún así
asume que la situación es como es.
Todavía tiene muy presente en su
cabeza el zarpazo de la primera ola
en el Véneto.
En cada barrio un café se mantiene
abierto para dar servicio a los
vecinos, que consumen sus expressos
con aire resignado y tratan de
seguir con su vida hasta que el
toque de queda vacía de nuevo la
ciudad por completo.
En medio de las calles vacías una
figura avanza iluminada por las
escasas farolas. Viste con capa
negra y lleva el rostro cubierto
por una máscara de doctor de la
peste. Tampoco es un sueño.
Estoy en el set y aquí la realidad
y la ficción se cruzan
inesperadamente de nuevo.
Lo veo con el largo pico de su
disfraz y no puedo dejar de pensar
que difícilmente esa protección
podría equipararse hoy a una de
nuestra FP 2. Muchos debieron de
caer en el ejercicio de su
profesión. Hacían lo que podían y
creo que lamentablemente sabían tan
poco sobre la transmisión de la
peste como nosotros hoy en día de
la del virus. Gotículas, aerosoles,
etc,etc.
Nuestro rodaje nos lleva también a
otro punto que une los dos mundos:
La isla de Poveglia. El lugar en el
que la serenísima repúb