Aguas de la Roca. Al modo del Ermitaño del Tarot de los cabalistas marselleses, me yergo en mi montaña cayado en mano: llevo por farol la vida entera estudiando, pensando, enseñando, aprendiendo, revisando todos los cuentos, dando por amor lo que pido para mí.
Me propongo extraer aguas de la roca: pequeños sorbos de aguas que sanan y vivifican el alma. Desde la Torah, la cabalah, la cultura toda, lo que pasa en mí y en derredor.
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Nos paramos juntos, frente al paisaje. Tu paisaje. Mi paisaje. Estamos parados, uno junto al otro, y contemplamos la distancia.
No hay ninguna posibilidad de que tu paisaje se vea como el mío.
Yo miro, y lo veo desde mis cincuenta y dos años y medio de experiencia de mundo, desde lo que he vivido, desde mi lenguaje y mi cultura; desde mi set de metáforas favoritas; desde mis gustos, traumas, deseos; desde quien soy.
Tú, parada a mi lado, contemplas en la misma dirección que yo, y ves el paisaje desde la experiencia de tus catorce años y medio, desde lo que has conocido, lo que te ha impresionado; desde tu lenguaje, la cultura en que vives, los amores y sabores que conoces; desde quien eres.
De suyo, el paisaje conjetural frente a nosotros se va a ver muy distinto para tí y para mí. La buena noticia es que es bueno, sano, natural y enriquecedor que así sea. Que no hay ninguna posibilidad de tener razón frente a la descripción del otro, porque el paisaje que ve cada quien es una construcción absolutamente suya de lo que sea que hay allí fuera.
Entender ésto a cabalidad va a enriquecer nuestro diálogo, y va a dotar de alas a nuestras vidas. Está bien que eso que estás escuchando, y que a tí te parece la música más acertada del año, a mí me parezca un ruido infame: está claro que estamos oyendo cosas distintas, cada quien desde su amalgama íntima de sonidos conocidos y etiquetados, desde el ritmo interior propio, desde dónde ubica a cada quien la imaginación al escuchar eso que estás escuchando.
La novedad importante es que está bien que así sea. Que quien está viendo el mundo de un modo muy diverso del mío, no es por ello tonto ni eso le denuncia equivocado, sino que la visión de su mundo te habla de él, y te abre canales de comunicación mucho más ricos, libres e interesantes que los que nacen del impulso a tener razón, a contagiar nuestra razón, a imponerla. Vaya locuras.
Somos como los trozos rotos de un espejo infinito, dispares todos, filosos los unos y redondeados otros, y dispuestos en todo tipo de ángulos y posiciones respecto de la luz. Y sin embargo, somos espejos enteros a la vez que partes del gran espejo infinito: lo primero nos hace especiales; lo segundo, nos hace hábiles de amor.