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—Dime, Joe. ¿Qué es el amor?
—¿El amor?
—Eso. Yo tengo a Van Connery diciéndome todos los días que me ama. Yo no siento nada, ¿sabes? Supongo que el amor será algo distinto.
—Supongo que sí.
—¿No lo has sentido nunca?
Joe se mordió los labios. Apretó la pipa entre los dientes y, sin soltarla, dijo, abriendo apenas la boca:
—Nunca.
—Qué pena.
La miró rápidamente.
—¿Pena?
La joven se echó a reír, enseñando todo el rojo interior de su boca.
Joe tenía una mano en el bolsillo del pantalón y la apretó con fiereza.
—Pena de que no puedas explicarme qué se siente cuando se está enamorado —miró al frente, ensoñadora—. Joe…, me gustaría estar loca por un hombre.
—Uno de los inconvenientes que tienen estos barcos, es que no van a tierra en un montón de días —farfulló Ralph Ekland malhumorado—. Menos mal que volveremos a casa. El 7 de marzo podremos estar en Nueva York si no hay tropiezos. ¿Cómo va todo?
—Puaff. Ni mujeres, ni bailes, ni vida ni nada.
—Vida sí —sonrió el primer oficial—. ¿Acaso estamos muertos?
—Como si lo estuviéramos —bebió el contenido del vaso y volvió a mediarlo.
Después depositó la botella de whisky en el tablero de la mesa y encendió un largo cigarrillo.
—Hace más de tres meses que no veo a mi familia —dijo de súbito—. Son demasiados meses. Creo que me equivoqué de carrera —lanzó una risotada—. Mi padre siempre me lo dijo: Tú eres un aventurero, Ralph, pero no un lobo de mar. ¿Por qué diablos estudias para marino, cuando tú necesitas ser ingeniero o abogado? —volvió a reír contemplando con expresión filosófica el vaso que sostenía en la mano—. Me gustan las cosas prohibidas. En mi familia todos fueron personalidades de tierra. Era muy fácil para mí seguir su ejemplo, pero entonces ya no sería yo, sino una continuidad de mi padre, mi tío, mi primo y mi abuelo.
David Rosales marcaba un número de teléfono entretanto su padre paseaba el salón de parte a parte.
David estaba nervioso y sus dedos, al introducirse en el disco telefónico, temblaban, pero su padre, Alfredo, no lo estaba menos paseando de un lado a otro como si el demonio mismo estuviera dentro de él.
—Deja ya de pasear, papá — pidió David sosegado.
Y parecía mentira que su voz resultara sosegada, cuando todo él era un puro nervio.
Alfredo dejó de pasear y se quedó plantado junto a su hijo, el cual sujetaba el auricular con las dos manos.
—David, yo no tuve la culpa.
—Después hablamos de eso, papá. Ahora deja que comunique con mamá.
—Sí — aceptó Alfredo Rosales.
—Yo no sé qué pasa aquí que tanto cuesta conectar con ella.
—Ya sabes que en ese pueblo de montaña la comunicación no es fácil.
—¿Crees que irá a buscar al niño?
—Erick —dijo colgándose de su brazo—. Esa es la chica que te conviene.
—¿Cómo?
—Necesitas casarte, ¿qué haces solo?
—Pero, Helen.
—¿No te dije yo, Erick? No hay mujer más casamentera que Helen. Ten cuidado. Esta vez me parece que te caza para Susan Havilland.
Dicho el nombre completo, Erick no tenía escapatoria, al menos, él lo entendía así.
Por eso puso aquella expresión de asombro.
—¿Susan Havilland? Pero si esa joven está empleada en mi notaría.
Helen se soltó de su brazo y lo miró de frente.
—¿Es posible? ¿Fue ese el empleo del que me habló? Erick… tienes que tratarla más. No la confundas con una empleada más de tu notaría. Susan merece la pena.
Cuando Luima Ortiz, una muchacha joven y muy bonita, y su amiga Mey deciden dejar Madrid y pasar sus vacaciones de verano juntas en casa de la tía de Mey, tía Mónica... una mujer un poco chapada a la antigua pero simpática y parlanchina, en una villa costera... Luima ni siquiera sospechara el dilema que la vida le va a poner delante. En Madrid deja a su novio, Arturo... Y en Encinares de Abajo conocerá a Andrés, un chico que desde la primera vez que la ve no deja de intentar enamorarla... Sólo el tiempo le dará la respuesta que busca Luima.
Supo en seguida que Susan se abría camino de aquel modo. Comerciando con los cuerpos de los demás. Con el amor y el erotismo, empleando para ello el piso de su madre... que su padre le vendió antes de morir.
No es que ella pudiera decir que Susan fue una perversa madrastra.
Pero fue un ser diferente que jamás intentó ganarse su estimación o cariño y que, a la muerte de su padre, siguió en la misma tónica. Pero más acentuado su deseo de que pasara a formar parte de su sucio negocio.
Por eso estaba allí.
Kurt Newman miró por la ventanilla y arqueó una ceja. El tren entraba en la estación e iba poco a poco deteniéndose en el primer andén. Recogió el maletín de rica piel, lo depositó en el suelo y amontonó las dos maletas. Un mozo le preguntó si deseaba ayuda y Kurt con un gesto admitió que sí. El tren se detenía en aquel momento. Kurt miró el reloj. Las nueve de la mañana. Aún tendría tiempo de desayunar en el hotel, asearse un poco e ir luego a hacerse cargo de su nuevo empleo. Era la primera vez que visitaba Filadelfia y la gran urbe con sus edificios inmensos, sus autopistas y su tremendo tráfico le agradaba.
“Sin duda, pensó, mi desorientación espiritual podrá estacionarse al fin. Me gusta mi nuevo empleo, me gusta Filadelfia y también me gusta este ambiente de gran agitación.”
—¿Qué te dijo, Elena?
—Nada.
—Estás pálida.
—No. Estoy como siempre. Y deja ya de importunarme, Inés.
—Eres una niña, Elena. Yo soy una mujer, estoy casada y conozco a los hombres. ¿Por qué no me dices la verdad? Estás demasiado enamorada de él.
Elena enarcó las cejas. Aquellos ojos maravillosamente grises sonrieron humorísticos.
—¿Enamorada? ¿Qué te hace suponer eso?
—Tu actitud desde que supiste…
—No supe nada, Inés —repuso Elena fríamente—. Lo oí por mis propios oídos. Le vi a él con mis ojos…
—Bien. ¿Por qué entonces no le dejas?
Álvaro, no sé si debo decírtelo… Además de sacerdote, eres mi hermano, y tengo miedo que enjuicies todo cuanto tengo que decirte. No sé cómo empezó esto, ni cuándo. Sé que pequé. Al menos con mi corazón, con la mente, con mis ansiedades reprimidas… sí.
Te escribí alguna vez desde que estoy en casa de nuestro cuñado. Pero nunca te dije lo que me ocurría.
—No he pensado llevaros a Nueva Jersey, Boby. Ni tampoco he pensado seriamente en casarme. Pero me digo que para vosotros sería mejor tener una segunda madre… No sabéis lo que es tener madre.
—La nuestra ha muerto —rezongó el niño tercamente—. Ni Mimi ni yo queremos otra.
—Bueno, yo creo que… no hay motivo para alarmarse.
Boby no respondió, si bien parecía enojado. Jack se cansaba pronto de pelear o contemplar a sus hijos, como se cansaba de todo. Le dio un beso, apagó la luz y recomendó cariñosamente:
—Duerme, hijo, duerme.
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