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Beth Chiles dudaba.
Pero Megan insistía persuasiva:
—No es fácil colocarse en un hospital, mamá. Ni tú, con ser enfermera, vas a conseguir una plaza para mí. Tengo la solicitud hecha, de acuerdo, y un día me llamarán, pero entretanto no voy a estar cruzada de brazos.
Beth ya lo sabía.
Pero le molestaba en grado extremo que Megan estudiara para enfermera, consiguiera el título y se colocara en la consulta de un médico.
Para ser enfermera de un médico particular, maldito si le hacía falta el título.
—Es un médico bueno, mamá — insistía Megan —. Me paga bien y además Nelly va a influir por mí. Ya sabes que Nelly se casa.
Claro.
Cómo no iba a saberlo.
—¿Confías en las mujeres como ingenieros navales? —preguntó sin levantar los ojos de la carta de recomendación.
Jean Dewi meneó la cabeza dubitativo.
No lo sabía.
En aquellos astilleros de los cuales Roger era director desde hacía cosa de un año y el subdirector desde hacía seis meses, había más de siete mujeres ingenieros y delineantes. Incluso había una chica monísima, por la cual él suspiraba en secreto, que era arquitecto.
—Pues, sí —dijo—. ¿Por qué no? Además ten presente que a Lorna Berger la recomienda un accionista de los mejores.
Claro, se decía y luego se preguntaba ¿por qué?
Qué relación tenía aquel accionista con Lorna.
Dejó la carta a un lado y miró ante sí.
Muchas cosas le parecían a él que pasaban ante sus ojos.
Mil recuerdos.
Mil añoranzas.
¿Era el destino quién traía a Lorna a aquellos astilleros?
Nacer en un barrio, una casa humilde no determinó... ¿o sí?, la vida de Mirta. Gracias a la directora de su colegio entra en la universidad a estudiar Sociología y empieza a trabajar en una clínica como ayudante de dos hermanos socios. Mirta va creciendo, perdiendo la inocencia, con grandes esfuerzos compagina trabajo y estudios. El trabajo le facilita el pago de la carrera, pero también le presentará un dilema amoroso.
¿Estás ahí, Dexter?
El hombre entró en la alcoba y avanzó sin prisas hacia el balcón en cuya balaustrada se apoyaba su esposa.
—Acabo de llegar —dijo Dexter, pasándole un brazo por los hombros—. ¿Cómo va ese corazón?
—Muy bien, querido. Me siento mejor que nunca.
—Me alegro, Laura.
—¿No has ido al Círculo?
—Claro que sí.
—Has venido muy pronto. Ana aún no nos avisó para cenar.
—Pero estoy a tu lado. ¿O es que no lo deseas?
Laura se arrebujó contra él y le miró a los ojos.
Myriam Beltrán era menor de edad cuando se enamoró de Julio, un hombre de pasado desconocido y mayor que ella. Cuando se hicieron novios, la familia Beltrán estaba en contra pero, todas esas prohibiciones no eran más que un acicate para continuar... Myriam sólo dudó, cuando el día de su boda, conoce las intenciones de Julio... No se casa con ella, se casa con su fortuna...
Sonó un timbre, y en el cuadro se iluminó un botón rojo.
Inmediatamente, la esbelta figura de Martha Adams se puso en pie, recogió lo que estaba haciendo, limpiando el estuche de manicura, lo cerró y miró en torno.
Todo el mundo trabajaba en el salón de belleza. Sólo ella, encargada aquella semana de atender los encargos del exterior, esperaba ser llamada en el cuadro de timbres, los cuales, con una sola pulsación desde la cabina de la centralita, se iluminaban en varios colores.
El rojo era el suyo.
Giró sobre sí y se dirigió al guardarropa.
—Tienes mal día —siseó una compañera.
Martha se alzó de hombros.
—Supongo —dijo en el mismo tono bajo— que estará Sam fuera con su furgoneta.
—¿Adónde vas?
—Aún no lo sé.
Se alejó.
Laura no quería estallar.
Todos los días igual.
El asunto caminaba bien mientras se hacían el amor, pero después por cualquier cosa estallaban, bien uno bien el otro.
O los dos a la vez como en aquel instante, y todo porque ella quería ir a la nieve y él detestaba la nieve. ¿No iba ella a pasear cuando a Greg se le antojaba y maldita la gana que tenía de hacerlo? ¿No iba por las exposiciones domingos enteros sin ninguna gana?
—Law —protestó entrando—. Dicen que te marchas. ¿Es eso cierto?
—Sí, señora.
—Vaya por Dios. No me explico como Paula está de acuerdo.
Paula entró en aquel instante.
Era linda, pero más que eso, atractiva y delicada.
Morena, los ojos negros, esbelta, femenina… Vestía un modelo de tarde de buena firma, pero dentro de una sencillez distinguida. Tenía clase aquella muchacha. Mucha clase. Contaba tan solo veintiún años, pero cualquiera que la viera en aquel momento, por la madurez de su mirada, se diría que tenía más.
—Le estaba diciendo a Law que es una atrocidad eso del viaje —exclamó la dama—. ¿Qué necesidad tiene Law de ampliar estudios?
—Si él lo considera así, mamá —dijo Paula quedamente.
Una vida joven, pletórica y hermosa maltratada por el destino y el orgullo de una gran familia, se apaga. La muerte de Lidia genera en su hermano Clark una sed de venganza tan grande que toda su vida está destinada apagarla. En su intento por hundir a la familia Wright le llevará a conocer al amor de su vida.
—Rimmm, rimmm… Kim Walsh, perezosamente, extendió el brazo y asió el auricular. Somnolienta, lo acercó al oído: —Sí, diga… —Kim —oyó la voz profunda de su padre—. Tienes una carta aquí. ¿Te la envío por mi secretario, o pasas tú por la oficina a buscarla? Kim entornó los párpados. No esperaba carta de nadie. No tenía demasiados amigos lejos de Boston. Unos pocos en Nuera York, que nunca escribían. Dos o tres en Filadelfia, que la felicitaban por las Navidades. La única persona que podía escribirle estaba en Boston, y, por supuesto, jamás se le ocurría comunicarse con ella por medio de una carta. —¿Me oyes, Kim? —Claro, papá… —Como no contestas…
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