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La vida de Sonia que trabajaba tranquilamente en la farmacia de su padre iba a cambiar con la vuelta de un hombre que volvía al pueblo después de que hace diez años su madre lo espantase. Hasta entonces Eric ya estaba más que olvidado, incluso tenía un novio con el que era más que probable que se casase. Pero este regreso lo haría cambiar todo.
Olivia, la protagonista de esta novela nos cuenta retrospectivamente su vida en forma de relato que lleva escribiendo durante un mes y que lo está terminando pocas horas antes de casarse. En él nos contará quién será su futuro marido y cómo se llegó a enamorar de él.
Toda una vida dedicada a las responsabilidades, desde que se casó a los dieciséis años. Ahora con treinta y dos es viuda, madre de una hija de quince años, presidenta de unos astilleros y responsable, muy responsable. El amor se cruzará en su camino, lo hará de manera arrolladora, le subirán los colores, le hará desear… sin embargo, su hija Bea lo echará todo por la borda.
Ivonne preparaba su libro de historia, cuando se abrió la puerta de la alcoba y un torbellino de faldas irrumpió en ella como una tromba.
Ivonne dio la vuelta sobre sí misma, un tanto sobresaltada. Al ver a Liz Harris sosteniendo una carta en la mano, como si fuera un banderín, dejó el libro de texto y despacio acercóse a ella.
—¿Ocurre algo?
Liz agitó la carta delante de las narices de su amiga.
—Casi nada. He descubierto que tengo familia.
—¿Cómo?
—¡Familia!
No os penséis que esto es una obra literaria, ni tengo pretensión alguna de ser un intelectual, ni un erudito y mucho menos un escritor en ciernes. Pero hay cosas que se deben decir y yo estoy en este momento crítico de mi vida en que para saber cómo soy, lo que pienso y siento, escribo para luego volverme a leer y analizar así si estoy cometiendo errores, y si de verdad quiero a Lía y si tiene ella razón en manto dice.
Nací en Segovia y a los quince años falleció mi madre quedándome al cuidado de mi hermana Ernestina, la cual ejercía de monja en un convento de enseñanza.
Ernestina era licenciada en Filosofía y Letras, de modo que impartía clases a jóvenes estudiantes de bachillerato superior y era una de las «mandamases» del convento, un convento, dicho de paso, de pago y recopilador de niñas élite, en las cuales no creía encontrarme yo.
Pero debido a la muerte de mi madre y que mi padre hacía tiempo ya no vivía, al verme sola, Ernestina pasó a buscarme, levantó el piso, vendió todo cuanto había en él y pasé en régimen de interna al colegio del Escorial donde ella vivía y en el cual era, como si dijéramos, la voz de mando aun sin desempeñar el cargo de superiora.
Carol y Tony acaban de regresar de su viaje de novios. Apenas han tenido tiempo de adaptarse a su nueva vida de casados, pero un trágico incidente viene a interponerse ya entre ellos cuando encuentran una noche a un motorista tendido en la carretera y Tony, para evitar complicaciones, huye en lugar de socorrerle. A Carol, que ve su gesto con espanto, todo se le viene de repente abajo. El hombre con el que se ha casado es un cobarde y, ahora, ni siquiera puede soportar la idea de que le ponga la mano encima.
—Chicas, ¿qué os parece? Este famoso doctor me pide que sea su esposa. ¿No es para morirse de risa?
Vio cómo Pedro palidecía. Los otros muchachos, al declararse, no palidecían. Tan solo reflejaban sus rostros una expresión de súplica, que invitaba a la risa. Pedro había sido diferente a todos. Y ella tuvo rabia, una rabia sorda, que no sabía a ciencia cierta a qué atribuir.
Se volvió hacia él y dijo con rabia, quizá solo por eso, porque no lo vio suplicante como los demás.
—Tú no eres nadie, Pedro. Cuando me decida a perder mi libertad, será con un hombre que no tiemble tímidamente ante mi figura.
A Ted, periodista en la ciudad de Nueva York, le ofrecen la posibilidad de ser corresponsal en España. Esto suscita los recuerdos de una carta de su padre escrita antes de morir, donde en ella detalla la existencia de una tía suya en España a la Ted que querrá conocer.
Nat Sánchez ya sabía lo que se le venía encima. Se lo estaba imaginando y lo que es peor, lo esperaba todos los días. A la misma suegra se lo había dicho uno de aquellos días que pasó por Rosales a visitarla. Marcela, con ser una señora mayor, tenía más entendimiento que su hijo y, por otra parte, no se había detenido en una época, sino que había evolucionado con la vida. Claro que tratándose de Chus no era, precisamente, que se hubiese estacionado o no, sino que era así porque quizás no pudiera remediarlo, pero si era así, ella no tenía culpa ni era responsable de su forma de ser machista, anacrónico o atávico. Fuera como fuese sabía que un día cualquiera estallaría, porque no sabía aceptar las situaciones tal cual se planteaban y la vida las planteaba por sí solas, sin necesidad de empujarlas ni de contenerlas.
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