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Más tarde supo que se habían casado y ella se mantuvo aparentemente indiferente. Pero en el fondo de su corazón sentía un dolor agudo, terrible. Era preciso que Liliane ignorase siempre sus relaciones con Alec. Liliane no tenía la culpa de lo sucedido; era él, el ingrato, que se olvidó pronto de ella para querer a otra mujer, precisamente a su hermana.
Baby Douglas lo estaba esperando. Por fin sonó el timbre. Era él, Don, su vecino. Hacía días que se había mudado a ese piso de Baltimore y ya sabía que su vecino, arrogante y mujeriego, quería conocerla. Ella ya no era la niña ingenua de años atrás. La vida le había hecho madurar demasiado pronto, y se había convertido en una mujer escéptica para el amor. Le gustaba su independencia y Don la importunaba. ¿O es que había alguna otra razón para su rechazo hacia él?
Dolly Haralson lleva tres años casada con George: un buen mozo que decía vivir de rentas y que ha resultado ser un fanfarrón sin oficio ni apenas medios de subsistencia. Llevan tres meses viviendo casi en la miseria con su hija pequeña y por fin deciden trasladarse a la pequeña ciudad de Brunswick, donde vive el hermano de George. Ward, que no se ha casado y vive en el campo, los acoge en su casa e incluso ofrece un empleo a George, pero éste -engreído y holgazán- no quiere ni oír hablar de trabajos y le miente sobre su verdadera situación financiera. Dolly, entre tanto, no deja de percibir en las atenciones de su cuñado un interés muy especial hacia ella.
El niño tiene cinco años y Mía, veintitrés. A su madre le gustaría que Mía se casara un día, formara su propia familia. Cuando visita su hogar no recuerda a los amigos y es como si no los viera nunca. Consuela su primer amor no correspondido con la adopción del niño de su amiga. Ese amor que regresará a su vida.
El magnífico Ford de Jill Rutledge, de un tono esmeralda, haciendo juego con los ojos de su dueña, frenó ante una elegante cafetería y Jill saltó al suelo con agilidad, muy propia de su dinamismo. Miró a un lado y a otro, atisbó un grupo de amigos al otro lado de la cristalera y alzó la mano enguantada. La agitó y cerrando de un golpe la portezuela del coche, atravesó la calle a paso elástico, muy propio de su juvenil modernismo.
Era una joven de veinte años, alta, delgada, de flexible talle. Tenía el pelo de un tono rojizo, abundante, sedoso y lo envolvía graciosamente tras la nuca en un moño tan gracioso como su persona. Su rostro, de tez más bien broncínea, era de pómulos salientes, acusados, exóticos, y en medio de aquella cara morena y picarona tenía dos maravillosos y extraordinarios ojos verdes, de chispeante expresión, una nariz respingona y una boca grande, de túrgidos labios, bajo los cuales dos hileras de dientes fuertes y blancos acentuaban su juventud.
Berta cruzaba todos los días, a la misma hora, por delante del casino.
Realmente nunca se le ocurría lanzar ni una breve mirada hacia los ventanales, considerando que nada se le había perdido tras ellos. Iba a lo suyo y caminaba aprisa, ligera, elástica.
Invariablemente vestía pantalones, gruesos suéteres de lana, pellizas o chaquetones de pieles y calzaba botas forradas de pelo, con el fin de guarecerse del frío. Lo hacía en aquella comarca en grado superlativo, lo que le obligaba a levantar los cuellos de sus prendas de abrigo y caminar muy apresurada.
Por otra parte, llevaba tres meses escasos en aquella villa y salvo al alcalde, a un médico mayor, dos profesores de Instituto y alguien más, no conocía apenas.
Los pasantes eran dos abogados mayores que en su día fueron pasantes de su antecesor, y si bien conocían perfectamente su cometido, Berta casi los ignoraba.
A decir verdad, le daba corte ordenar y dirigir a personas mayores. Ella hubiera dado algo por tener a su servicio en la notaría, a personal joven, pero..., carecía de valor para darles al pasaporte, como ella pensaba.
Los mismos escribientes llevaban en la notaría años y años y tampoco Berta se sentía con fuerza para cambiarlos. Por otra parte era gente diligente, sabía su oficio y no estorbaba en absoluto.
—No lo sé. Oye —preguntó con curiosidad—, ¿por qué eres tan serio?
Juan se detuvo y la miró. Rápidamente desvió los ojos. Experimentaba una rara sensación cada vez que miraba a aquella muchacha. Furioso consigo mismo, porque ella no tenía la culpa, dijo
—¿Tan serio soy?
—Mucho. Siempre le digo a tu Si tú fueras como Juan, nunca seria tu novia.
—A lo mejor —dijo Juan, desdeñoso—, serías más feliz.
“—No te fijaste en los años.
—Francamente, no. Estoy tan harta de niños endebles de la nueva ola, que encontrarme con un hombre de éstos me fascina.
—¿No será ilusión de niña soñadora?
Al cruzar un recodo de la calle para tomar la dirección de su casa, enclavada al final de la avenida residencial, se tropezó de manos a boca con el hombre en quien pensaba.
—Hola, Carolyn —dijo él con la mayor sencillez, como si el encuentro tuviera lugar todos los días—. Hace una espléndida noche, ¿eh?
—Ciertamente —replicó ella un tanto aturdida.
Y es que a su lado perdía un poco su personalidad. Era precisamente, lo que más le asustaba. Aquella su total anulación ante él.”
Cuando ocurrió todo aquello y se lo contó a Mag y a su marido, ellos se limitaron a decirle: Tienes aquí tu cuarto de soltera. Y ella lo había ocupado, sin más.
Pero nunca se metieron en demasiadas honduras y no porque no les interesara, sino porque ellos eran así.
Ella se había limitado a decir: Ted y yo hemos decidido probar nuestro amor y nos separamos una temporada antes de decidir el divorcio.
A lo cual, como siempre, ellos asintieron.
Eso fue todo.
De eso hacía justamente cinco meses.
Patty Norton acaba de recibir una carta de su misterioso tío Jack. En esta, le indica que si está leyendo esa nota es porque acaba de morir. Le desvela que vivía en una preciosa ciudad de Australia, Adelaida, y que allá poseía una mina de cobre con la cual él se hizo muy rico pero no tenía a nadie a quien dejarla en herencia más que a ella.
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