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Las manos arrugadas y venosas que, pese a las flaquezas propias de la edad, empuñan con firmeza un crucifijo y un pequeño breviario. El rostro arrugado y ojeroso recogido por una ceñida toca blanca. Unos ojos brillantes que, ligeramente alzados, nunca cesan de acompañarte con la mirada. De entre todos los retratos barrocos que atosigan las paredes del museo de El Prado, ninguno tan conminatorio y riguroso como el de Jerónima Yáñez de la Fuente. Ninguno, tampoco, esconde bajo tal pátina de recogimiento un relato tan insólito e itinerante como el de esta clarisa toledana. Bienvenidas, amigas, a nuestro episodio más aventurero y expedicionario hasta la fecha: un sentido homenaje a las despedidas y a las que se quedan viendo cómo las demás se van, un agotador periplo transatlántico de Toledo a Cádiz, de Cádiz a Veracruz, de Veracruz a Acapulco y de ahí, por fin, a las Islas Filipinas, a la intemperie, pero siempre guiadas por la mano certera y diligente de Jerónima de la Asunción, la florecilla más tardía del barroco, y su “pequeño y angélico escuadrón” de intrépidas clarisas excursionistas.
By Radio Primavera Sound4.8
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Las manos arrugadas y venosas que, pese a las flaquezas propias de la edad, empuñan con firmeza un crucifijo y un pequeño breviario. El rostro arrugado y ojeroso recogido por una ceñida toca blanca. Unos ojos brillantes que, ligeramente alzados, nunca cesan de acompañarte con la mirada. De entre todos los retratos barrocos que atosigan las paredes del museo de El Prado, ninguno tan conminatorio y riguroso como el de Jerónima Yáñez de la Fuente. Ninguno, tampoco, esconde bajo tal pátina de recogimiento un relato tan insólito e itinerante como el de esta clarisa toledana. Bienvenidas, amigas, a nuestro episodio más aventurero y expedicionario hasta la fecha: un sentido homenaje a las despedidas y a las que se quedan viendo cómo las demás se van, un agotador periplo transatlántico de Toledo a Cádiz, de Cádiz a Veracruz, de Veracruz a Acapulco y de ahí, por fin, a las Islas Filipinas, a la intemperie, pero siempre guiadas por la mano certera y diligente de Jerónima de la Asunción, la florecilla más tardía del barroco, y su “pequeño y angélico escuadrón” de intrépidas clarisas excursionistas.

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