1319 – Mt 7:1 – El problema de juzgar a otros.
No juzguéis, para que no seáis juzgados.
Jesús ha ya dado las normas relacionadas con uno mismo, con respecto a lo moral, la religión, el dinero y las posesiones. Ahora la tercera y última sección del sermón del monte inicia enseñando las normas sobre las relaciones humanas en el trato con el prójimo. Seis versículos en Mt 7:1-6 se enfocan en el aspecto negativo del fariseísmo y el espíritu crítico, y los seis versículos siguientes (Mt 7:7-12) están dedicados al aspecto contrastante positivo de un espíritu humilde, confiable y amoroso. Estos doce versículos forman el resumen divino de todos los principios de las relaciones humanas correctas. Junto con los muchos otros pecados originados por su justicia propia, los escribas y fariseos se habían vuelto moralistas. Llenos de orgullo despreciaban a todos los que no formaran parte de su sistema. Eran despiadados, implacables, crueles, críticos y totalmente carentes de compasión y gracia. La evaluación que hacían de otros se basaba en la apariencia, en lo externo y superficial. Jesús les decía: “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio.” (Jn 7:24). Vivían para justificarse ante los ojos de los demás; pero Jesús dijo de ellos que el juicio que hacían era totalmente contrario al de Dios, y detestable a los ojos del Señor: “Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación.” (Lc 16:15).
Visión errada del justo juicio de Dios (Mt 7:1).” No juzguéis, para que no seáis juzgados.” Cuando juzgamos a otros con un juicio injusto y despiadado estamos queriendo ser Dios. El Dios Padre ha entregado al Hijo Cristo todo juicio, quien afirma: “El Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo” (Jn 5:22). Pablo lo explica: “Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo. Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará a Dios. De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.” (Ro 14:10-12). Cristo no nos pide que dejemos de examinar y discernir según la Palabra de Dios, sino que renunciemos a la tentación de tratar de ser Dios. Cristo luego enseñará: “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio.” (Jn 7:24). Santiago enseña: “Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez. Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar y perder; pero tú, ¿quién eres para que juzgues a otro?” (Stg 4:11-12).
Visión errada de los demás (Mt 7:2). “Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.” Los escribas y fariseos se consideraban exentos del juicio de Dios por ser superiores a los demás al cumplir las normas establecidas por ellos mismos. Sin embargo, somos culpables si no practicamos lo que nosotros mismos enseñamos y predicamos. Pablo lo enseña al confrontar a los moralistas que se consideran superior a los demás. “Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo. Mas sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad” (Ro 2:1-2). Dios no tiene doble criterio porque su juicio es justo. Dios no juzgará con el mismo tipo de juicio que nosotros acostumbramos a hacer. “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.” (Mt 9:12-13).
El equilibrio correcto (Mt 7:3-5).