La mayoría de las veces el adiós que pronunciamos es en realidad un hasta luego.
Sin embargo, hay momentos en los cuales un adiós recurrente se convierte en el último adiós de verdad.
Solemos pensar que el adiós definitivo es el de la muerte. Y claro que lo es.
Hay algo único ahí.
Cuando alguien se está muriendo, poder estar importa. Mucho.
No para decir frases memorables, sino para estar.
Para mirar. Para tocar. Para decir gracias, o perdón, o simplemente no irse antes de tiempo.
Ese adiós no es solo para quien muere.
Es también para quien se queda.
Cierra algo que, si no se dice, queda abierto para siempre.