Hay libros que no envejecen porque no pretendieron nunca ser modernos. La imitación de Cristo, escrito hace casi seiscientos años, pertenece a esa categoría de textos que no buscan describir el mundo de su tiempo, sino mirar directamente al corazón humano. Y cuando un libro apunta al centro, rara vez falla el blanco a través de los siglos.
No importa si uno es creyente, agnóstico o escéptico: los dolores, las dudas, los miedos y los deseos que movían a un monje del siglo XV no son tan distintos de los que atraviesan a un hombre sentado hoy frente a una pantalla, intentando entender quién es y cómo sostener sus días.