La frase "volver a la normalidad" emerge instintivamente en el lenguaje colectivo cuando se atraviesa una crisis, un trauma o, de forma más intensa, un duelo. Es una aspiración que conlleva la promesa de restaurar el orden, la previsibilidad y la ausencia de dolor agudo. No obstante, al someterla a la lupa de la experiencia personal tras una pérdida significativa, la expresión se revela conceptualmente incompleta y, en última instancia, irrealizable.
La pregunta que debemos plantear no es cómo volver a la normalidad, sino qué implica esa normalidad y, sobre todo, si la reversibilidad es posible después de que una parte fundamental de nuestra realidad ha sido extirpada o transformada.