La afirmación del filósofo británico Alan Watts de que la vida, en su esencia, carece de un significado intrínseco, puede resultar, a primera vista, una idea desoladora. "El sentido de la vida es simplemente estar vivo", solía decir, despojando a la existencia de cualquier propósito grandilocuente o destino preescrito. Para muchos, esta noción resuena con el eco del nihilismo, un abismo de vacuidad donde nada importa y cualquier esfuerzo es, en última instancia, fútil. Si no hay un guion cósmico, un objetivo final o una recompensa divina, ¿para qué levantarse cada mañana? ¿Qué nos impulsa a crear, a amar, a luchar?