Editoriales y Opiniones

Editoriales y Opiniones

By Radio YSUCANewsPolitics
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Editoriales y Opiniones episodes

  • EDITORIAL 13-04-20 HACIA UNA SEGUNDA ETAPA
    Con frecuencia se lee en los periódicos y en las redes que la pandemia del coronavirus marcará una nueva fase en la historia de la modernidad. Unos dicen que el capitalismo no podrá continuar funcionando como hasta el presente. Otros, que caminamos hacia una mayor presencia estatal en el funcionamiento de los países. Y no faltan quienes insisten en que la epidemia ha demostrado que el nacionalismo y los Estados no sirven para manejar este tipo de desastres, necesitándose una coordinación mundial mucho mayor. Más allá de la exactitud o el cumplimiento de estas opiniones, lo cierto es que todo desastre debe convertirse en una lección para el futuro. Y hoy es claro que la ciencia médica y las ciencias sociales no pueden ni deben aceptar que contingencias como la actual las sorprendan tan desprevenidas.
    En nuestro país, urge que la segunda etapa de la respuesta a la emergencia tenga unas características diferentes a la primera, que ya está a punto de expirar. Un mes es un tiempo suficiente para percatarse de aquello que se hace mal. Y se puede suponer que muchos de los errores de la primera etapa se debieron a la inexperiencia de un Gobierno nuevo y a la rapidez con la que se quiere actuar. De hecho, ya se corrigieron algunas situaciones desastrosas de los primeros días, como la exagerada concentración de personas, sin ningún tipo de precaución ni recursos, en el centro de contención de Jiquilisco, así como que en algunos albergues y hospitales se haya mezclado a personas sin atender ningún protocolo de salud. Además, en algunos albergues, la autoridad última parecía estar más en manos de militares que de médicos. El modo agresivo de contestar a la crítica ciudadana, tanto por parte del presidente como de algunos de sus funcionarios, ha alentado un estilo militaroide y autoritario que se va extendiendo y volviendo preocupación pública.
    En esta segunda etapa de la emergencia, es importante sugerir cómo mejorar. A continuación, algunas ideas. En primer lugar, mientras dure la cuarentena domiciliar, se debe continuar ayudando económicamente a las familias afectadas de menores recursos, aunque afinando el sistema de distribución de las ayudas con el objetivo de evitar aglomeraciones. En segundo lugar, el ministro de Salud debe conformar un comité de médicos especializados en las áreas de infectología, epidemiología, pneumatología y cuidados intensivos, para que aporten opinión e información técnica,y propongan medidas. En tercer lugar, sería importante incluir a las familias no solo en la tarea de evitar el contagio, sino también en el cuidado de los casos leves de la infección, pues separar a las personas de sus familiares por un tiempo prolongado puede ser más perjudicial que sano. Montar una campaña de salud mental con el apoyo de psicólogos es también necesario, así como instruir adecuadamente a los agentes de la Policía en el modo de exigir el respeto a las normas preventivas. Además, delegar en el poder judicial la toma rápida de decisiones en los casos de violación de la cuarentena sería mucho más democrático que dejar todo en manos del Ejecutivo. Finalmente, es fundamental implementar acciones (indultos especiales, por ejemplo) para descongestionar las cárceles y de ese modo al menos aminorar la posibilidad de que se conviertan en centros de contagio masivo.
    De lo que se trata no es de dar soluciones totales a los problemas existentes. Lo importante es que en esta segunda etapa de medidas especiales contra la epidemia todos los sectores sociales den su opinión sobre cómo mejorar el funcionamiento de las mismas. Y que el Estado, principalmente el Ejecutivo, busque formas de escuchar, dialogar y manejar la emergencia sin perder nunca de vista el pleno respeto de la dignidad humana.
    6 min
  • Opinión 09-04-2020
    La pandemia del coronavirus nos obliga a todos a pensar: ¿qué es lo que cuenta verdaderamente, la vida o los bienes materiales? ¿El individualismo de cada uno para sí, de espaldas a los demás, o la solidaridad de los unos con los otros? ¿Podemos seguir explotando, sin ninguna otra consideración, los bienes y servicios naturales para vivir cada vez mejor, o podemos cuidar la naturaleza, la vitalidad de la Madre Tierra, y el «vivir bien», que es la armonía entre todos y con los seres de la naturaleza? ¿Ha servido para algo que los países amantes de la guerra acumulasen cada vez más armas de destrucción masiva, y ahora tengan que ponerse de rodillas ante un virus invisible evidenciando lo ineficaz que es todo ese aparato de muerte? ¿Podemos continuar con nuestro estilo de vida consumista, acumulando riqueza ilimitada en pocas manos, a costa de millones de pobres y miserables? ¿Todavía tiene sentido que cada país afirme su soberanía, oponiéndose a la de los otros, cuando deberíamos tener una gobernanza global para resolver un problema global? ¿Por qué no hemos descubierto todavía la única Casa Común, la Madre Tierra, y nuestro deber de cuidarla para que todos podamos caber en ella, naturaleza incluida?
    Son preguntas que no pueden ser evitadas. Nadie tiene la respuesta. Una cosa sin embargo –atribuida a Einstein– es cierta: “la visión de mundo que creó la crisis no puede ser la misma que nos saque de la crisis”. Tenemos forzosamente que cambiar. Lo peor sería que todo volviese a ser como antes, con la misma lógica consumista y especulativa, tal vez con más furia aún. Ahí sí, por no haber aprendido nada, la Tierra podría enviarnos otro virus que tal vez pudiera poner fin al desastroso proyecto humano actual.
    Pero podemos mirar la guerra que el coronavirus está produciendo en todo el planeta, bajo otro ángulo, éste positivo. El virus nos hace descubrir cuál es nuestra más profunda y auténtica naturaleza humana: es ambigua, buena y mala. Aquí veremos la dimensión buena.
    En primer lugar, somos seres de relación. Somos, como he repetido innumerables veces, un nudo de relaciones totales en todas las direcciones. Por lo tanto, nadie es una isla. Tendemos puentes hacia todos los lados.
    En segundo lugar, como consecuencia, todos dependemos unos de otros. La comprensión africana “Ubuntu” lo expresa bien: “yo soy yo a través de ti”. Por tanto, todo individualismo, alma de la cultura del capital, es falso y antihumano. El coronavirus lo comprueba. La salud de uno depende de la salud del otro. Esta mutua dependencia asumida conscientemente, se llama solidaridad. En otro tiempo la solidaridad hizo que dejásemos el mundo de los antropoides y nos permitió ser humanos, conviviendo y ayudándonos. En estas semanas hemos visto gestos conmovedores de verdadera solidaridad, no dando solo lo que les sobra sino compartiendo lo que tienen.
    En tercer lugar, somos seres esencialmente de cuidado. Sin el cuidado, desde nuestra concepción y a lo largo de la vida, nadie podría subsistir. Tenemos que cuidar de todo: de nosotros mismos, de lo contrario podemos enfermar y morir; de los otros, que pueden salvarme o salvarles yo a ellos; de la naturaleza, si no, se vuelve contra nosotros con virus dañinos, con sequías desastrosas, con inundaciones devastadoras, con eventos climáticos extremos; cuidado con la Madre Tierra para que continúe dándonos todo lo que necesitamos para vivir y para que todavía nos quiera sobre su suelo, siendo que, durante siglos, la hemos agredido sin piedad. Especialmente ahora bajo el ataque del coronavirus, todos debemos cuidarnos, cuidar a los más vulnerables, recluirnos en casa, mantener la distancia social y cuidar la infraestructura sanitaria sin la cual presenciaremos una catástrofe humanitaria de proporciones bíblicas.
    En cuarto lugar, descubrimos que todos debemos ser corresponsables, es decir, ser conscientes de las consecuencias benéficas o maléficas de nuestros actos. La vida y la muerte están en nuestras manos, vidas humanas, vida social, económica y cultural. No basta la responsabilidad del Estado o de algunos, debe ser de todos, porque todos estamos afectados y todos podemos afectar. Todos debemos aceptar el confinamiento.
    Finalmente, somos seres con espiritualidad. Descubrimos la fuerza del mundo espiritual que constituye nuestro Profundo, donde se elaboran los grandes sueños, se hacen las preguntas últimas sobre el significado de nuestra vida y donde sentimos que debe existir una Energía amorosa y poderosa que impregna todo, sostiene el cielo estrellado y nuestra propia vida, sobre la cual no tenemos todo el control. Podemos abrirnos a Ella, acogerla, como en una apuesta, confiar en que Ella nos sostiene en la palma de su mano y que, a pesar de todas las contradicciones, garantiza un buen final para todo el universo, para nuestra historia sapiente y demente. y para cada uno de nosotros. Cultivando este mundo espiritual nos sentimos más fuertes, más cuidadores, más amorosos, en fin, más humanos.
    Sobre estos valores nos es concedido soñar y construir otro tipo de mundo, biocentrado, en el cual, la economía, con otra racionalidad, sustenta una sociedad globalmente integrada, fortalecida más por alianzas afectivas que por pactos jurídicos. Será la sociedad del cuidado, de la gentileza y de la alegría de vivir.
    8 min
  • EDITORIAL 08-04-2020
    Más allá de la ficción (películas, libros, series de televisión), el mundo no se planteaba en serio la posibilidad de enfrentar una pandemia. Fuera de los grupos de especialistas, muy pocos pensaban que un virus podría extenderse globalmente y generar el daño que está provocando el covid-19. La humanidad no estaba preparada para enfrentar adecuadamente una emergencia de este tipo; ni los sistemas de salud estaban listos, ni existían planes de acción claros y atinados. Como consecuencia, se están tomando decisiones sobre la marcha, improvisando. Ello está pasando factura. Los contagios se multiplican por todo el planeta y se ha incrementado la letalidad del virus debido a la incapacidad de atender debidamente a las personas enfermas. El derecho fundamental a la salud es hoy papel mojado en muchos países por falta de inversión en la salud pública.
    Gobernar en una situación como esta, inesperada, desconocida, no es fácil. Aunque en El Salvador se han tomado medidas estrictas con mayor antelación que otros países, con resultados que aparentemente son positivos, también se ha actuado con improvisación y con falta de conocimiento. No ha faltado voluntad de tomar decisiones, pero sí capacidad de ejecutarlas bien. Arropado en el objetivo de salvar vidas, en no pocas ocasiones el Gobierno ha actuado deshumanizadamente, provocando sufrimiento y zozobra. La lista de abusos cometidos por las autoridades a lo largo de estas semanas de cuarentena es demasiado larga. Nada justifica que no se atienda la salud de una persona en cuarentena porque sus padecimientos no tienen relación con el coronavirus. No hay ninguna justificación para no informar de inmediato a las personas del resultado de sus pruebas de covid-19. No hay razón alguna para que la gente en los centros de contención desconozca la fecha en la que podrá reunirse con sus familias.
    En toda emergencia hay peligro de que se den abusos de autoridad. Pero ese peligro aumenta cuando es el mismo presidente de la República el que anuncia en cadena nacional que se actuará represivamente, utilizando la violencia si es necesario, contra la población que incumpla las medidas decretadas. Que Nayib Bukele afirme que no le importan las quejas por maltrato ni perder popularidad por ello generará sin duda un incremento en los abusos de funcionarios, a todo nivel. Que el presidente dé carta blanca para el uso de la fuerza puede tener consecuencias nefastas y generar graves violaciones a los derechos humanos. La sociedad debe estar alerta a denunciar cualquier tipo de abuso, y debe hacerlo a través de los medios de comunicación si las autoridades no atienden sus denuncias. Por muy dura que sea la situación generada por la emergencia, no se deben alentar ni permitir acciones que ponga en riesgo el bienestar, las libertades y los derechos humanos de los ciudadanos.
    4 min
  • Opinión Iván Solano
    Antes de comenzar a desarrollar mi artículo de opinión, considero importante traer a cuenta sabias palabras del Padre Tojeira S.J. expresadas días atrás: “No son ganas de criticar. Es hablar por los que no pueden hablar y contribuir con crítica a que se mejore la gestión de las medidas necesarias”.
    Dicho esto, paso a desarrollar mi opinión sobre el manejo gubernamental de la Pandemia de COVID-19 en nuestro país.
    Creo que nadie pone en duda que las medidas tomadas en la fase de contención, por nuestro Gabinete de Salud Ampliado, han sido adecuadas, oportunas, y nos han permitido ganar tiempo para retrasar la llegada de la enfermedad; sin embargo, también es cierto que la implementación de los centros de cuarentena y el manejo de éstos, así como la atención de los primeros casos de COVID-19 está lleno de muchos errores, y no se siguen los lineamientos de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
    Tomando de referencia principal un editorial publicado el 1 de Abril en la prestigiosa revista médica New England Journal of Medicine, -titulado 10 SEMANAS PARA APLASTAR LA CURVA- donde se exponen las recomendaciones que el autor (Harvey Fineberg M.D.) brinda al presidente Donald Trump, me tomo la libertad de adecuarlo a nuestra realidad y brindarle las siguientes recomendaciones al Presidente Bukele y su Gabinete de Salud Ampliado para que puedan ser implementadas para APLASTAR LA CURVA del COVID-19 en nuestro país.
    El primer paso que debe tomar nuestro presidente es formar un COMITÉ TÉCNICO MULTIDISCIPLINARIO solicitando el apoyo del Colegio Médico, que junto con los técnicos del Ministerio de Salud, puedan diseñar las estrategias de contención y de manejo de los pacientes infectados siguiendo los diferentes protocolos dictados por la OMS.
    En lenguaje militar, usted presidente debe seleccionar sus “mejores Generales para ganar la Guerra”; además, debe entender que esta es una CRISIS SANITARIA, NO UNA CRISIS POLÍTICA, por lo que usted debe dejarse ayudar y hacer cumplir las recomendaciones brindadas por este comité.
    El segundo paso es que las pruebas diagnósticas de COVID-19 estén disponibles para el 100% de personas que se encuentran en cuarentena, tengan síntomas o no; además, dichos resultados deben proporcionárselos por escritos a nuestros compatriotas, ya que, sino se está violentando el artículo 13, literal C, de la Ley de Derechos y Deberes de Pacientes y de los Prestadores de Salud, que los ampara a éstos.
    Muchos estudios clínicos a la fecha han demostrado que las personas asintomáticas son un foco importante de diseminación de la infección, de allí la importancia de que nuestros compatriotas que están en cuarentena deben practicárseles para la detección temprana de casos y evitar que más personas se estén infectando y que el virus pueda salir de estos centros de contención a la comunidad.
    Se vuelve importante que se mejore la capacidad instalada para la realización de pruebas diagnósticas en el laboratorio nacional de referencia del Ministerio de Salud y si es necesario, establecer alianzas estratégicas con laboratorios clínicos privados que tienen la tecnología ya instalada y personal capacitado para poder procesar muestras en éstos.
    No quiero dejar de decir que somos el país en Centroamérica que menos pruebas diarias estamos realizando.
    El tercer paso recomendado es asegurarnos que los trabajadores de salud estén adecuadamente protegidos con los equipos de protección personal para la atención de pacientes infectados; que no se vaya a presentar desabastecimiento de estos.
    Debemos recordar que hay muchos trabajadores de salud que han sido infectados y muerto a causa de esta enfermedad, adquirida en la atención sanitaria. No podemos darnos el lujo de “enviar a nuestros soldados a la guerra sin chalecos antibalas”.
    Además asegurarnos que todo el equipo logístico de apoyo, como son los ventiladores mecánicos, medicamentos, sueros, etc. estén disponibles para poder dar los tratamientos adecuados.
    Finalmente, deseo manifestarle que esta es una propuesta inicial de hoja de ruta que podemos seguir y que por supuesto puede ser mejorada, con la participación del equipo técnico que se conforme, pero debemos COMENZAR YA para poder APLASTAR LA CURVA.
    Estamos a tiempo señor presidente, no podemos seguir tolerando mas muertes dentro de los centros de cuarentena que son responsabilidad del Estado salvadoreño. Nuestro país requiere que se tomen BUENAS DECISIONES TÉCNICAS Y NO MEDIDAS QUE TENGAN SOLAMENTE BUENAS INTENCIONES POLÍTICAS.
    Por Iván Solano Leiva, médico infectólogo
    7 min
  • EDITORIAL SEMANA SANTA EN PAZ
    Esta Semana Santa será, con seguridad, la más pacífica en décadas. Habrá muchos menos accidentes de tráfico, ahogados y asesinatos que en otros tiempos. Pero muchos tendrán más miedo en sus corazones, más tensiones derivadas del encierro, más preocupación por las consecuencias de la pandemia en el empleo y en la subsistencia. Incluso en algunos hogares, lamentablemente, mayor violencia intrafamiliar. Esta vez no disfrutaremos de actividades religiosas comunitarias, pero habrá más tiempo para reflexionar. Frente a la imaginación, la loca de la casa, como la llamaba santa Teresa, que se puede disparar hacia ensoñaciones terroríficas, deberemos recurrir al razonamiento serio y a la planificación de los meses próximos. Solo así pondremos paz en nuestras vidas y en nuestras perspectivas de futuro.
    Sin embargo, la paz en nuestras vidas debe ir acompañada por la paz social. Y esta exige condiciones previas para realizarse. Distribución equitativa de los recursos y riquezas, nivel educativo alto, aceptación de los derecho humanos como derechos de todos, lucha constante contra la corrupción, respeto a la libertad de información y de acceso a la misma son algunas de las bases imprescindibles para una verdadera paz social. En otras palabras, si los ciudadanos no nos comprometemos con estas tareas, la paz social no existirá entre nosotros. Pasará la paz del covid-19, paz del miedo y del encerramiento, y volveremos a ser un país de violencia, corrupción, enfrentamiento social, pobreza y desigualdad.
    En ese sentido, esta Semana Santa nos da la oportunidad no solo de reflexionar sobre nuestras vidas, sino también sobre el país. Las realidades sociales y personales están profundamente unidas. La paz individual no se logra si no trabajamos al mismo tiempo nuestro propio corazón y la realidad en la que nos desenvolvemos como personas. Más allá de cualquier tipo de propaganda, cambiar las estructuras de impuestos, de educación, salud y seguridad social y ciudadana es indispensable para vivir en paz. A cada uno nos toca, desde nuestras distintas responsabilidades, aportar para ello.
    La Semana Santa narra cómo el amor, el servicio, la entrega y el hambre y sed de justicia caminan indefectiblemente hacia el triunfo, aunque haya que pasar por el sacrificio de la cruz, el fracaso y el dolor. Nos señala a Jesús de Nazaret como el único que puede marcar el rumbo de nuestras vidas hacia la verdadera felicidad. Nos enseña a ser personas para los demás en seguimiento del Hijo de Dios. Nos ofrece fortaleza para construir el bien, resistencia frente al mal y la injusticia, claridad para entender el camino de la vida desde el amor y la solidaridad. El Señor muerto y resucitado que recordamos y hacemos actual en esta semana nos ofrece, desde su caminar, esa paz que el mundo del poder, del individualismo, del consumo, del olvido del pobre no puede dar.
    Aprovechar esta Semana Santa en cuarentena cuaresmal, en solidaridad familiar, en este particular entorno de paz social, preocupación y miedo, es un desafío humano. Pero para quienes se consideran cristianos, de la denominación que sea, esta semana es una llamada clara a la conversión, al compromiso con una vida justa y solidaria, a ser discípulos y misioneros del Señor Jesús que anuncian la paz con justicia como adelanto y camino hacia ese Reino de la vida plena en la que Dios será todo en todas las cosas.
    5 min
  • EDITORIAL INVERTIR BIEN
    Ciertas emergencias son, por su naturaleza, impredecibles y pueden comprometer la estabilidad financiera de un país. En esos casos, la situación demanda la máxima racionalidad en el uso de los recursos, asesorarse por especialistas y valorar todos los escenarios posibles a fin de reducir al mínimo los errores de ejecución. Estos deberían ser los principios de actuación del Gobierno salvadoreño ante la pandemia de covid-19. La Asamblea Legislativa le ha autorizado adquirir deuda por dos mil millones de dólares para enfrentar la emergencia y proteger la economía nacional. De ese dinero, 600 millones ya están comprometidos para las municipalidades y 450 millones para las transferencias monetarias a las familias. Restan, pues, 950 millones de dólares, los cuales deben manejarse con inteligencia, honradez y la máxima transparencia posible. Pero ya hay signos que mueven a la preocupación.
    A un costo de 70 millones de dólares, el Gobierno ha decidido construir el hospital más grande de Latinoamérica para atender casos de contagio de covid-19. Por supuesto, El Salvador debe estar preparado para enfrentar la fase más crítica de la enfermedad, cuando los casos se multipliquen. Sin embargo, Costa Rica, con un mayor número de contagiados identificados que acá, habilitó un hospital en 11 días y aprovisionó el resto de la red nacional con equipo moderno a un costo de 16 millones de dólares. El Centro Especializado de Atención de Pacientes con COVID-19 tiene capacidad de brindar cuidado especial a casi 90 enfermos graves de forma simultánea. En México, el estado de Hidalgo montó en 3 días un hospital inflable con el que ya contaba para este tipo de emergencias. Con un área de 1,800 metros cuadrados, tiene capacidad para 50 camas, de las cuales 10 son de terapia intensiva. También contará, entre otras facilidades, con módulos de consulta externa y áreas de observación y urgencias para atender únicamente a las personas con infecciones respiratorias agudas, y con ello evitar la contaminación de la red hospitalaria del estado.
    En Reino Unido, a principios de esta semana, inició la conversión del centro Excel de Londres en un hospital temporal para pacientes con coronavirus; se espera que esté operando este fin de semana. El hospital tiene ya instaladas 500 camas y hay espacio para otras 3,500, por si fuera necesario. Y el caso más conocido en lo referente a la construcción de hospitales para atender la enfermedad es el de Wuhan, China, donde comenzó la pandemia. Wuhan, con una población de 11 millones de habitantes y más de 8,500 kilómetros cuadrados de extensión, edificó, en menos de un mes, dos hospitales, uno de 1,000 camas y otro de 1,500, ambos con ambientes aislados. Según el Gobierno chino, el presupuesto para la construcción y equipamiento de los dos hospitales fue de 43 millones de dólares.
    En cuestiones de emergencia, cuando se decide por un país, hay que valorar bien lo que hace y aprovechar al máximo los recursos disponibles. Es mejor demorar unos cuantos días la toma de una decisión que decidir abruptamente y equivocarse. En ese marco, es irrelevante que lo que se construya sea más pequeño o más grande que lo que otros han hecho; lo único importante es responder apropiadamente a las necesidades de la población. Las comparaciones con otros deben servir solo para tomar buen ejemplo, no para establecer inútiles competencias imaginarias.
    5 min
  • Opinión 02-04-2020
    La pandemia del coronavirus nos revela que el modo como habitamos la Casa Común es pernicioso para su naturaleza. La lección que nos transmite reza así: es imperativo reformatear nuestro estilo de vida en ella, como un planeta vivo que es. Ella nos viene avisando de que, así como nos estamos comportando, no podemos continuar. En caso contrario, la propia Tierra se tendrá que librar de nosotros, seres excesivamente agresivos y maléficos para el conjunto del sistema-vida.
    En este momento, ante el hecho de estar en medio de una guerra mundial, es importante que seamos conscientes de nuestra relación hacia ella y de la responsabilidad que tenemos en el destino común Tierra viva-humanidad.
    Acompáñenme en este razonamiento, veamos: El Universo existe desde hace ya 13,7 mil millones de años, desde que ocurrió el big bang. La Tierra, hace 4,4 mil millones. La Vida, hace 3,8 mil millones. El ser humano hace 7-8 millones. Nosotros, el homo sapiens/demens actual, hace 100 mil años. Todos, el Universo, la Tierra y nosotros mismos, estamos formados con los mismos elementos físico-químicos (cerca de 100) que se forjaron, como en un horno, en el interior de las grandes estrellas rojas durante 2-3 mil millones de años (por lo tanto hace 10-12 mil millones años).
    La Vida, probablemente, comenzó a partir de una bacteria originaria, madre de todos los vivientes. La acompañaron un número inimaginable de microorganismos. Nos dice Edward O. Wilson, tal vez el mayor biólogo vivo: sólo en un gramo de tierra viven cerca de 10 mil millones de bacterias de hasta 6mil especies diferentes (La creación: cómo salvar la vida en la Tierra, 2008, p. 26). Imaginemos la cantidad incontable de esos microorganismos en toda la Tierra, siendo que solamente el 5% de la vida es visible, y el 95%, invisible: el reino de las bacterias, de los hongos, y de los virus...
    Sigan acompañándome en mi razonamiento: hoy es considerado un dato científico, desde 2002, cuando James Lovelock y su equipo demostraron ante una comunidad científica de miles de especialistas en Holanda que la Tierra no sólo tiene vida sobre ella, ella misma está viva. Emerge como un «ente vivo»; no como un animal, sino como un sistema que regula los elementos físico-químicos y ecológicos, como hacen los demás organismos vivos, de tal forma que se mantiene vivo y continúa produciendo una miríada de formas de vida. La llamaron Gaia.
    Otro dato que cambia nuestra percepción de la realidad: En la perspectiva de los astronautas, ya sea desde la Luna o desde las naves espaciales, así lo testimoniaron muchos de ellos: no existe distinción entre Tierra y Humanidad... Ambas forman una entidad única y compleja. Se consiguió hacer una foto de la Tierra antes de penetrar en el espacio sideral, fuera del sistema solar: en ella aparece, en palabras del cosmólogo Carl Sagan, como “un pálido punto azul”. Nosotros estamos, pues, dentro de ese pálido punto azul, como aquella porción de la Tierra que, en un momento de alta complejidad, empezó a sentir, a pensar, a amar y a percibirse a sí misma como parte de un Todo mayor. Por lo tanto, nosotros, hombres y mujeres, somos Tierra, que se deriva de humus (tierra fértil), o del Adam bíblico (tierra arable).
    Sucede que nosotros, olvidando que somos esa porción de la Tierra misma, comenzamos a saquear sus riquezas en el suelo, en el subsuelo, en el aire, en el mar, y en todos los niveles. Buscábamos realizar un arriesgado proyecto de acumular lo más posible bienes materiales para el disfrute humano –en realidad para el de un pequeño sector poderoso y ya rico de la humanidad–. El desarrollo de la ciencia y de la técnica de hecho se ha orientado de cara a ese propósito. Pero, atacando a la Tierra, nos atacamos a nosotros mismos, que somos Tierra pensante. Y tan lejos ha llegado la codicia de este pequeño grupo voraz, que, actualmente, la Tierra se siente agotada, hasta el punto de haber sido afectados sus límites infranqueables. Es lo que técnicamente llamamos la Sobrecarga de la Tierra (the Earth overshoot): sacamos de ella más de lo que puede dar. Actualmente ya no consigue reponer lo que le quitamos. Entonces, da señales de que está enferma, de que ha perdido su equilibrio dinámico, recalentándose, formando huracanes y terremotos, nevadas antes nunca vistas, sequías prolongadas e inundaciones devastadoras. Y más aún: ha liberado microorganismos como el sars, el ébola, el dengue, la chikungunya y ahora el coronavirus. Son formas de vida de las más primitivas, casi al nivel de nanopartículas, sólo detectables bajo potentes microscopios electrónicos. Y pueden diezmar al ser más complejo que la Tierra ha producido y que es parte de ella misma, el ser humano, hombre y mujer, poco importa su nivel social.
    Hasta ahora el coronavirus no puede ser destruido, sólo podemos impedirle propagarse. Pero ahí está, produciendo una desestabilización general en la sociedad, en la economía, en la política, en la salud, en las costumbres, en la escala de valores establecidos...
    De repente hemos despertado asustados y perplejos: esta porción de la Tierra que somos nosotros, puede desaparecer. En otras palabras, la Tierra misma se defiende contra su propia parte rebelada y enferma. Puede sentirse obligada la Tierra a hacer una amputación, como hacemos con una pierna necrosada... Sólo que, esta vez, es toda esa porción tenida por inteligente y amante, que la Tierra no puede ya aguantar y va a tener que acabar eliminándola.
    Y así será el fin de esta especie de vida que, con su singularidad de autoconciencia, es una entre millones de otras existentes, también partes de la Tierra. Ésta, continuará girando alrededor del sol, empobrecida, hasta que haga surgir otro ser que sea también expresión de ella, capaz de sensibilidad, de inteligencia y de amor. De nuevo recorrerá un largo camino para modelar la Casa Común, con otras formas de convivencia –esperamos– mejores que la que nosotros hemos modelado.
    ¿Seremos capaces de captar la señal que el coronavirus nos está enviando, o seguiremos haciendo más de lo mismo, hiriendo a la Tierra autohiriéndonos en el afán de enriquecerse de unos pocos cueste lo que cueste?
    Por Leonardo Boff*
    9 min
  • EDITORIAL IRRESPONSABILIDAD PRESIDENCIAL
    El viernes pasado, el presidente avisó en cadena nacional que el lunes 30 de marzo iniciaría la entrega de los 300 dólares de ayuda a las cientos de miles de familias que sufren la merma o ausencia de ingresos debido a la cuarentena nacional, y detalló el mecanismo: los ciudadanos debían abrir una página web e introducir su número de DUI para saber si habían sido favorecidos con la ayuda y dónde y cuándo podrían retirar el dinero. Sin embargo, la página en cuestión colapsó casi de inmediato, incapaz de procesar el gran número de consultas. Pero no se trató de un ataque cibernético contra la página, como afirmó en Twitter el presidente, sino de algo que cabía esperar en estas circunstancias: la urgente necesidad de una gran mayoría de la población. De hecho, el colapso de la página fue el anuncio de lo que sucedería en los días siguientes.
    El sábado 28 ya algunos Cenade estaban abarrotados de gente, pese a que el fin de semana no brindan atención. Se les dijo que regresaran el lunes para ser atendidos. Y el lunes, desde muy temprano, se desató el caos. La gente acudió en masa a las sucursales bancarias para retirar su dinero y a los Cenade para recibir la información que no habían podido obtener por Internet o para reclamar porque su DUI no salía entre los beneficiados. Sin hacer consideraciones sobre la validez de la ayuda, es necesario señalar la irresponsabilidad con la que ha actuado el Gobierno en este tema.
    Como ya lo ha reconocido el presidente, aunque sin asumir ninguna responsabilidad, la caótica situación y la salida de miles de personas de sus hogares en pos de conseguir la ayuda echaron en saco roto los nueve días de cuarentena nacional. Se formaron inmensas aglomeraciones, no se respetó ninguna medida de prevención, se rompió la cuarentena masivamente. Todo ello a causa de la improvisación, la falta de planificación y la ausencia de previsión presidencial. Fiel a su guion comunicacional, el presidente ha culpado a los anteriores Gobiernos de este gran fracaso, cuando lo responsable y decente sería admitir que este es un fallo suyo y solo suyo.
    Afirmar que el sistema fracasó por culpa de terceros, porque la página web fue saboteada, porque la gente es pobre, porque no hay cultura, porque la mayoría de las familias no están bancarizadas, es negarse a reconocer que se utilizó una vía inadecuada para entregar la ayuda. Parece que ni Nayib Bukele ni su equipo conocían el país; parece que se enteraron de cómo es la realidad diaria en El Salvador solo hasta que fracasó el mecanismo que implementaron para la entrega de los fondos. Un Gobierno que afirma ser el mejor de la historia nacional debería conocer a profundidad esa realidad y tenerla en cuenta al implementar acciones. Pero se procedió como si viviéramos todos en uno de los países más desarrollados del mundo y con un alto índice de alfabetización y acceso digital.
    Si el presidente supiera que este es un país pobre, que gran parte de la gente vive de lo que consigue a diario, que la mayoría de las familias no cuentan con un ahorro para hacer frente a las emergencias, habría previsto la ansiedad que generaría en miles de salvadoreñas y salvadoreños la posibilidad de recibir una ayuda de 300 dólares luego de estar ocho días sin ingresos; sabría que frente al hambre no hay paciencia. Este fracaso nació de la precipitación de anunciar la entrega de la ayuda sin que hubiera planificación previa, sin que el Gobierno estuviera de verdad listo y preparado para entregar el dinero sin dinamitar la cuarentena domiciliar. El fracaso estuvo en no medir lo que pasaría si la gente no se encontraba en la base de datos, en no dejar claro que la ayuda no se entregaría a todos a la vez, en no saber cómo segmentar a la población. Un esfuerzo de esta magnitud no se puede emprender de forma centralizada; requiere la colaboración de las distintas instancias de gobierno, especialmente las alcaldías, por su cercanía con la gente y el mejor conocimiento de los territorios.
    Nayib Bukele ha repetido mecánicamente que El Salvador es el país que mejor está enfrentando la pandemia y que prefiere tomar decisiones rápidas, aun con el riesgo de cometer errores, que no tomarlas. Pero los últimos errores son demasiados abultados y no pueden justificarse, pues irrespetan la dignidad de los necesitados y ponen en riesgo la vida al posibilitar contagios en masa. Se ha perdido lo logrado a lo largo de nueve duros días de sacrificios y privación. Demasiada gente está ya de nuevo en la calle.
    7 min
  • Opinión El desastre perfecto para el capitalismo de desastre
    La pandemia actual de coronavirus representa una oportunidad única para repensar la forma en que habitamos la Casa Común, la forma en que producimos, consumimos y nos relacionamos con la naturaleza. Ha llegado el momento de cuestionar las virtudes del orden del capital: acumulación ilimitada, competencia, individualismo, indiferencia ante la miseria de millones, la reducción del Estado y la exaltación del lema de Wallstreet: "la codicia es buena" (greed is good). Todo esto ahora está en jaque. Tiene los días contados.
    Lo que puede salvarnos ahora no son las empresas privadas, sino el Estado, con sus políticas generales de salud, siempre atacadas por el sistema de "mercado libre" y serán las virtudes del nuevo paradigma –defendido por muchos, y por mí–, del cuidado, de la atención, de la solidaridad social, la corresponsabilidad y la compasión.
    El primero en ver la urgencia de este cambio fue el presidente francés, neoliberal y del mundo financiero, Emmanuel Macron. Habló claramente: “Queridos compatriotas, necesitamos sacar lecciones del momento en que estamos pasando, cuestionar el modelo de desarrollo que nuestro mundo eligió hace décadas, que muestra sus fallas a la luz del día, y cuestionar las debilidades de nuestras democracias. Lo que revela esta pandemia es que la salud gratuita sin condiciones de ingresos, historial personal o profesión, y nuestro Estado de Bienestar Social, no son costos, ni cargas, sino bienes preciosos, ventajas indispensables cuando el destino llama a la puerta. Lo que revela esta pandemia es que hay bienes y servicios que deben estar fuera de las leyes del mercado”.
    Aquí muestra su plena conciencia de que una economía de mercado, que todo lo comercializa, y su expresión política, el neoliberalismo, son perjudiciales para la sociedad y para el futuro de la vida.
    Aún más sorprendente fue la periodista Naomi Klein, una de las críticas más perspicaces del sistema mundial, y que sirvió como título de mi artículo: "El coronavirus es el desastre perfecto para el capitalismo de desastre". Esta pandemia produjo el colapso del mercado de valores (intercambios), el corazón de este sistema especulativo, individualista y anti-vida, como lo llama el Papa Francisco. Este sistema viola la ley más universal del cosmos, de la naturaleza y el ser humano: la interdependencia de todos con todos; que no hay ser, mucho menos nosotros los humanos, como una isla desconectada de todo lo demás. Además, no reconoce que somos parte de la naturaleza y que la Tierra no nos pertenece para explotarla a voluntad, sino que pertenecemos a la Tierra. En opinión de los mejores cosmólogos y astronautas, que ven la unidad de la Tierra y la Humanidad, somos esa parte de la Tierra que siente, piensa, ama, cuida y adora. Sobreexplotando la naturaleza y la Tierra, como lo estamos haciendo en todo el mundo, nos estamos dañando, y nos estamos exponiendo a sus reacciones, incluso a los castigos que nos impone. Es una madre generosa, pero puede enfadarse y enviarnos un virus devastador.
    Apoyo la tesis de que esta pandemia no puede combatirse sólo por medios económicos y sanitarios –que siempre serán indispensables–. Lo que nos exige es cambiar el tipo de reacción que tenemos con la naturaleza y la Tierra. Si, después de que la crisis ha pasado y no hacemos los cambios necesarios, la próxima vez, puede ser que sea la última, ya que nos convertimos en enemigos de la Tierra, y puede que ya no nos quiera aquí.
    El informe del profesor Neil Ferguson en el Imperial College de Londres declaró: "este es el virus más peligroso desde la gripe H1N1 de 1918. Si no hay una respuesta inmediata, habría 2’2 millones de muertos en Estados Unidos y 510.000 en Reino Unido". Esta declaración fue suficiente para que Trump y Johnson cambiaran de posición de inmediato, comprometiendo tardíamente grandes sumas para fortalecer a la población. Mientras, en Brasil, al Presidente no le importa, trata el asunto como una "histeria" colectiva, y en palabras de un periodista alemán de la Deutsche Welle: "Actúa criminalmente. Brasil está dirigido por un psicópata, y el país haría bien en deponerlo tan pronto como sea posible. Habría muchas razones para ello”. Esto es lo que el Parlamento y el STF, por amor a la población, deberían hacer sin demora.
    La hiper-información y las apelaciones en los medios no son suficientes. Eso no nos mueve a cambiar el comportamiento requerido. Tenemos que despertar nuestra razón sensible y cordial. Superar la indiferencia y sentir el dolor de los demás con el corazón. Nadie es inmune al virus. Ricos y pobres, tenemos que mostrar solidaridad entre nosotros, cuidarnos personalmente y cuidar a los demás, y asumir la responsabilidad colectiva. No hay puerto de salvación. O nos sentimos humanos, co-iguales, en la misma Casa Común, o nos hundiremos todos.
    Las mujeres, como nunca antes en la historia, tienen una misión especial: ellas saben sobre la vida y los cuidados necesarios; pueden ayudarnos a despertar nuestra sensibilidad, hacia los demás y hacia nosotros mismos. Ellas, junto con los operadores de salud (personal médico y de enfermería) merecen nuestro apoyo sin restricciones. Cuidar a quien nos cuida, para minimizar los males de este terrible asalto a la vida humana.
    Por Leonardo Boff *
    7 min
  • EDITORIAL MALTRATO
    Nunca se insiste demasiado en el valor de la persona. Desde sus primeros artículos, la Constitución afirma que el Estado está al servicio de la persona humana. La religión, la filosofía, las grandes instituciones internacionales la ponen como centro de su interés, ocupación y preocupación. La misma pandemia del covid-19 ha puesto de relieve la preocupación mundial por la vida humana en general y por las personas concretas en particular. En El Salvador, frente a este desafío, se han tomado una serie de medidas preventivas tan importantes como necesarias. También se han planificado acciones que no solo atiendan adecuadamente a los afectados por la pandemia, sino que perduren posteriormente al servicio del deteriorado sistema de salud nacional. Todo eso es bueno y debe ser apoyado. Pero ello no obsta para prestar atención a las quejas sobre el modo de implementar las medidas. Y aquí es donde entra un tema fundamental: el respeto a la dignidad de las personas.
    En algunos centros de cuarentena hay hacinamiento, problemas de higiene, no se les permite a los confinados salir de sus cuartos a tomar sol, no les visita ningún médico y solo una enfermera llega mañana y tarde a tomar la temperatura. Se les mantiene en esa situación de encierro durante 30 días, a pesar de que 21 serían más que suficientes. Cuando son trasladados a otros sitios, no reciben ningún tipo de información. Da así la impresión de que la única manera de retener gente que conoce el Estado es la del sistema carcelario. Por otra parte, las quejas de personas internadas en el hospital Saldaña exponen lo que solamente puede calificarse de maltrato hospitalario. Y a todo lo anterior se suma la detención arbitraria de ciudadanos por supuestamente violar la cuarentena domiciliar y el sinsentido de recluirlos en los centros de cuarentena; una situación que ha tenido que corregir la Sala de lo Constitucional.
    Las cuarentenas son necesarias, así como también los albergues oficiales, y siempre han sido claras las deficiencias del sistema de salud. Pero la lucha contra el covid-19 no justifica maltratar a las personas. Ni los enfermos, ni los que deben guardar cuarentena son delincuentes. El trato humano resulta indispensable en medio del miedo, cuando no terror, que la epidemia ha generado. La OMS define la salud no solo como ausencia de enfermedad, sino también como un estado de completo bienestar físico, mental y social. En este sentido, las cuarentenas deben cuidar no solo la salud física, sino también la mental y la social. Evitar el lenguaje amenazador o generador de miedo, apoyar la salud sicológica de quienes pasan cuarentena y animar y promover la cooperación social es tarea de todos, pero especialmente del Estado, que tiene a la persona como fundamento de su ser y actuar.
    El camino emprendido por El Salvador para prevenir y combatir el covid-19 es bueno a nivel estructural. Sin embargo, resulta necesario revisar los modos concretos de llevar a la práctica las decisiones a fin de que la población reciba en todo momento un trato humano por parte de las autoridades. Sería trágico que buenas decisiones y planes queden desvirtuados por el maltrato a las personas.
    5 min

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