Editoriales y Opiniones

Editoriales y Opiniones

By Radio YSUCANewsPolitics
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Editoriales y Opiniones episodes

  • EDITORIAL DETENCIONES ILEGALES
    A partir de la sentencia de la Sala de lo Constitucional, la mayoría de retenciones de personas en los Centros de Contención por no respetar la cuarentena son detenciones ilegales. A ellas se suma la gente que pasa en los Centros más días de los establecidos por la ley. Tratándose de ciudadanos que no han cometido delito y que permanecen retenidos en contra de su voluntad, más allá de las normativas de la cuarentena y bajo control de la PNC o la Fuerza Armada, hay la suficiente evidencia como para hablar del delito de privación de libertad, regulado en el artículo 148 del Código Penal, que dice textualmente: “El que privare a otro de su libertad individual será sancionado con prisión de tres a seis años”.
    En el marco de la prevención del covid-19, este delito tiene una dimensión estremecedora por la dinámica de autoritarismo que subyace en él. En efecto, la Sala de lo Constitucional se ha pronunciado ya sobre la ilegalidad de retener a personas que, a juicio de miembros de la PNC o del Ejército, no cumplen con la excepcionalidad que faculta salir del domicilio en tiempo de cuarentena. El presidente ha desafiado a la Sala al afirmar públicamente que no cumplirá con algunas de las resoluciones de la Sala. Y ha acusado a todo el que no piensa como él de ser partidario de que muera gente en El Salvador. El número de los retenidos es, además, demasiado numeroso, superando ampliamente los mil.
    El presidente y otros funcionarios justifican los procedimientos de retención de personas con el argumento de que son necesarios para salvar vidas y que el derecho a la vida es prioritario. ¿Se trata de un choque entre conciencia personal y legalidad jurídica? Desde una óptica racional, no parece que ese sea el caso. No hay conexión médico-científica entre el alargamiento de la cuarentena para personas sin síntomas de covid-19 y el riesgo de muerte o contagio si esas mismas personas están fuera de los Centros de Contención. Como tampoco puede deducirse una mayor mortalidad poblacional si a quienes no tienen justificación para salir de casa se les impone una multa y se les obliga regresar a su vivienda, en lugar de recluirlos en un Centro.
    La única razón que parece existir para cometer el posible delito de privación de libertad es la cultura autoritaria, desde la cual se tiende a pensar que si los castigos no son duros, nadie obedece. Cultura que no es patrimonio exclusivo del actual Gobierno, sino que está extendida tanto en la gente común como en los ámbitos políticos, tanto de izquierdas como de derechas. Las excelentes medidas preventivas iniciales están quedando muy golpeadas por el modo autoritario de llevarlas a cabo. El mismo autoritarismo está de fondo en el desorden, mal funcionamiento y lentitud de algunos procedimientos sanitarios, además de la comisión de ilegalidades por parte de funcionarios.
    Escuchar a la sociedad civil, mantener una actitud de diálogo con todos los órganos del Estado y cumplir con lo establecido por la Sala de lo Constitucional son los caminos para resolver adecuadamente los problemas. De lo contrario, continuaremos convirtiendo las leyes que rigen nuestra convivencia en papel mojado, continuaremos enfrentándonos y seguiremos buscando delitos para tomar venganza del que fue autoritario en la anterior administración. Y por supuesto, la próxima pandemia, terremoto o cualquier tipo de desgracia nos encontrará desprevenidos, al igual que ha sucedido con el covid-19.
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  • EDITORIAL En alerta ante el abuso
    Más allá de la ficción (películas, libros, series de televisión), el mundo no se planteaba en serio la posibilidad de enfrentar una pandemia. Fuera de los grupos de especialistas, muy pocos pensaban que un virus podría extenderse globalmente y generar el daño que está provocando el covid-19. La humanidad no estaba preparada para enfrentar adecuadamente una emergencia de este tipo; ni los sistemas de salud estaban listos, ni existían planes de acción claros y atinados. Como consecuencia, se están tomando decisiones sobre la marcha, improvisando. Ello está pasando factura. Los contagios se multiplican por todo el planeta y se ha incrementado la letalidad del virus debido a la incapacidad de atender debidamente a las personas enfermas. El derecho fundamental a la salud es hoy papel mojado en muchos países por falta de inversión en la salud pública.
    Gobernar en una situación como esta, inesperada, desconocida, no es fácil. Aunque en El Salvador se han tomado medidas estrictas con mayor antelación que otros países, con resultados que aparentemente son positivos, también se ha actuado con improvisación y con falta de conocimiento. No ha faltado voluntad de tomar decisiones, pero sí capacidad de ejecutarlas bien. Arropado en el objetivo de salvar vidas, en no pocas ocasiones el Gobierno ha actuado deshumanizadamente, provocando sufrimiento y zozobra. La lista de abusos cometidos por las autoridades a lo largo de estas semanas de cuarentena es demasiado larga. Nada justifica que no se atienda la salud de una persona en cuarentena porque sus padecimientos no tienen relación con el coronavirus. No hay ninguna justificación para no informar de inmediato a las personas del resultado de sus pruebas de covid-19. No hay razón alguna para que la gente en los centros de contención desconozca la fecha en la que podrá reunirse con sus familias.
    En toda emergencia hay peligro de que se den abusos de autoridad. Pero ese peligro aumenta cuando es el mismo presidente de la República el que anuncia en cadena nacional que se actuará represivamente, utilizando la violencia si es necesario, contra la población que incumpla las medidas decretadas. Que Nayib Bukele afirme que no le importan las quejas por maltrato ni perder popularidad por ello generará sin duda un incremento en los abusos de funcionarios, a todo nivel. Que el presidente dé carta blanca para el uso de la fuerza puede tener consecuencias nefastas y generar graves violaciones a los derechos humanos. La sociedad debe estar alerta a denunciar cualquier tipo de abuso, y debe hacerlo a través de los medios de comunicación si las autoridades no atienden sus denuncias. Por muy dura que sea la situación generada por la emergencia, no se deben alentar ni permitir acciones que ponga en riesgo el bienestar, las libertades y los derechos humanos de los ciudadanos.
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  • EDITORIAL HACIA UNA SEGUNDA ETAPA
    Con frecuencia se lee en los periódicos y en las redes que la pandemia del coronavirus marcará una nueva fase en la historia de la modernidad. Unos dicen que el capitalismo no podrá continuar funcionando como hasta el presente. Otros, que caminamos hacia una mayor presencia estatal en el funcionamiento de los países. Y no faltan quienes insisten en que la epidemia ha demostrado que el nacionalismo y los Estados no sirven para manejar este tipo de desastres, necesitándose una coordinación mundial mucho mayor. Más allá de la exactitud o el cumplimiento de estas opiniones, lo cierto es que todo desastre debe convertirse en una lección para el futuro. Y hoy es claro que la ciencia médica y las ciencias sociales no pueden ni deben aceptar que contingencias como la actual las sorprendan tan desprevenidas.
    En nuestro país, urge que la segunda etapa de la respuesta a la emergencia tenga unas características diferentes a la primera, que ya está a punto de expirar. Un mes es un tiempo suficiente para percatarse de aquello que se hace mal. Y se puede suponer que muchos de los errores de la primera etapa se debieron a la inexperiencia de un Gobierno nuevo y a la rapidez con la que se quiere actuar. De hecho, ya se corrigieron algunas situaciones desastrosas de los primeros días, como la exagerada concentración de personas, sin ningún tipo de precaución ni recursos, en el centro de contención de Jiquilisco, así como que en algunos albergues y hospitales se haya mezclado a personas sin atender ningún protocolo de salud. Además, en algunos albergues, la autoridad última parecía estar más en manos de militares que de médicos. El modo agresivo de contestar a la crítica ciudadana, tanto por parte del presidente como de algunos de sus funcionarios, ha alentado un estilo militaroide y autoritario que se va extendiendo y volviendo preocupación pública.
    En esta segunda etapa de la emergencia, es importante sugerir cómo mejorar. A continuación, algunas ideas. En primer lugar, mientras dure la cuarentena domiciliar, se debe continuar ayudando económicamente a las familias afectadas de menores recursos, aunque afinando el sistema de distribución de las ayudas con el objetivo de evitar aglomeraciones. En segundo lugar, el ministro de Salud debe conformar un comité de médicos especializados en las áreas de infectología, epidemiología, pneumatología y cuidados intensivos, para que aporten opinión e información técnica,y propongan medidas. En tercer lugar, sería importante incluir a las familias no solo en la tarea de evitar el contagio, sino también en el cuidado de los casos leves de la infección, pues separar a las personas de sus familiares por un tiempo prolongado puede ser más perjudicial que sano. Montar una campaña de salud mental con el apoyo de psicólogos es también necesario, así como instruir adecuadamente a los agentes de la Policía en el modo de exigir el respeto a las normas preventivas. Además, delegar en el poder judicial la toma rápida de decisiones en los casos de violación de la cuarentena sería mucho más democrático que dejar todo en manos del Ejecutivo. Finalmente, es fundamental implementar acciones (indultos especiales, por ejemplo) para descongestionar las cárceles y de ese modo al menos aminorar la posibilidad de que se conviertan en centros de contagio masivo.
    De lo que se trata no es de dar soluciones totales a los problemas existentes. Lo importante es que en esta segunda etapa de medidas especiales contra la epidemia todos los sectores sociales den su opinión sobre cómo mejorar el funcionamiento de las mismas. Y que el Estado, principalmente el Ejecutivo, busque formas de escuchar, dialogar y manejar la emergencia sin perder nunca de vista el pleno respeto de la dignidad humana.
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  • OPINION 22-04 SUN TZU Y EL COVID 19
    Ya que en esta emergencia sanitaria la lógica y el lenguaje militar parecen imponerse, quizá esa terminología pueda llamar la atención sobre algunos aspectos de primera importancia. El arte de la guerra, el más antiguo y brillante tratado militar, escrito por el pensador, militar y político Sun Tzu en el siglo V a.C. y que ha tenido influencias en la política, en los negocios y hasta en los deportes, nos puede brindar alguna luz también en esta batalla sanitaria contra el covid-19.
    La primera es que a los soldados que van a los frentes de guerra hay que cuidarlos como a hijos. “Mira por tus soldados como miras por un recién nacido; así estarán dispuestos a seguirte hasta los valles más profundos; cuida de tus soldados como cuidas de tus queridos hijos y morirán gustosamente contigo”. En esta hora crucial de la historia, quienes están en la primera línea de esta batalla son los trabajadores de la salud, desde los médicos hasta los encargados de colaborar en la logística. Las múltiples denuncias sobre falta de equipo de protección y especialmente el incierto número de casos provenientes de este sector con sospecha de haber contraído el virus y enviados a cuarentena evidencian que, a pesar de que el país tomó con anticipación algunas medidas para evitar la propagación del virus, en este campo no se ha hecho lo necesario.
    El 3 de marzo de este año, la Organización Mundial de la Salud (OMS) fue tajante en esta materia: “No podemos detener la COVID-19 sin proteger primero a los trabajadores sanitarios”. En el mismo comunicado se constata que “la escasez de suministro (faltan guantes, mascarillas médicas, respiradores, gafas de seguridad, pantallas faciales, batas y delantales) hace que profesionales médicos, de enfermería y otros trabajadores de primera línea estén peligrosamente mal equipados para atender a los pacientes”. Este principio tan elemental no parece estar garantizado en el país.
    Por otra parte, el Ministerio de Salud acaba de enviar a los establecimientos del ramo los “Lineamientos técnicos para el uso de mascarillas y trajes de protección personal por la emergencia por COVID-19”. En esos lineamientos se indica que “serán asignadas siete mascarillas para ser utilizadas en el trabajo por persona”, para que se use una cada día de la semana, y que las mismas serán reutilizadas, por lo que deben guardarlas después de su uso. Por el contrario, la OMS estipula que “las mascarillas deben cambiarse al dejar las áreas de aislamiento o cuando estén mojadas o visiblemente sucias [...] Otro personal fundamental sin responsabilidades de cuidado directo de un paciente puede usar mascarillas o máscaras filtradoras de partículas, si hay suficientes provisiones. Estas deben cambiarse cada 4 horas o cuando estén mojadas o visiblemente sucias”.
    En los citados lineamientos del Ministerio se dice algo similar a lo de las mascarillas sobre los trajes de protección personal. Estas orientaciones han aumentado todavía más las preocupaciones en el personal de salud, pues consideran que pueden exponerlos con mayor facilidad al contagio. Por eso, esos lineamientos deben explicar, al menos, qué tipo de mascarillas y trajes de protección se les brinda.
    La segunda estrategia de Sun Tzu que puede tener aplicación en la emergencia se refiere a los resguardos necesarios en la batalla. “Hay algunos caminos que no deben transitarse; algunos ejércitos que no deben atacarse, algunas ciudades que no deben asaltarse; y algunos terrenos que no deben reclamarse”. En este sentido, gran preocupación ha causado el anuncio de que hospitales como el Médico Quirúrgico del Instituto Salvadoreño del Seguro Social serán utilizados como nosocomios de segunda línea para personas con covid-19. Todo el personal de salud en este y otros hospitales ha demostrado con creces su disposición a cumplir el juramento hipocrático; por tanto, la preocupación no es sobre su disposición, sino por el papel estratégico que juegan estos establecimientos.
    En el Médico Quirúrgico se atiende a personas que padecen enfermedades que las hacen más vulnerables a complicaciones en caso de contagiarse con covid-19. Pacientes con enfermedades crónicas renales, cardíacas, pulmonares u oncológicas están ingresados en ese hospital o llegan a recibir tratamientos ambulatorios. Si se decide que este y otros hospitales de tercer nivel reciban pacientes de la actual epidemia, el Ministerio debe garantizar espacios seguros para áreas de donantes y para pruebas inmuno-hematológicas y de tamizaje. También deberían suspenderse los tratamientos de quimioterapia, tanto intensiva como ambulatoria, y la consulta externa.
    En fin, retomar uno de estos hospitales para atender la pandemia significaría una pérdida importante en la atención nacional de las patologías que estos centros de salud cubren. El Gobierno y el Ministerio deben analizar bien sus movimientos, no vaya a resultar, como dice el adagio popular, que por vestir un santo se desvista otro, lo que en este contexto sería gravísimo.
    Además, hay otras dos luces que pueden iluminar en este contexto.
    Dice Sun que la razón por la que se obtienen victorias es por el conocimiento previo, que “no puede obtenerse a partir de los espíritus, ni de dioses, ni por analogía con hechos pasados, ni por cálculos. Debe obtenerse de hombres que conocen la situación del enemigo”. ¿Quiénes ayudarían más en este caso de emergencia sanitaria? ¿Están ellos al frente de la estrategia? Y para terminar, esta otra pincelada que Sun dejó para la posteridad y que puede arrojar mucha luz en estos tiempos oscuros: “Un líder lidera con el ejemplo, no por la fuerza”.
    * Omar Serrano, vicerrector de Proyección Social.
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  • OPINION 21-04.
    Se ama o se odia, pero nunca ambas cosas: esta parece ser la gran síntesis del presidente Bukele en cada lugar donde se menciona su nombre. No hay medias tintas o análisis con atenuantes. Enaltecemos su liderazgo, originalidad o temeridad por atreverse a navegar donde otros líderes no han navegado, o lo condenamos sin vacilación o remordimiento por su arrogancia, imprudencia o desfachatez. En este sentido, el presidente no es muy distinto a otros fenómenos mediáticos o de la farándula a los que estamos acostumbrados, a quienes amamos y justificamos sin importar la falla cometida, o detestamos y execramos ante la más pequeña mácula.
    En gran parte, el responsable de este amor y odio es el mismo Bukele, quien vive, respira y proyecta toda su existencia política sobre la base maniquea de la pasión y la repulsión. Se debe amar lo que el presidente hace, aunque lo hicieron otros en el pasado, con la misma intensidad que debemos odiar "a los mismos de siempre", aunque hicieron cosas buenas, como también las hace el presidente. Peor aún, en la curiosa lógica del aparato comunicativo gubernamental, Bukele encarna al pueblo, lo bueno, lo decente y lo deseable, mientas que el miserable resto es un campo plagado por políticos corruptos, criticones ególatras y pusilánimes, periodistas que buscan "el pelo en la sopa", e incluso, organizaciones de derechos humanos que se "ponen del lado de un virus" antes que del ser humano. Cualquier acusación es válida, cualquiera que no permita reconocer al otro en mi persona, o mi persona en el otro.
    En dicho sentido, la retórica presidencial (y por tanto gubernamental) es absoluta y absolutista, inflamatoria, incendiaria y divisoria, diseñada para denigrar lo impropio, con la misma voluntad y fiereza que halaga lo propio. Esta parece ser, en verdad, el principal estandarte ideológico de las nuevas ideas; la maniquea y tristemente retorcida noción que seis millones de salvadoreños pueden dividirse en dos grandes e irreconciliables bandos: los renacidos y los de siempre, los enemigos, los otros. Con esto llegamos al meollo del problema. Nuestro país no necesita más narrativas de pasión/repulsión. De esas hemos tenido suficientemente, en las dictaduras, en la guerra civil y por treinta años con el binomio FMLN/Arena. No necesitamos estrellas pop o de cine hollywoodense, necesitamos estadistas, y un estadista es, por definición, aquel que nos mueve a todos, aunque sea en una pequeña parte de nosotros, aquel que nos une antes de dividir o separar, aquel que saca lo mejor de nosotros, de todos, cediendo y reconociendo antes que humillando o desconociendo.
    No todos los que critican al presidente tienen razón, ni todos los que lo defienden se equivocan. Algo de positivo tienen todos los sectores, algo de rescatable poseen todos los discursos. El estadista se esfuerza en encontrar estos pequeños resquicios o ladrillos de razón, y desde ahí construir grandes puentes de entendimiento en favor de una narrativa común, provechosa y diferente. Muchos dirán que esperar un estadista es tan iluso como irrealizable, al menos en nuestro país, y quizás tengan razón. Nadie puede negar que construir hermanando a los opuestos no ha sido el modus operandi histórico del gobernante salvadoreño, desde siempre. Ahora bien, la perspectiva contraria tampoco parece provechosa a mediano o largo plazo.
    ¿Por cuánto tiempo podrá un país mantenerse amando u odiando a una misma persona, en lugar de un proyecto construido por todos? ¿Cuánto tiempo más podrán convencer a millones de personas que toda la culpa es, fue, y será de los otros? ¿Es este un plan sostenible en el tiempo? ¿Por cuánto tiempo? Más importante que todo lo anterior es la siguiente pregunta: ¿qué país encontraremos luego de cinco, diez o más años con esta fratricida retórica?
    *Oswaldo Feusier, docente del Departamento de Ciencias Jurídicas.
    6 min
  • PRONUNCIAMIENTO UCA 20-04
    En estos momentos cruciales que vive el país, la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), cumpliendo con su deber de iluminar la realidad y promover formas de comportamiento y de convivencia social fundamentadas en el pleno goce de los derechos humanos, la solidaridad y la justicia social, presenta a la opinión pública la siguiente reflexión.
    La pandemia del covid-19 pone en riesgo la vida humana por ser una enfermedad con un alto nivel de contagio y que aún es desconocida en muchos aspectos, especialmente en lo relativo a su tratamiento. Ello ha llevado a los Gobiernos alrededor del planeta a tomar medidas, en la mayoría de los casos siguiendo las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, las cuales buscan disminuir al máximo la transmisión de la enfermedad y tratar a los enfermos con las limitadas condiciones sanitarias que se tienen, disminuyendo así el número de fallecidos.
    En ese marco, El Salvador ha tomado medidas que han sido oportunas y eficaces para contener la enfermedad: cierre de fronteras, implementación de centros de cuarentena, distanciamiento social, cese de las actividades económicas no esenciales y adopción de hábitos personales para la prevención. Medidas que exigen el compromiso de todos los ciudadanos y sectores sociales, acatando su cumplimiento, a fin de reducir los contagios y la pérdida de vidas humanas.
    Decisiones contraproducentes y negativa al diálogo
    Al Gobierno de la República le corresponde la delicada tarea de liderar la lucha contra la pandemia. Para ello se requiere conformar un equipo capaz, con un alto nivel de organización, conocimiento y experiencia en este tipo de eventos; buscar a los mejores asesores en las áreas de salud pública y epidemiología; tomar en cuenta todos los aspectos de la crisis, tanto sanitarios como económicos. Asimismo, debe tener en cuenta la realidad del país; en particular, la realidad de los hogares de la mayoría de salvadoreños, los cuales no siempre tienen las condiciones necesarias para cumplir con las medidas de distanciamiento social ni acatar el cese de la actividad económica que les garantiza su sobrevivencia.
    La situación que vivimos exige madurez política y sabiduría para encontrar un sano equilibrio entre el cumplimiento de las medidas definidas y el respeto a la dignidad de las personas. Toda decisión de las autoridades, ya sea la Asamblea Legislativa, las municipalidades, el poder judicial o el Ejecutivo, debe respetar los derechos contemplados en la Constitución. El Gobierno debe actuar con celeridad, pero también con la lucidez y la sensatez que exigen los tiempos de emergencia, sin caer en la tentación de actuar al margen del Estado de derecho.
    Sin embargo, a medida que han ido pasando los días, hemos observado que el Gobierno de Nayib Bukele, en nombre de defender la salud y la vida de la población, ha tomado decisiones contraproducentes o lesivas de los derechos humanos. Por ejemplo, la ayuda económica, buena en sí misma, se entregó de manera inapropiada, poniendo en peligro la vida de personas al favorecer el contagio. En algunos centros de contención se ha retenido a las personas más allá del tiempo establecido para la cuarentena y no se entregan los resultados de las pruebas. Se ha privado de libertad a más de dos mil personas acusadas de no respetar la cuarentena, sin darles opción de defensa alguna. Se ha abusado de la autoridad al confinar a una ciudad entera, el puerto de La Libertad.
    Se ha desprotegido a los trabajadores de la salud al no entregarles los implementos de protección necesarios y al organizar deficientemente la atención a los sospechosos de haber contraído el virus. Se ignoran las resoluciones de la Sala de lo Constitucional y se irrespeta la autoridad del fiscal general y del procurador de derechos humanos. Además, se ha promovido un discurso apocalíptico que genera pánico entre la población, en lugar de orientar y educar a la ciudadanía para que adopte las mejores prácticas para prevenir la transmisión del covid-19.
    Como demuestra la historia, las crisis pueden ser utilizadas para socavar la democracia. Las emergencias les hacen por lo menos tres favores a los líderes con tentación autoritaria. Primero, les generan el apoyo de la población, sobre todo cuando se infunde pánico; segundo, silencian la oposición, pues la crítica puede ser condenada con facilidad y considerarse hasta antipatriótica; y tercero, flexibilizan los límites constitucionales normales. Por ello, las emergencias pueden brindar una justificación que parece legítima —y a veces popular— para concentrar el poder y suprimir derechos.
    Acusar de estar en contra de la vida y querer la muerte de nuestros compatriotas a todos los que consideran que la crisis sanitaria debe enfrentarse respetando los derechos fundamentales establecidos en la Constitución es una forma populista y autoritaria de desacreditar al que piensa distinto y querer imponer el pensamiento único. En este contexto, se requiere lo contrario: apertura al diálogo científico, social y político para buscar las soluciones más adecuadas a la pandemia. Lamentablemente, no se ve en el Gobierno ningún interés en propiciar algún tipo de diálogo; su voluntad está puesta en imponer una única visión del problema y de su solución.
    Deberes institucionales
    Ante las actuaciones que socavan los principios democráticos y el Estado de derecho, es fundamental recordar que las resoluciones de la Sala de lo Constitucional son de obligatorio cumplimiento; no acatarlas es violentar la legalidad vigente. Un gobernante que decide no acatar las resoluciones emanadas del poder judicial o irrespetar la Constitución se queda sin autoridad moral para exigirles a los ciudadanos el cumplimiento de leyes y decretos.
    Por su lago, la Fiscalía General de la República tiene la misión de velar por el cumplimiento de la ley y actuar de oficio ante aquellos que la violenten, actuando en todo momento en defensa de los legítimos derechos de los ciudadanos, sin importar quién sea el que incumple la ley. En esta coyuntura, el fiscal general debe hacer valer su autoridad y cumplir con su misión.
    Es claro que el decreto 19 del ramo de salud le otorga al Gobierno atribuciones que no le corresponden. Se puede sancionar a los que incumplen la cuarentena domiciliar, pero ello debe hacerse de acuerdo a la ley, manteniendo un equilibrio entre el derecho a la libertad y el derecho a la salud, y siguiendo el debido proceso. Así como la preservación de la salud es prioritaria, también el respeto a los derechos humanos. Ello en ningún momento es contradictorio o excluyente.
    Las libertades de prensa, expresión y opinión son fundamentales para una vida en democracia y para la convivencia armónica de una sociedad. Conseguir el respeto a estos derechos costó la vida de muchos salvadoreños. Sin embargo, el Gobierno excluye y desprestigia al que piensa distinto y en Internet las redes de troles afines al discurso oficial insultan sistemáticamente a los ciudadanos (especialmente si son mujeres) y sectores críticos. Esto es intolerable y debe ser denunciado. En la misma línea, es inaceptable la política de descalificar a los medios de comunicación que no se casan con la narrativa gubernamental.
    El Gobierno tiene el deber de garantizar estas libertades. No puede seguir ocupando el aparato estatal de inteligencia para perseguir a los que difieren de sus políticas y puntos de vista. Más bien su obligación es controlar a aquellos que atentan contra estos derechos denigrando, insultando, incitando a la violencia, incluso amenazando de muerte. Las advertencias y aprehensiones hacia aquellos que manifiestan ideas contrarias al discurso oficial se han convertido en una de las denuncias más frecuentes por parte de las organizaciones defensoras de los derechos humanos.
    En este crítico momento, es amoral aprovechar la emergencia para generar mayor división social y obtener beneficios partidarios. La complejidad de la crisis sanitaria, y de la crisis económica que va unida a ella, debería hacer caer en la cuenta al presidente que este es el momento oportuno para sumar esfuerzos con todos los poderes y sectores de la sociedad. La actitud confrontativa del mandatario, su agresividad contra todo grupo u organización que cuestiona sus opiniones y decisiones, contradice su discurso de ser un gobernante que se preocupa por sacar al país adelante.
    Tarea de todos
    Para que no se sigan cometiendo actos indebidos y proteger a fondo la vida, salud y derechos fundamentales de los salvadoreños, debe sancionarse la Ley Especial para Proteger los Derechos de las Personas durante el Estado de Emergencia Decretado por la Pandemia Covid-19, aprobada por la Asamblea Legislativa. En términos generales, dicha ley responde a lo exigido por la Sala de lo Constitucional en sus últimas resoluciones.
    El Gobierno ha dicho que esta normativa busca limitar su margen de actuación y no le permitirá tomar las medidas necesarias para combatir la pandemia. Sin embargo, lo que la ley pretende es dotar de seguridad jurídica a la sociedad salvadoreña, impidiendo que se abuse de la autoridad y vulneren los derechos humanos. Además, establece la obligatoriedad de que las decisiones y acciones gubernamentales tengan una base médico-científica comprobable. Los pesos y contrapesos inherentes a la democracia no son una camisa de fuerza ni deben ser vistos como un estorbo a la voluntad del gobernante, sino como el camino para encontrar soluciones con mayor probabilidad de éxito.
    Por otra parte, insistir en un horizonte apocalíptico no resolverá la crisis. Lo adecuado es proporcionar información y educación sanitaria siguiendo lo aconsejado por los organismos internacionales. Y para ello hay que apoyarse en los medios de comunicación, desarrollando una campaña educativa inteligente que fomente la colaboración responsable de la ciudadanía y anime a mantener la esperanza y la unidad en la lucha contra la pandemia.
    Tampoco se puede dejar a un lado la situación económica de miles de familias salvadoreñas que comen de lo que ganan al día, han perdido su empleo y que ya están pasando hambre y grandes necesidades. Ellas deben ser el centro de la política pública, a fin de que puedan garantizar su sustento y cumplir con rigurosidad las medidas sanitarias necesarias para preservar la vida. Se debe ayudar a quien lo necesite, sin distingo de colores partidarios ni de ninguna otra clase.
    En estas circunstancias, todas las salvadoreñas y salvadoreños deben también actuar con responsabilidad y sabiduría, velando por la salud propia y ajena, buscando en todo momento el bien común, y de ser necesario sacrificando el propio bienestar en beneficio de los demás. Todo adulto tiene el deber de informarse sobre la magnitud de la crisis y el peligro real de esta enfermedad, sin caer en la desesperanza ni en el alarmismo. Y todos debemos estar alertas para que la crisis no se aproveche para conculcar derechos fundamentales y desconocer la institucionalidad política nacional. Solo juntos, actuando responsable y solidariamente, y respetando la ley, podremos salir adelante.
    16 min
  • OPINION 20-04-20 RASGOS MILITAROIDES
    A los militares los educan para obedecer; no se les enseña a discernir y evaluar problemáticas humanas. Por supuesto, algunos son capaces de hacer buenas evaluaciones tanto de los derechos de las personas como de las situaciones en las que hay que saber flexibilizar las órdenes o interpretarlas adecuadamente. Pero, en general, no son educados para la epiqueya. Probablemente ni siquiera saben qué es la epiqueya. Y por eso, y por si acaso, transcribo lo que dice de ella la Real Academia de la Lengua: “Interpretación moderada y prudente de la ley, según las circunstancias de tiempo, lugar y persona”. La tendencia militar a obedecer ciegamente y la falta de capacidad de interpretar la norma con moderación y prudencia han conducido en la historia, tanto a nuestro país como a muchos otros, a cometer verdaderas barbaridades, como las terribles masacres que sufrimos en la guerra civil. A muchos en El Salvador les gusta aquello de “la ley es dura pero es la ley”, y aplicarla con la mayor brutalidad posible, especialmente a los que no son amigos o no pertenecen al mismo grupo o clan.
    En este tiempo de coronavirus, la tradición militarista se impone en el lenguaje oficial. Y no solamente eso, sino que se le otorga al Ejército un peso y una responsabilidad que no debía tener. La misma PNC, al menos en sus mandos superiores, tiene la tendencia o el riesgo de militarizarse, como prueban algunas de sus acciones en el pasado reciente. Esto no es bueno para la salud. Si de hecho no es bueno que un médico sea autoritario, que les grite a sus pacientes, o que no escuche a los enfermos, peor se pone la cosa cuando los militares tienen un papel importante en el cuidado de la salud popular y tratan autoritariamente a la gente. Las quejas en los barrios populares han sido más frecuentes de lo normal. Amenazas, golpes (especialmente a jóvenes) y toma de decisiones arbitrarias son algunas de ellas. Cuando esta forma de actuar se traslada además al lenguaje de funcionarios o al parloteo político, las cosas se vuelven más complejas. Porque si el liderazgo civil opta por un lenguaje autoritario, con rasgos militaroides (“Aquí mando yo”), no es difícil entender que el maltrato lo ejecuten de un modo más hiriente quienes tienen que aplicar la ley en la calle.
    Es difícil decir ahora cuál será el desenlace o solución de esta crisis de salud. Cuando esta pase, será importante evaluar todo el proceso vivido con equilibrio y moderación, viendo lo positivo y lo negativo. Pero lo cierto es que si mejora el trato, si disminuyen los abusos de autoridad, si se trata mejor al enfermo o al que está en cuarentena, si se favorecen formas de colaboración (más allá de la de quedarse en casa) que nos hagan sentirnos útiles a todos en la resolución de la crisis, El Salvador adquiriría una dimensión modélica. Hasta ahora hemos tenido un éxito importante en impedir un contagio salvaje y rápido de la enfermedad. La entrega de los 300 dólares ha significado un alivio importante para muchas personas de bajos ingresos. Si logramos mejorar el trato, dar mayor participación a especialistas en medicina en el proceso de información y toma de medidas, y establecer un clima de cooperación y apoyo entre la ciudadanía, no hay duda de que la evaluación final sería positiva.
    El autoritarismo y el apoyo militarista al mismo pervierten un proceso que debería apoyarse sobre todo en el conocimiento de buenos médicos y especialistas de El Salvador y en las capacidades organizativas de los salvadoreños. Desde el autoritarismo se pueden tener algunos triunfos políticos, pero el poder de pocos tiene siempre los pies de barro. Desde una participación amplia y dialogada se obtienen siempre los frutos más duraderos.
    6 min
  • OPINION 17-04-20 POR QUE TE LAMENTAS
    ¿Por qué te lamentas?
    Frei Betto*
    ¿Por qué lamentas estar aislado dentro de tu casa? ¿Ya te pusiste a pensar en aquellos que ni casa tienen y están obligados a vivir constantemente con el riesgo de infectarse? ¿O será que tu corazón es un cuarto abarrotado de ego, sin lugar para nadie más?
    ¿Por qué te lamentas, si ahora vives en una prisión de lujo, con libertad para poner tus horarios y elegir la comida que te agrada? Piensa en aquellos que están sufriendo larguísimas colas para recibir un plato de comida caliente de la caridad ajena.
    ¿Por qué te lamentas al verte obligado a cancelar la fiesta de cumpleaños o de casamiento, y tener que hacerte cargo de la pérdida de gastos que no se te devolverán? ¿Qué es lo preferirías, una fiesta con el coronavirus circulando entre tus invitados o resguardar tu vida y la de los otros para otras fiestas venideras?
    ¿Por qué te lamentas al no poder realizar, ahora, aquél viaje tan soñado y hace tiempo programado, y tener que verte forzado a quedarte recogido en tu propio espacio doméstico? ¿Acaso sería mejor un boleto solo de ida hacia la muerte?
    ¿Por qué te lamentas por no poder salir a la calle, a encontrarte con amigos y regresar a tu rutina de trabajo y ocio? Todavía puedes llamar por teléfono, o tal vez trabajar desde casa con teletrabajo e improvisar tus propios métodos de gimnasia.
    ¿Por qué te lamentas ser una persona mayor y figurar entre los más vulnerables? ¿Alguna vez se te pasó por la cabeza pensar que lo mejor de la vejez es no haber muerto joven? Ya llegaste a esta edad, por lo tanto, cuida de resguardar tu vida por algunos años más, o quién sabe, décadas.
    ¿Por qué te lamentas el ser obligado a cerrar tu negocio o tu oficina, sabiendo que vas a tener mermas en tus ganancias? ¿Ya imaginaste si no fueran tomadas estas medidas restrictivas y la pandemia se multiplicase al punto de alcanzar a ti y a tus seres queridos?
    ¿Por qué lamentas lo que te suena como perdida o privación? ¿Nunca pensaste en las personas en situación de guerra, en los refugiados, en los que no tienen acceso a ningún tipo de sistema de salud? No calcules tus pérdidas, contabiliza mejor tus ganancias, como ser el estar vivo, gozar de buena salud y disfrutar del calor de la familia.
    ¿Por qué lamentas no soportar la soledad que te obliga a un encuentro más íntimo contigo mismo? ¿No es más bien la hora de hacer un balance de la propia vida, revisar los valores abrazados y reconsiderar las convicciones arraigadas? ¿No es el momento de reinventarte?
    ¡No te lamentes! Tienes un techo, garantizado la comida y buena salud. Eres un privilegiado. Laméntate, sí, por aquellos y aquellas que nada de esto tienen. No porque lo hayan elegido, sino por ser víctimas de un sistema económico selectivo e excluyente, en el cual los intereses del capital privado están por encima de los derechos colectivos.
    No te ahogues en tu lamento. Extrae de él fuerzas para cambiar lo que consideras injusto ¡Y cuídate! No te creas inmortal. Tu día y el mío llegarán. Tampoco pretendamos adelantar los designios de Dios. En la vida nada tiene más valor que la propia vida.
    Guarda tu pesimismo para días mejores. Y repite la “plegaria” de Fernando Pessoa: “Señor, protégeme y ampárame. Dame el que yo me sienta tuyo. Señor, líbrame de mí”. (Traducción de Néstor Raúl Juárez)
    * Frei Betto es fraile dominico, autor de 60 libros de diversos géneros literarios -novela, ensayo, policíaco, memorias, infantiles y juveniles, y de tema religioso en dos acasiones- en 1985 y en el 2005 fue premiado con el Jabuti, el premio literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores.
    Asesor de movimientos sociales, de las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, participa activamente en la vida política del Brasil en los últimos 50 años.
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  • EDITORIAL 16-04-20 SOLIDARIDAD Y RESPETO
    La sociedad salvadoreña se caracteriza por su amabilidad, por ser acogedora y hospitalaria con los extranjeros, pero también por marginar y excluir con facilidad a los nacionales. Nuestra sociedad tiende a estigmatizar a las personas por su color de piel, trabajo que se desempeña, orientación sexual, situación socioeconómica. Así, hemos dividido al país en distintas clases y grupos, excluidos unos de otros. Este mal es totalmente contrario a los principios cristianos, que nos dicen que todos somos hermanas y hermanos, iguales ante Dios y los hombres. Esta estigmatización justifica una inequidad que elimina de raíz la igualdad de oportunidades e impide que nos sintamos orgullosos de ser salvadoreños, ya que unos, los que responden al deber ser, los privilegiados, se avergüenzan del resto que no es como ellos.
    Las reacciones de algunas personas y comunidades ante la pandemia causada por el covid-19 son una muestra más de esta facilidad para marginar y excluir. De hecho, la palabra “contagiado” se utiliza ya de manera peyorativa para referirse a una persona que ha adquirido la enfermedad. Peor aún es que un grupo de enfermeros sean obligados por sus vecinos a abandonar su domicilio. No pocas personas que han estado recluidas en un centro de cuarentena piden que se les entregue por escrito el resultado negativo a la prueba del covid-19 por miedo a sus vecinos, por temor al rechazo, para no ser estigmatizados como “contagiados”, con todo lo que de marginación y exclusión ello conlleva. Igualmente triste es que se acuse de querer contagiar deliberadamente a otros a las personas que no cumplen con la cuarentena domiciliar o que quieren regresar a su propio país luego de quedar atrapados en otro lugar del mundo por las medidas preventivas contra la pandemia.
    Ante la pandemia, desde la perspectiva humana, y mucho más desde la cristiana, la actitud debe ser muy distinta. En primer lugar, estamos llamados a la solidaridad con los enfermos y con sus familias, sintiendo como propio su sufrimiento. En lugar de apartarnos o marginarlos, debemos ayudarlos en estos momentos difíciles por los que están pasando. Sin necesidad de evadir las medidas de distanciamiento social, podemos apoyar a las personas afectadas por la epidemia, darles ánimo, consuelo, transmitirles confianza y esperanza. En España, un enfermo de covid-19 ya curado cuenta su experiencia en estos términos: “Lo que la vida me pide en esta y en cualquier otra circunstancia es que haga ‘como mejor pueda’. Y me ha sido y es tan hermoso verlo en los cuidados de la gente de la comunidad en la que vivo y que tan cariñosamente me atienden en el aislamiento, como Raúl, el médico que durante esos cinco días que estuve en casa me llamaba por la mañana, por la tarde y por la noche; como todo el equipo del hospital […] donde estuve ingresado cinco días; como toda esa corriente de mensajes de ánimo y oración que he recibido y recibo por el teléfono”.
    Esta es la actitud que debemos tener ante los enfermos y, en especial, ante los profesionales de la salud, que se juegan a diario la vida por atender a otros: solidaridad y respeto, pues se lo merecen con creces.
    5 min
  • OPINION 14-04-20 algunos puntos espirituales para la cuarentena
    Algunos puntos espirituales para la cuarentena. Leonardo Boff
    Dado que la cuarentena es un retiro forzado, haz como los religiosos y religiosas que deben hacer un retiro todos los años.
    Algunas sugerencias para la dimensión espiritual de la vida:
    1. Toma tiempo para ti y haz revisión de tu vida.
    2. ¿Cómo ha sido mi vida hasta ahora?
    3. ¿De qué lado estoy? ¿Del de aquellos que están bien en la vida, o del lado de los que tienen alguna necesidad, de los que necesitan una palabra de consuelo, de quien es pobre y sufre?
    4. ¿Cuál es mi opción fundamental? ¿Ser feliz por todos los medios? ¿Acumular bienes materiales? ¿Conseguir estatus social? ¿O ser bueno, comprensivo, dispuesto a ayudar y apoyar a quienes están en peor situación?
    5. ¿Puedo tolerar los límites de los demás, a los aburridos, controlarme para no responder a las tonterías que escucho? ¿Puedo dejarlo pasar?
    6. ¿Puedo perdonar de verdad, pasar página, y no ser rehén de resentimientos y malos juicios?
    7. ¿Puedo encontrar las palabras correctas cuando tengo que decir algunas verdades y llamar la atención sobre los errores o equivocaciones de otros que están relacionados conmigo? ¿O van directamente, agresivamente, humillando a la persona?
    8. ¿Cuando me levanto por la mañana, digo una oración con el pensamiento, no necesita ser con palabras, pidiéndole a Dios que me proteja a mí, a mi familia y a aquellos con quienes vivo y trabajo? ¿Y por la noche, antes de ir a dormir, elevo mi mente a Dios, incluso sin palabras, para agradecer el día, por todo lo que ha sucedido, y por estar vivo?
    9. ¿Qué lugar ocupa Dios en tu vida? ¿Quieres intentar unos minutos de meditación pura, donde sólo Dios y tú estéis presentes, olvidando un poco el mundo? Simplemente levanta la mente y ponte en silencio ante Él. He escrito un pequeño libro: Meditación de la luz: el camino de la simplicidad, un método que une Oriente y Occidente, dejando que un rayo de luz de lo Alto penetre en todo tu cuerpo y en tus puntos de energía (chakras) y transfigure tu vida. Son suficientes unos minutos.
    10. ¿Tienes el coraje de fomentar una actitud de entrega total a Dios, sabiendo que siempre estás en la palma de su mano? Todo lo que sucede proviene de su amor. La muerte es como un nacimiento y nadie ha visto su propio nacimiento. En la muerte, sin darnos cuenta, caeremos en los brazos de Dios Padre y Madre de infinita bondad y misericordia. No olvides nunca las palabras reconfortantes de la Primera Epístola de San Juan (3,20): “Si tu corazón te acusa, debes saber que Dios es más grande que tu corazón”. Entonces, parte en paz bajo el manto de la infinita misericordia divina.
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