El Mapa Secreto

El Mapa Secreto

By Radio Gladys PalmeraMusic
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El Mapa Secreto episodes

  • Viva Las Vegas
    Este
    programa tiene trampa (como todo lo referente a Las Vegas). Este programa está
    enmarcado por dos piezas de rock & roll pero se centra en la música que
    mejor identifica la era más salvaje de la ciudad: el swing de los años
    cincuenta, primeros sesenta.
    Es
    decir, la época en que se sentía la presencia mafiosa, tanto en la financiación
    como en la gestión de aquel espejismo en el desierto.

    Con los gángsters ocurre algo que no se puede decir
    muy alto, por el temor a que sea malinterpretado. Me refiero a que les gustaba
    el jazz y, en general, toda la música popular negra. Imagino que pudo ser
    producto de la convivencia en la zona baja de la pirámide, cuando los
    italianos eran los últimos inmigrantes
    en llegar a Estados Unidos y compartían los peores barrios con los
    afroamericanos.
    Los
    mafiosos italoamericanos (y sus asociados judíos) también manifestaban una
    clara debilidad por la música latina.

    Vaya usted a saber los motivos: tal vez,
    nostalgia de los placeres de Cuba, de dónde fueron expulsados en 1959.
    Al
    encabezar un negocio que no dependía de la taquilla, que no se basaba en cobrar
    entradas, los responsables de los casinos de Las Vegas podían permitirse pagar
    generosamente a las mejores orquestas y los vocalistas más profesionales del
    momento.

    Tenían que programar dos tipos
    de escenarios: los showrooms,
    espacios para grandes espectáculos, donde actuaba el Rat Pack (y, más adelante,
    Elvis Presley), y los lounges,
    amplios bares con entretenimiento.
    Los
    lounges, con su público alborotador y
    su humo y su alcohol circulando, requerían un tipo de artista enérgico y
    comunicativo. El prototipo de animador fue Louis Prima, un gamberro de Nueva
    Orleans cuyo éxito fue tan enorme que incluso puso en órbita a su saxofonista
    (Sam Butera) y a su esposa (Keely Smith).
     


    Los
    tres aparecen en este MAPA SECRETO, junta a una docena de gigantes que derraman
    picardía, sensualidad, humor, arte jazzístico, elegancia nocturna, complicidad
    adulta.  Disfruten de la música clásica
    de Las Vegas en su más alta expresión.
    56 min
  • Gatas sueltas
    Han pasado 30 años de la publicación de Sign o’ the times, el deslumbrante álbum doble de Prince. Este programa pretendía celebrar esa onomástica pero, ah, por medio se cruzó la gata. Es decir, Cat, la bailarina Cat Glover. La única persona que en aquellos tiempos le quitaba plano a Prince en los directos, con su energía Duracell y su fresca sensualidad. Vean los vídeos de la época: caramelos para los ojos.


    Así que el programa evolucionó hacia las gatas musicales. Las cantantes gatunas de todas las épocas. Voces felinas que podían sonar seductoras, frustradas, insolentes, hasta amenazantes. En realidad, lo hemos tomado como una excusa para recuperar rarezas: Cassandra  Wilson escenificando una canción de cama ¡de Bob Dylan! o reinonas del show business, como Eartha Kitt o Lena Horne, enfrentándose al repertorio de Donovan o Paul McCartney.


    Gatas de altos vuelos: Aretha Franklin antes del cambio de sonido en Atlantic Records; la francesa Clémentine poniendo letra al Naima de John Coltrane; la carnal Peggy Lee. Gatas sueltas, que esconden sus garras hasta el momento oportuno.


    Los antiguos egipcios lo hubieran entendido: algunos de sus dioses tenían rasgos gatunos. Ese punto pagano les crearía una mala reputación entre las religiones monoteístas.  Por no hablar de los cristianos medievales, seres supersticiosos  que creían ver al diablo en las gatas revoltosas. Pero aquí amamos a los gatos, por su independencia y su orgulloso carácter de animales que conviven con los humanos sin estar plenamente domesticados. 


    56 min
  • Libera tu mente
    Venía
    a decir George Clinton: “libera tu mente y el cuerpo se liberará”. Seguramente,
    fueron Clinton y sus proyectos –Parliament, Funkadelic- los que más disfrutaron
    de la emancipación creativa que trajeron Jimi Hendrix, Miles Davis, Sly &
    the Family Stone...

    Y
    sí, infinidad de grupos y solistas negros se liberaron. Lo llamaron psychedelic soul. Prescindieron de los
    uniformes, facturaron temas largos, incluyeron solos de guitarra o teclado,
    invitaron a la revolución sexual y/o política. Internalizaron las mismas
    libertades que se habían ganado los grupos blancos a partir de 1967. Así fue
    como los Chamber Brothers, músicos folk de Mississippi que actuaban en el
    Festival de Newport, se reinventaron como banda de acid rock con el muy inquietante “Time has come today”, once
    minutos de viaje alucinógeno.

    Hasta
    un currito de estudio de Motown, el guitarrista (blanco) Dennis Coffey, se
    transformó en funkatero e invocó la retórica radical del agitador John Sinclair
    al bautizar sus acompañantes como la Guitar Army Band. No resulta extraño que,
    encerrado en la Casa Blanca, Richard Nixon se sintiera paranoico, convencido de
    que había una revuelta en preparación.

    También
    los jazzmen se electrificaron y se subieron a la cresta de la ola. Algunos
    hasta se pusieron a cantar o canturrear, caso de Don Cherry, Keith Jarrett…¿qué?...ah
    perdón, hoy no toca Restoration Ruin,
    el disco de Keith Jarrett  en plan
    cantautor. Otro día: los finales de los sesenta, principios de los setenta, son
    tan fértiles en formidable música negra rupturista que se merecen otros
    programas. Permanezcan en la sintonía. 
    56 min
  • La Ciudad Desnuda
    En
    su inmortal Pedro Navaja, Rubén Blades cantaba “Ocho
    millones de historias tiene la ciudad de Nueva York”. Buen conocedor de la
    cultura pop, Rubén invocaba así la película The
    naked city (1948). Dirigida por Jules Dassin, aquella cinta ofrecía la
    investigación de un doble asesinato, una búsqueda que se cerraba con una frase
    contundente: “hay ocho millones de historias en la ciudad desnuda; esta ha sido
    una de ellas”.

    Lo de La ciudad
    desnuda cayó en gracia.  Bautizó una
    serie de televisión, se usó en numerosas canciones e incluso dio nombre al
    grupo más popular del saxofonista John Zorn, a comienzos de los años noventa.
    Para entonces, ya había una identificación total entre el sonido de la urbe,
    cualquier urbe, y el jazz que había arropado el cine negro de la época clásica.

    Este
    programa ofrece una selección de sonidos-de-la-ciudad-desnuda. Abunda el jazz,
    de grandes formaciones o pequeña banda, pero también encontrarán  electrónica subterránea y soul amargado, sin
    olvidar dos rodajas de suntuoso latin
    jazz. Visualmente, las referencias abarcan desde las fotos nocturnas de
    Weegee al desolado Nighthawks, cuadro
    de Edward Hopper. Y es que estamos en Nueva York, pero en el Nueva York de
    nuestra imaginación.
    56 min
  • Las mujeres de Leonard Cohen
    En
    la vida real, Leonard Cohen entendía a las mujeres. Y las mujeres, sus mujeres,
    entendían a Leonard, hasta el punto de disculpar sus ausencias, sus
    infidelidades, sus silencios.
     


    En
    el universo musical, las mujeres fueron pioneras en interpretar el cancionero de Cohen y siguieron haciéndolo
    a lo largo de la vida del canadiense. Este programa ha buscado recreaciones
    imaginativas de las canciones de Leonard protagonizadas por voces femeninas; se
    recupera incluso la (poco conocida) musicalización de un pasaje de la novela Beautiful losers hecha por Buffy
    Sainte-Marie.
     

    La selección va desde el susurrante ambiente lounge de Claudine Longet al clima adusto de la noruega Susanna Wallumrød,
    cuya “orquesta mágica” es un órgano de iglesia. Pretendemos recordar lo obvio:
    que en Cohen convivían el santo y el pecador, el hombre de mundo y el buscador
    espiritual.
     

    56 min
  • Los peligros de la radio nocturna
    DE CLINT EASTWOOD A DONALD
    FAGEN: AQUELLOS LOCUTORES QUE TRABAJABAN EN EL TURNO DE NOCHE
     
     


    Este
    programa parte de una imagen impactante: la portada de The nightfly, primer disco de Donald Fagen fuera de Steely Dan.
    Fagen  encarna allí al protagonista de la
    canción principal, el DJ que hace el turno de noche en WJAZ, una modesta
    emisora en Baton Rouge, la capital de Luisiana.
     


    Lester
    The Nightfly, tal es su nombre de antena, ofrece “jazz y conversación”. Tiene
    el corazón roto pero intenta paliar la soledad ajena con paciencia y consejos comerciales. Me
    pregunté: ¿qué música pincharía Lester? El único disco visible es uno de 1959,
    firmado por el colosal saxofonista Sonny Rollins. Así que tiene buen gusto y me
    imagino que pone discos impecables.
     


    La
    hipotética selección incluye grabaciones anteriores a 1960, especialmente de
    los años cincuenta. Una buena época para el jazz, con los estrenos de Nina
    Simone o Roland Kirk. Los músicos ya
    podían alargar sus interpretaciones, gracias al formato LP, pero al mismo
    tiempo facturaban temas concentrados, alrededor de tres minutos, para editar en
    single, con destino primario en las máquinas de discos. Era un jazz carnoso
    que, atención, se podía bailar.
     


    Mientras
    preparaba el programa, he recordado otra ficción protagonizada por un locutor
    que trabaja en horario nocturno. Hablo de Escalofrío
    en la noche (1971), estreno en la dirección de Clint Eastwood. Encarnaba a
    Dave Garver, DJ de la KRML, emisora real
    de Carmel (California). Guapo y seductor, Garver tiene éxito entre las oyentes
    femeninas y atrae a una dama problemática, que le pide regularmente que radie
    esa famosa versión de la balada “Misty” que realizó el pianista Errol Garner
    (de ahí el  título original de la
    película, Play Misty for me).
     

    Y
    sí, ese es el juego: imaginar otros discos que Dave Garver podía pinchar para
    los noctámbulos aficionados al jazz de Carmel, si no tuviera que estar
    esquivando los ardores de la enamorada de “Misty”.
    56 min
  • La Historia de Them
    Una especulación: ¿y si el mejor grupo británico de rhtythm and blues fuera uno que –curiosamente- nació en Belfast, Irlanda del Norte? Hablo de Them, claro. De Them en su época con Van Morrison (luego siguieron con otras voces).

    La confusión respecto a su formación, la duda de si tocaban en sus discos, el caos en sus reediciones…todo ha conspirado contra su reputación. Hasta ahora, que Morrison ha organizado una recopilación esencial, un triple llamado Complete Them (1964-1967), que distribuye Sony.

    En sus extensas notas, Van aclara muchos de los misterios alrededor de Them, como los temas que grabó en solitario en 1966 (pero que terminaron editados bajo el nombre del grupo). También, sus incursiones en el folk-rock, con composiciones de Paul Simon y Bob Dylan. Dependían de productores acelerados, más interesados en colocar sus canciones para cobrar derechos de autor. Sin olvidar el mal trato manifiesto por parte del sello Decca o sus impresentables managers.

    Con todo, allí ocurrieron prodigios: Them y sus músicos de refuerzo facturaron discos incandescentes, cargados de calentura y romanticismo juvenil; hasta recurrieron a la automitificación, con “The story of Them”. Y sí, ya se intuyen rasgos de la música que luego hizo Morrison en solitario. Las sorpresas, los deleites están garantizados para los oyentes atentos.



    56 min
  • 15 canciones embriagadas
    Oigan,
    ningún problema en montar un programa sobre las bebidas alcohólicas: abundan las canciones al respecto. Sobre
    todo, en Estados Unidos. En un arrebato de buenísimo, allí se les ocurrió una
    legislación federal para erradicar su uso. Mediante una reforma constitucional,
    la Prohibición se puso en marcha el 17 de enero de 1920.

    Ya
    saben los resultados: lo han contado películas, series de TV, libros. Un desastre que provocó envenenamientos
    masivos, la expansión del gansterismo, la corrupción de muchas autoridades, el
    hundimiento de la industria del alcohol, la ruptura con la legalidad de
    millones de ciudadanos (incluyendo muchos congresistas y senadores que habían
    votado a favor de la Decimoctava Enmienda). Y la extensión del “vicio” a la mitad
    femenina de la población, hasta entonces alejada de tabernas y saloons, establecimientos
    nítidamente masculinos.

    La
    Ley Seca, como experimento de
    ingeniería social, fracasó de manera tan catastrófica que, trece años después,
    la citada enmienda fue derogada. Con matices:  a nivel local, un Estado, ciudad o condado
    podía vetar la fabricación y venta de bebidas alcohólicas; son las llamadas
    zonas secas. El consumo de alcohol
    volvía a  ser una elección propia, un
    asunto de libertad individual (verán
    que la mayoría  de los temas que hoy
    suenan se expresan en primera persona).

    Toda
    esta situación creó la épica del bootlegger, el fabricante de licor
    clandestino.  Unos brebajes conocidos
    como moonshine, “luz de luna”, debido
    a que se elaboraban de noche y en lugares remotos para evitar ser detectados
    por los agentes federales.

    Aparte
    de alguna pieza country, casi todas las canciones pertenecen al rhythm and blues más exuberante. Con un capricho final, una parodia de
    Ray Davies sobre esas historias moralistas de hombres echados a perder por la
    dipsomanía y las pelanduscas. 
    56 min
  • David Bowie, años soul
    Como
    muchos miembros de su generación, David Bowie creció con la nutritiva música
    negra. Miembro fugaz del movimiento mod, se sumergió en el blues y en el rhythm
    and blues para sus discos con los King Bees o los Manish Boys. Un conocimiento
    que le permitió paladear la asombrosa sofisticación de la black music en los años setenta, cuando se instaló en Estados
    Unidos.

    Con
    una salvedad: David no se conformaba con imitar los modismos de vocalistas negros
    (aunque podía entenderse perfectamente con un Luther Vandross, como muestra el
    documental Five years). Prefirió dar
    una vuelta de tuerca  al soul y al funk,
    integrar su muy británica voz en fondos musicales desarrollados junto a
    instrumentistas, coristas, arregladores negros. Lo hizo en 1974 al viajar a los
    Sigma Sound Studios, donde se elaboró buena parte del triunfal Sonido de
    Filadefia. 

    Allí
    tenía a su lado a un músico puertorriqueño, Carlos Alomar, que incluso había
    sobrevivido a los rigores de girar con James Brown. Durante los años setenta,
    Alomar sería la toma a tierra de Bowie, cuando el inglés necesitaba bases de
    funk o soul. En 1983, otro guitarrista negro, Nile Rodgers, sería el cómplice
    de Bowie para su más decidido asalto a las listas de éxito, con el LP Let’s dance.

    Y
    luego está otro tipo de atracción por la negritud. Una afinidad con nombres
    propios: Ava Cherry, Claudia Lennear, Tina Turner, Iman. Pero ahí, de momento, no vamos
    a entrar.
    56 min
  • Y el Jazz descubrió Brasil
    Podríamos
    invocar la ley de las consecuencias imprevistas. Desde mediados de los 50, el
    Departamento de Estado, en Washington, organizaba giras internacionales de
    jazzmen estadounidenses, para que predicaran el evangelio de la democracia y la
    libertad de expresión. Lo hacían pero, además, en el caso de las visitas a
    Brasil, los músicos volvieron contagiados de un virus local.

    El
    virus resultó benigno: se llamaba bossa nova y suponía una estilización del
    samba afrobrasileño. Sus creadores eran jóvenes de clase media de Río de
    Janeiro, previamente sensibilizados por el cool
    jazz. Los gringos regresaron maravillados, con melodías firmadas por un tal
    Antonio Carlos Jobim y algunas nociones de la “nueva tendencia”.

    Se
    suele atribuir al The girl from Ipanema de 1964 el comienzo del boom
    internacional. En realidad, la bossa nova ya había llegado al nº 1 de Billboard dos años antes, gracias al
    éxito del Desafinado que grabó Stan Getz con otro turista deslumbrado, el
    guitarrista Charlie Byrd. Tal vez había un problema de  nomenclatura: en 1962, lo llamaban jazz samba. Y matices en la
    autenticidad: se trabajaba con percusionistas no brasileños para recrear el
    pulso rítmico carioca.

    Pero
    los jazzmen no son puristas. Tocaban a su modo los aires brasileños; tipos como
    Quincy Jones, con Soul bossa nova,  y
    Nat Adderley, compositor de Jive samba, se subieron al carro. ¿Y quién les
    puede reprochar nada? El simple enunciado de esas palabras traía gratas
    evocaciones de playas blancas, sensualidad ilimitada y lo que entonces parecía
    un país en imparable ascenso, con astros tan fascinantes como Pele y Niemeyer.

    Aquí
    reflejamos algo del monumental impacto de la bossa nova en el  jazz estadounidense. Del que, todo hay que
    decirlo, se beneficiaron muchos artistas brasileños, que se buscaron la vida
    por California, como Sergio Mendes. Con esos intercambios, la bossa nova
    aprendió a falar en jazz, el jazz
    adquirió modales de garota. Y todos felices:
    estos esbeltos discos todavía brillan con luz propia.
    56 min

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