El Mapa Secreto

El Mapa Secreto

By Radio Gladys PalmeraMusic
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El Mapa Secreto episodes

  • Un tiempo elástico
    En
    el territorio de la música pop, el tiempo tiende a ser elástico, gomoso,
    elocuente. Los Monkees, después de 50 años de su mercenaria fundación, sacan un
    álbum con estupendas canciones nuevas. Boris Vian (1920-1959), que consideraba
    los discos casi como un entretenimiento, es redescubierto como cantante por
    cada nueva generación.

    Ni
    la muerte puede parar la fecundidad del artista. Tras ser enterrado, coinciden
    dos lanzamientos de Allen Toussaint: un disco póstumo, con todo el aspecto del
    solemne retrato para la posteridad, y una reedición de sus exuberantes
    grabaciones para Reprise. Las sesiones free
    form de Miles Davis en los años setenta son reconvertidas en canciones por
    admiradores como Bilal, Laura Mvula, Erykah Badu: el sampleo como ejercicio de
    elasticidad.

    Un
    ingeniero australiano depura el sonido de viejas pizarras y, zas, Victoria
    Spivey parece reaparecer de entre las sombras y cantar como si estuviera en tu
    habitación. Los Rolling Stones pueden ganarse la vida como espectáculo de
    variedades pero escuchas atentamente algunas de sus grabaciones en directo y te
    preguntas como es posible que unos millonarios suenen tan feroces.


    Sustos
    y deleites. Descubrimientos y confirmaciones. Superestrellas e ilustres
    olvidados. 1929 y  2016. Esta es la
    esencia del Mapa Secreto.
    56 min
  • Blonde on Blonde 2016
    Se
    cumplen 50 años de la publicación de Blonde
    on blonde. Y su autor se niega a celebrarlo. Nada de ediciones
    conmemorativas, versiones ampliadas o conciertos especiales. No es el estilo de
    la casa  y, además, están vendiendo su
    segunda “colección Sinatra”.

    ¿Y
    hay motivos para festejar el paso del tiempo? Quizás sí: Blonde on blonde representa la apoteosis del Dylan torrencial, una aleación
    de poesía y blues, el feliz choque entre la sensibilidad hip de Nueva York y la ética protestante de los músicos de
    Nashville. Un encuentro que cambiaría el rumbo del rock y del country, aunque
    ambos giros tardarían unos años en hacerse evidente. También, si alguien se
    interesa por esas curiosidades, el primer elepé doble del rock (se adelantó al Freak out! zappiano por cuestión de
    días). 

    Así
    que el homenaje ha quedado a cargo de la revista británica Mojo, con la versión 2016 del disco: Blonde on blonde revisited ofrece la recreación de todas y cada una
    de sus arrebatadas 14 canciones a cargo de solistas y grupos contemporáneos.

    Ya
    saben como resultan esos discos: una suma de aciertos y patinazos. Aquí nos
    quedamos con los momentos felices. Desfilan con una fórmula sencilla: un
    fragmento de la grabación original y la versión correspondiente. Excepto al
    final: no sería justo comparar el embriagador primer “Sad eyed lady of the
    Lowlands” con cualquier adaptación (de hecho, son escasas las versiones hechas
    por otros artistas). Pero cabe reconocer cierta grandeza en el atrevimiento de
    Jim O’Rourke, que grabó el tema en solitario y lo arropó por ruidos de la
    ciudad en la que ahora vive, Tokio. Se aprecia mejor, sospecho, de noche y con
    auriculares. 
    56 min
  • Bailando con Chess Records
    Atención: de forma experimental, este programa se ha hecho exclusivamente
    con VINILOS. Toda la música que suena (incluyendo la sintonía y las
    cortinillas) está extraida de esos discos negros que giran a 45 o 33 rpm. Se
    trata de comprobar si eso cambia algo en la experiencia auditiva (naturalmente,
    el programa se ha digitalizado para su difusión por Internet). Yo tengo mi
    particular teoría pero me gustaría recoger otras opiniones, en la pestaña de
    “Comentarios”.

    Lo importante, desde luego, es la música. Y prácticamente
    toda pertenece a Chess Records y sus sellos menores (Checker, Cadet, Argo). La
    compañía de los hermanos Chess se suele identificar con sus fichajes de los
    años cincuenta: Muddy Waters, Howlin’ Wolf, Little Walter, Chuck Berry, Bo
    Diddley. Es decir, máximo respeto: hablamos de la incubadora del blues urbano y
    el rock and roll negro.


    Pero Chess estuvo muy activa también en la era del soul,
    siguiendo en general la línea del soul de Chicago, más orquestado que el de Memphis,
    más profundo que el de Detroit. Al frente estaba Billy Davis, que dirigía un
    formidable equipo de compositores, arregladores e instrumentistas (desde
    Maurice White a Phil Upchurch) que mantenían en ebullición el estudio de
    grabación.


    Ah, sí: la selección. Se han evitado (casi) totalmente los
    éxitos y se ha apostado por potentes grabaciones bailables, de esas que en el
    Reino Unido se comercializan como “northern soul”. Ojo: la rareza de los discos
    no ha sido el criterio decisivo; todos los temas son –creo yo- oro puro. Oro
    salido de una extraordinaria factoría musical de Chicago.
    56 min
  • 16 bailables country
    Lo sabemos: cuando se habla de “música para bailar”, no se suele pensar en el country. Pero resulta que hay cantidad de country music que todavía podría alborotar cualquier pista. Hablamos de grabaciones de western swing, de hillbilly, incluso de rockabilly, músicas silvestres pero hechas  bajo la influencia del jazz y el rhythm and blues.   


    Buena parte de esos discos surgieron en los años cincuenta, cuando había un público jaranero que tenía dinero en los bolsillos y quería bailar con orquestas potentes, encabezadas por vocalistas lenguaraces que facturaban canciones pícaras. Nada que ver con las baladas lloronas sobre dramas matrimoniales que, se supone, ahora constituyen el grueso de la producción de Nashville.   


    Eran tiempos también de extraordinarios instrumentistas. Merle Travis, Speedy West o Jimmy Bryant eran acróbatas de dedos voladores que ponían a prueba las habilidades de los bailarines. Muchos de estos discos se registraron en California, con los mismos ingenieros que grababan el pop del momento. Y lo hacían en un ambiente de libertad expresiva, antes de que se codificaran los estilemas del country.  
       


    Y las letras, que a veces ignoraban la moral dominante. El descaro de Jean Shepard anunciando que va a buscar el lugar donde le den el doble de amor en la mitad de tiempo. Sin olvidar la arrogancia de Faron Young: “quiero dejar a un montón de mujeres felices/ pensando cosas lindas sobre mí/ quiero vivir rápido, amar intensamente, morir joven/ y dejar un maravilloso recuerdo”.   


    Con todo, hay que reconocerlo: no les van a sonar la mayor parte de estos artistas. Y si lo hacen, tal vez sea por los motivos equivocados. Por ejemplo, el violinista Spade Cooley es un personaje recurrente en algunas novelas de James Ellroy, más por un truculento episodio criminal que por su talento como líder de banda. Y talento es lo que abunda en estas 16 apabullantes. 
    56 min
  • Traffic, la banda olvidada
    Las  modas vienen y van. Las reputaciones suben y bajan. Y de repente uno descubre que alguien enormemente valorado en su tiempo ha pasado al olvido. Por las razones que sean, eso ha ocurrido con Traffic, antaño la joya del sello Island Records.

    Lo pensaba cuando comparaba su destino con el de The Band, grupo hoy mitificado. Puede parecer un paralelismo raro pero, en realidad, tienen insospechadas coincidencias. Ambas agrupaciones venían de la periferia (Toronto, Birmingham) y eran orgullosamente conscientes de sus diferencias con los colegas capitalinos. Ambas bandas se forjaron en el campo, en una convivencia destinada a definir su música.

    Como The Band, Traffic contaba con varios compositores. En el caso de los ingleses, el genial Steve Winwood, el problemático Dave Mason, Jim Capaldi y, ocasionalmente, Chris Wood. Como los canadienses de Woodstock, también tenían una amplia paleta sonora: eran multiinstrumentistas y cambiaron de orientación a lo largo de su vida creativa.

    Y hasta aquí llegan las similitudes. Traffic fue inicialmente una banda pop, con querencias psicodélicas. Con la marcha de Dave Mason a Estados Unidos, el proyecto recuperó algo del espíritu rhythm and blues que marcó a Winwood en sus orígenes. Pero había gusto por experimentar, lo que podía traducirse en recrear una enigmática balada folclórica (“John Barleycorn”), en acercamientos a ritmos del Tercer Mundo o en desarrollar los temas sin mirar al reloj; a su modo, Traffic se anticipó al movimiento de las jam bands.

    Sus glorias son, creo yo, evidentes: música compacta pero con pies ligeros, juguetona pero seria. Apuntaría que conviene escuchar sus discos con atención (es decir, con auriculares): tuvieron la bendición de contar con uno de los mejores productores de aquella época, Jimmy Miller, luego lanzado al lado oscuro por su relación con los Rolling Stones. Del grado de respeto que logró Traffic da testimonio el detalle de que, cuando Miller ya no estuvo disponible, tomó su puesto el propio director de la compañía Island, Chris Blackwell. Si disfrutan con esta degustación, busquen sus discos enteros. Están, qué cosas, tirados de precio.
    56 min
  • Algunos santos, muchos pecadores
    Observo que los MAPAS SECRETOS más
    escuchados tienden a ser los monográficos, los centrados en un artista, sello,
    estilo o asunto. Sin embargo, un servidor insiste en seguir confecionando también
    programas variaditos, con selecciones musicales que ofrecen exactamente lo
    contrario: discos que vienen de aquí, de allí y de cualquier lado.
     
       
    Estos programas eclécticos permiten
    compartir descubrimientos gozosos. Viendo la película La gran estafa americana, me atrapó una versión en árabe del  alucinógeno White rabbit, de The Jefferson
    Airplane. Resultó que cantaba la libanesa Mayssa Karaa y aquí suena.
     
       
    Me gusta provocar la sorpresa. Por
    ejemplo, el contraste entre un disco radical del Downtown neoyorquino (de Glenn
    Branca, el compositor que soñaba con orquestas de cien guitarras eléctricas) y
    la primera grabación de la turbia Alabama song, realizada en la Alemania de
    Weimar por Lotte Lenya, con acompañamiento de Theo Mackeben y su Jazzorchester.
     


    Treinta años después, Lotte Lenya encarnó,
    tal vez lo recuerden, a la perversa Rosa Klebb, que luchaba a muerte con Sean
    Connery en Desde Rusia con amor. Y
    tiene morbo que aquí coincida con el más seductor de los gentlemen, el gran Fred Astaire; conviene recordar que Fred cantó
    al frente de grandes jazzmen. Todo encaja si tienes las piezas adecuadas.
     


    Así que 
    no faltan pecadores en un programa que comienza con unos santos: The
    Saints, australianos de Brisbane, pioneros del punk rock en 1976. Más que santos,
    angelicales suenan Santo y Johnny Farina al final del MAPA SECRETO. Dos
    hermanos de Brooklyn cuyos discos empujaron a un inglesito llamado James
    Patrick Page hacia la guitarra. Pero ya no nos cabía Led Zeppelin; la
    exploración de esa conexión queda reservada para otro día.
    56 min
  • Bailando con Motown
    Si
    nos disculpan la simplificación, podemos distinguir dos Motown en los años
    sesenta. La más popular es la que su publicidad denominaba como “El sonido de
    la joven América” y que buscaba el crossover
    al público blanco: baladas o tiempos medios, finas orquestaciones, apoteosis
    amorosas. Pero hay una Motown más directa, que se corresponde grosso modo con la primera mitad de la década: discos tocados por una pequeña
    formación, con letras basadas en el lenguaje coloquial y en la jerga teenager,
    cabalgando sobre ritmos muy, muy
    bailables.
     


    Esa
    primera Motown, compacta y arrolladora,
    con más Ritmo que Blues, es la que más nos interesa hoy. La Motown que entró en
    Europa por las pistas de discotecas, arrebatando los píes y conquistando luego
    los corazones de los bailarines. De hecho, algunas de las canciones
    seleccionadas hoy salieron originalmente como caras B; los pinchas europeos
    dieron la vuelta al single para atender a la demanda de los bailones.

    Históricamente,
    el proceso de seducción comenzó con los
    mods británicos: sus grupos supieron dar tratamiento anfetamínico a
    aquellos temas impulsivos. Eso explica que hoy rescatemos a The Birds, banda
    londinense donde destacaba un guitarrista llamado Ronnie Wood, que eligió como
    cara A de su segundo single una pieza de Holland-Dozier-Holland.
     


    La
    mayor parte de los 18 discos que
    suenan hoy se grabaron entre 1963 y 1966. Hay grandes voces, naturalmente, pero
    deseamos llamar la atención sobre la potencia de aquellos músicos de estudio que han pasado a la historia como The Funk
    Brothers, un equipo cambiante que sacaba discos bajo el nombre de su teclista,
    Earl Van Dyke.
     


    También
    hacemos hueco a otro instrumentista fichado por la compañía, Junior Walker,
    saxofonista de Arkansas. Se cuela igualmente uno de los primeros cantantes
    blancos contratados por Berry Gordy. Y muchos grupos vocales. Grupos femeninos,
    masculinos, mixtos salidos de aquella inmensa
    cantera de talento que era Detroit en sus años de vacas gordas. 
    56 min
  • Cuerpo y Alma
    Resulta evidente que abundan las
    músicas que reflejan las apetencias, las turbulencias del cuerpo. Y que también
    existen músicas que aspiran a retratar las aspiraciones del alma. Son posibles
    incluso las músicas que superan ese dualismo al combinar lo carnal y lo
    espiritual.


    Es cuestión de
    trascender: integrar lo apolíneo en lo dionisíaco (o al revés). Algo saben de
    eso los desmesurados grupos de cuatro diferentes países que abren el programa,
    grupos que alternan luminosidad y embriaguez, impulso y raciocinio. Grupos de
    rock, esa música que -nos aseguran- ha vuelto al underground (y está bien, el
    underground facilita la fertilidad).


    El segundo tramo
    presenta a músicos en estado de insurgencia, reinventando el canon de lo que se
    puede tocar en un contexto de jazz: Marc Ribot busca el epicureísmo sugerido
    por un tema de los Ohio Players; Charles Lloyd transmite sin palabras la
    furiosa denuncia de Dylan; Bill Frisell encuentra la semilla de emoción pura en
    un encargo cinematográfico que le hicieron a Morricone.


    Hacia el final,
    las piruetas. (1) La soleada experimentación lúdica de Lee Perry con Augustus
    Pablo, (2) la inmensa desfachatez del dúo Matmos creando todo un disco con
    sonidos extraídos de una lavadora modelo Whirlpool Ultimate Care II, (3) la
    expansividad de Kooper y Stills a partir de una crónica paranoica de Donovan
    Leitch. Todo logrado con, creemos, juiciosas dosis de cuerpo y alma.
    56 min
  • Gainsbourg, años 60
    Los
    años sesenta son vertiginosos para Serge Gainsbourg. Viene de una frustración
    –su fracaso en el negociado de la chanson
    bohemia- y decide cambiar de oficio:
    se transforma en un compositor industrial, especializado en repertorio para France
    Gall y otras vocalistas yeyés. Se prostituye, reconoce con un guiño, pero elige
    a sus clientas.
     


    En
    realidad, el hombre hace mucho más que eso. Tras ironizar sobre lo “in” y lo
    “out”, al final interioriza esos sonidos juveniles, convertidos así en materia
    apta para construirse nuevas máscaras. Igual que en sus inicios utilizó el
    jazz, ahora recicla los hallazgos del soul, la psicodelia orientalista y otras
    variedades del pop, esencialmente el pop británico. Y reanuda, si es que
    realmente alguna vez lo dejó, su carrera como solista.
     
       
    En
    contra de su imagen de “je m’en-foutisme”, Gainsbourg es un explorador
    concienzudo. Tiene a su servicio colaboradores de primera, incluyendo a Michel
    Colombier y Jean-Claude Vannier, más los arregladores a los que recurre en sus
    frecuentes viajes de trabajo a Londres.
     
       
    Un
    papel central en esta metamorfosis corresponde a sus labores para el cine y la
    televisión. Son encargos rápidos y liberales, que le permiten fantasear con
    partituras, probar nuevas fórmulas, conocer a instrumentistas flexibles y, casi
    siempre, colocar destacada alguna canción de gama alta, interpretada por él
    mismo o sus amigas.
     

    Avisos:
    a pesar del título, aquí se cuelan piezas que no son exactamente de los sesenta
    pero seguro que sabrán disculparlo: los genios no se rigen exactamente por el
    calendario. Ítem más: la escucha de este programa se puede enriquecer con la
    lectura de Gainsbourg: elefantes rosas (Expediciones Polares), de
    Felipe Cabrerizo, la primera biografía escrita en España sobre el monstruo.
    Queda dicho. 
    56 min
  • Así sonaba La Dolce Vita
    Napolitanos que se pretendían
    americanos, estadounidenses que se hacían pasar por napolitanos: Italia era una
    fiesta de máscaras en los años cincuenta. La guerra que terminó en 1945 dejó
    destrozado el país pero no pudo con la alegría de vivir de los italianos.


    La liberación
    llegó también a la música: el jazz, mal visto por el régimen fascista, había
    regresado con las tropas aliadas. Un jazz que se identificaba con la democracia
    y que sirvió de base para que pícaros como Fred Buscaglione o Renato Carosone
    ironizaran sobre el American Dream.


    Los americanos
    habían descubierto la forma de vida mediterránea y se aficionaron. Volvieron
    para rodar películas; se decía que Roma era “Hollywood on the Tiber”. Otros
    recalaron allí para aprovecharse de la tolerancia sexual (Gore Vidal) o huyendo
    de la represión policial, caso del jazzman Chet Baker, que también terminaría
    conociendo las cárceles italianas.


    Italia vivía una
    expansión económica y ansiaba divertirse. Quería música bailable y eso incluía
    los ritmos tropicales (muchos cantantes grababan con la excelente orquesta del
    argentino Luis Enríquez Bacalov). Pero Italia requería además baladas,
    canciones de amor. No problemo, esa era una especialidad local.


    En los años que
    denominamos de la “dolce vita” –finales de los cincuenta, principios de los
    sesenta- se compusieron melodías inmortales, a veces con una nueva e inédita
    franqueza (Gino Paoli se inspiró en el encuentro con una prostituta para “Il
    cielo in una stanza”).


    También fueron
    años grandes para el cine, la literatura, incluso el pensamiento. Hablamos de
    Fellini, Umberto Eco, Moravia, Passolini. Aquí simplemente traemos el hermoso
    ruido de fondo, la
    coartada
    sentimental, la mancha del café sobre la mesa de una terraza soleada.
    56 min

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