El Mapa Secreto

El Mapa Secreto

By Radio Gladys PalmeraMusic
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El Mapa Secreto episodes

  • Dylan, hombre del blues
    Resulta
    tan obvio que suele pasar desapercibido: Bob Dylan es un bluesman. No se piensa en Dylan como hombre del blues pero esa
    música está presente en prácticamente toda su carrera, desde los primeros
    discos oficialmente  catalogados como
    folk a la reciente Etapa Sinatra,
    donde algunos standards son reducidos
    a su esqueleto blues.

    En
    su tomo autobiográfico, Crónicas. Volumen
    1, Dylan recoge el impacto de descubrir a Robert Johnson, en un disco
    regalado por John Hammond: “Desde la primera nota, las vibraciones en el
    altavoz me pusieron los pelos de punta. Los sonidos de la guitarra, cortantes
    como cuchilladas, casi resquebrajaron los cristales. Cuando Johnson empezó a
    cantar, parecía como un tipo que hubiera salido con armadura y todo de la
    cabeza de Zeus. Inmediatamente establecí una distinción entre él y cualquier
    otro que hubiera escuchado.”

    Lo
    reconoció…a su  modo. King of the Delta blues singers, el
    único LP de Johnson entonces disponible, apareció en la icónica portada de Bringing it all back home. Otros colosos
    del blues rural incluso se colaron en títulos de sus canciones: Blind Willie
    McTell, Charley Patton. Por cierto: el tema dedicado a Patton se refiere a las
    terribles inundaciones del Mississippi en 1927, también recordadas en The
    levee’s gonna break.

    Para
    Dylan, el blues proporciona gigantes de referencia, mitologías, historia viva.
    Y, en términos prácticos, algo decisivo para alguien que valora la
    espontaneidad y la comunicación telepática: un vocabulario musical, una lingua franca compartida por su
    generación y las posteriores. Tocando blues se puede entender con
    instrumentistas que tal vez acaba de conocer. Además, el blues es pasta
    maleable que le permite partir de grabaciones de Otis Rush, Memphis Minnie o
    Muddy Waters para elaborar sus propias creaciones. 

    Puede
    que en Estocolmo no lo sepan pero, sí, Bob Dylan es un bluesman. Un culo de mal asiento, que sigue una ruta particular,
    impulsado por secretas obsesiones.
    56 min
  • El Nueva York de Moby
    Sale
    la traducción de Porcelain. Mis memorias
    (Editorial Sexto Piso). Una peculiar biografía de un músico atípico: Moby toca
    guitarra rock pero igualmente factura música electrónica, tanto en su variedad
    bailable como en la vertiente amable. Ocurre además que Moby se escapa de
    cualquier molde: un okupa, vegano y cristiano, enfrentado a las tentaciones del
    sexo, el alcohol y las drogas…que le vencen demasiadas veces.

    Porcelain. Mis
    memorias también
    funciona como canto de amor para una ciudad ya desaparecida: el Nueva York
    sucio, peligroso y excitante de los años ochenta, cuando se podía vivir con
    poco dinero si renunciabas a taxis, restaurantes y demás lujos. Nueva York
    antes del alcalde Rudy Giuliani, que reconvierte Manhattan en un parque
    temático, donde los artistas son expulsados y los millonarios bienvenidos.
     

    Moby
    tiene modestos ingresos como DJ. Y eso le obliga a estar muy atento a los
    sonidos de su ciudad: el punk, el funk, el hip-hop, el techno, el house.
    Aprende a administrar cuidadosamente su presupuesto para comprar discos: los maxis son caros. Este programa se basa
    en aquellos temas que le salvaron la vida cuando debía pinchar en discotecas
    punteras, en un rave ilegal o en una
    fiesta de intercambio de parejas. Y no cuento más, que para eso está el libro.
     
    56 min
  • La crème de la crème
    Es
    decir, la crema de la crema, lo mejor que uno ha escuchado en pop internacional
    en 2016. Vamos a ponernos más pejigueros: parte de lo mejor. Una muestra de
    discos seductores que hemos descubierto en nuestro rincón de RGP a lo largo del
    presente año.

    Cierto,
    cierto: es una selección incompleta. Otros atractivos discos contemporáneos han
    ido sonando en anteriores ediciones del MAPA SECRETO, a las que remitimos al
    oyente curioso: “Liturgia para Bowie”, “Cuerpo y alma”, “Algunos santos, muchos
    pecadores”, “Blonde on blonde 2016”, “Un tiempo elástico”, “Blind Willie
    Johnson, entonces y ahora”, “Música dulce”.

    Y
    también se trata de una antología sesgada. Somos conscientes de que aquí no hay
    músicas del mundo ni demasiado indie, géneros mejor cubiertos en otros
    programas de la emisora. También se obvian esos superlanzamientos que
    concitaron la atención mediática; se supone que RGP ofrece una alternativa.

    Lo
    que sí se puede garantizar: es un compendio de canciones hermosas, Trece o,
    para ser más exactos, doce más un instrumental.  Que conste que tampoco nos obsesionamos por la
     actualidad estricta. Por ejemplo, I’d
    much rather be with the girls es la versión Ronnie Spector, editada en 2016,
    de una canción que los Rolling Stones grabaron en 1965 y que originalmente se
    llamaba I’d much rather be with the boys; tiene la particularidad de que está
    firmada por un tándem insólito: Keith Richards y su  mánager de entonces, Andrew Loog-Oldham. 

    Ocurre
    que no nos resistimos a las rarezas, a las canciones que se salen del canon del
    artista. Y más si tienen morbo: el subtexto gay de la letra, el flirteo
    clandestino entre Ronnie y Keith, la esforzada evocación de las producciones
    neoyorquinas de principios de los sesenta. Esas cosas que nos intrigan y nos
    entretienen.  La esencia del pop.
    56 min
  • Un iceberg llamado Lou Reed
    El
    título no es ninguna broma: se refiere al dato científico de que aproximadamente
    el 90 por ciento de la masa de un iceberg está bajo el agua. Algo así ocurre
    con la obra de Lou Reed: el gran público conoce una o dos canciones suyas;
    incluso, el personal del rock se suele quedar en la truculenta imagen pública
    del Lou de mediados de los setenta, cuando se supone que desafiaba la ortodoxia
    heterosexual y se inyectaba droga dura.

    Quedan
    sumergidas docenas de espléndidas canciones, algunos ambiciosos discos
    conceptuales, esas bandas que formó con instrumentistas de primera, la
    habilidad por insertar técnicas literarias en el rock, su capacidad para
    provocar al respetable.

    Puede
    que Lou Reed no supiera venderse bien, lo acepto. Pero está siendo bien servido
    por las reediciones, que –por ejemplo- han rescatado hasta el último segundo
    grabado por su Velvet Underground. Él mismo, en su tramo final de vida,
    supervisó la remasterización de todos los discos de estudio (y algunos de
    directo) que grabó entre 1972 y 1986.

    Los
    temas del presente programa han sido extraídos de la reciente caja The RCA
    & Arista album collection, puesta a punto por el amigo  (y
    compañero de aventuras radiofónicas) Hal Willner. Se seleccionan una decena de
    temas que retratan su dedicación al sonido, sus audacias en el estudio de
    grabación, la potencia de sus letras. Escuchando estas piezas se deberían
    modificar algunos de los tópicos que circulan sobre Lou Reed.

    Incluso el tema final, esa versión
    live de Walk on the  wild side, revela otra faceta olvidada de
    Lou: el monologuista hiriente. Está sacada de Take no prisoner, cuya portada plagiaba –por orden del propio
    cantante- una ilustración de Nazario, capricho que desencadenaría un juicio
    ganado por el dibujante español.

    Este “Paso por el lado salvaje”
    dura 17 minutos: tiene tiempo para saludar a Bruce Springsteen (presente en el
    concierto) y, sobre todo, para arremeter contra la prensa neoyorquina,
    personificada en John Rockwell y Robert
    Christgau, a los que caricaturiza con ferocidad. Un desahogo típico de aquel
    Lou Reed: destrozar su canción emblemática mientras ataca a los periodistas
    que, de forma continuada, le trataron como un artista, digo de ser seguido y
    –ocasionalmente- criticado.


    56 min
  • Psicodelia Funky
    ¡Esta
    sí que es una historia secreta! Por varias y vergonzosas razones, se sabe poco
    sobre la era psicodélica del funk. Destaquemos el desinterés de buena parte de
    la crítica de rock, incapaz de reconocer voluntad artística en aquellos músicos
    del ghetto que de repente se vestían en las boutiques más extravagantes. Al
    otro extremo, la militancia negra pensaba que se trataba de una conspiración
    contra la Revolución; el pantera negra Eldridge
    Cleaver puso bajo “arresto domiciliario” al apóstol del LSD, Timothy Leary,
    cuando coincidieron en el exilio en Argelia.

    La
    realidad: la onda expansiva de la psicodelia y el hipismo impactó en una black music que disfrutaba de un subidón
    de público y una creciente autoestima. Suponía un permiso para delirar y
    experimentar. Incluso en estructuras tan jerarquizadas como Motown Records: se
    suele olvidar que, antes de que Marvin Gaye y Stevie Wonder se emanciparan, el
    productor Norman Whitfield ya hacía discos para los Temptations con
    orquestaciones alucinadas y letras “sociales”. Todos aprovecharon para ganar
    libertad. En I’ll bet you se puede
    disfrutar de una pareja bien chocante: el jovencito Michael Jackson cantando
    una composición de George Clinton, el mayor freak
    del Detroit negro.

    Y
    muchos más. Trompetistas de jazz como Miles Davis o Dizzy Gillespie se
    electrificaron. The Bar-Kays, recompuestos por los supervivientes del accidente
    que acabó con la vida de Otis Redding, facturaron un LP titulado Black rock. Los Isley Brothers guardaron
    entre naftalina sus uniformes de fantasía y se vistieron de calle para la
    portada de Givin’ it back, la primera
    de sus deslumbrantes aproximaciones al cancionero del rock.

    En
    general, la psicodelia negra se reconoce por el protagonismo de los
    guitarristas, armados con pedales de fuzz y gua-gua. Pocos se atrevían por
    entonces a reflejar la apabullante fuerza de Hendrix pero las guitarras se
    muestran mandonas hasta en los discos del James Brown imperial. Una vez que se
    despendolaron las seis cuerdas, le tocó el turno al bajo eléctrico, que muestra
    sus poderes en los temas de Curtis o Sly. 

    La
    psicodelia funky terminaría asfixiada por la avalancha de la disco music pero antes surgieron tipos
    genialoides, más interesados por la expresión personal que por el éxito
    comercial. Pensemos en Shuggie Otis, capaz de grabar canciones fantasiosas
    donde tocaba y cantaba todo. Un estudiante de Minneapolis, un tal Prince Rogers
    Nelson, tomó buena nota.
    56 min
  • Música dulce
    Allá
    por los años cuarenta, en la jerga de los músicos de jazz, “sweet music” era LO
    PEOR. Se denominaba así a las almibaradas orquestas para bailar que competían
    con las potentes big bands. El asunto
    no pasaba a mayores: si había necesidad, el jazzman aceptaba currar con
    expertos en bailes de sociedad –Guy Lombardo, Les Brown, Victor Young- y se
    limitaba a tocar sus partituras.

    Así
    que hemos decidido buscar nuestra propia “música dulce”. Por ejemplo, los tres
    primeros artistas facturan lo que los adictos al “northern soul” denominarían
    como “stompers” (aunque no se lo digan al joven Laurence Jones, que
    oficialmente es un guitarrista de blues).

    Curioso:
    hasta Peggy Lee menciona la “sweet music” en su swingueante tema, hecho con la
    pequeña orquesta de Dave Barbour, el primero de los muchos maridos de la voraz
    cantante. Pero, disculpen, aquí no nos dedicamos al cotilleo.

    Aquí
    nos dedicamos a buscar canciones gloriosas, algo que apenas se hace ahora en la
    radio, donde muchos espacios musicales se enrocan en promocionar naderías de
    moda o en repetir los éxitos del pasado reciente.  En RGP sabemos que existe una minoría
    ilustrada que no se conforma con el Menú A o el Menú B.

    Este
    programa, esta emisora funcionan para los melómanos que quieran saber como
    sonaba Dream, la banda psicódelica de Terje Rypdal o qué demonios era el
    “cosmic funk” que tocaba Lonnie Liston Smith. Y los curiosos intrigados por
    Mega Reefer Scratch, la primera banda de Kid Loco, o el afrofuturismo de Idris
    Ackamoor. Sean bienvenidos. Y compártnnlo con sus amigos: hagamos masa.
    56 min
  • Los Ramones en mono y en vinilo
    La
    más grata sorpresa de la campaña para conmemorar el 40 aniversario del primer
    disco de los Ramones: se ha encargado una versión monoaural, realizada por el
    único superviviente de los creadores de aquella barbaridad que cambió el curso
    del rock. Me refiero al productor, Craig Leon.

    Cuando
    los Ramones preparaban su estreno en Sire, los cuatro músicos y su productor
    querían editar ese disco tanto en mono como en estereofonía. Fanáticos de los
    Beatles, fantaseaban con trabajar en Abbey Road. Sabían que la edición
    monoaural de los primeros LPs de los Beatles era la guay, la que concentraba
    los mayores esfuerzos (por el contrario, la mezcla estereofónica era resuelta
    por un ayudante en unas pocas horas).

    El
    debut de los Ramones se hizo finalmente en Plaza Sound, un estudio neoyorquino
    de primera. El objetivo común era potenciar el sonido del directo: se añadieron
    guitarras y palmadas, se sumaron coros. Para multiplicar su impacto brutal, argumentaron,
    convendría mantener la opción de presentar el muro de sonido resultante en la
    maciza mezcla monoaural.

    Para
    entonces, ya estaba activo el movimiento del “Back to mono”, alentado por Phil
    Spector; hasta John Lennon llevaba en su chaqueta la correspondiente chapita.
    Pero la opinión general de la industria solo admitía la estereofonía, que
    además sustentaba el negocio de la alta fidelidad. Así que Sire Records se negó
    a publicar una versión mono de Ramones:
    imaginaron que bastantes problemas tendrían con la estéreo como para encima
    complicar el asunto en radios y tiendas. Y estaban en lo cierto: comparado con
    su eco mediático y su influencia estética, el disco resultó un pinchazo. 

    Solo
    ahora ha conseguido Craig Leon el deseo primigenio: viajar a Abbey Road y
    remezclar Ramones en mono. El habla
    de la “40th anniversary mono mix”. Está
    disponible en CD y en vinilo en la monumental edición (limitada) de Ramones, con ilustrativas notas de Leon.
    Hoy ofrecemos precisamente el contundente LP de 2016.  Justo al final, rescatamos el Blitzkrieg
    bop monoaural que se preparó en 1976
    para uso de emisoras de Onda Media. Todo
    mono, todo vinilo.
    56 min
  • Sonido y actitud
    Al
    final, siempre salía. Cuando discutías las diferencias entre rock y pop,
    alguien recurría al dicho: Rock = Sonido + Actitud. La fórmula luce atractiva,
    aunque no sé si todavía resulta válida: pareciera que Actitud ahora equivale a
    Pose. Y no es lo mismo.

    Hubo
    un tiempo en que el rock tenía Actitud. Y acojonaba: conviene saber que el
    instrumental “Rumble” fue vetado en muchas emisoras estadounidenses, ya
    que  el título parecía invitar a las
    peleas entre pandillas juveniles. Por no hablar de la ferocidad sonora de Link
    Wray, que abriría los  oídos a Pete
    Townshend y otros maltratadores de guitarras eléctricas.

    Aquí
    tenemos 18 canciones con Actitud. Temas frenéticos, explosiones de  energía, argumentos insurgentes, crónicas
    fatalistas, alardes de arrogancia, críticas del mundo circundante. Piezas
    escupidas por malditos, futuras superestrellas, hechiceros, prodigios de un
    solo éxito, artistas de culto. 

    Un
    recorrido que salta estilos y épocas: va desde 1958 a 1979. Para recordarnos
    que el espíritu es más fuerte que la forma, el programa se cierra con Suicide,
    donde no hay guitarra ni bajo ni batería. 
    56 min
  • Blind Willie Johnson, entonces y ahora
    Es
    una historia que nos suena: el bluesman
    que murió antes de tiempo, que quedó sepultado por el olvido hasta que, a
    partir de los años sesenta, las estrellas del rock (Clapton, Dylan, Led
    Zeppelin, Ry Cooder) recuperaron su repertorio y despertaron la curiosidad por
    el personaje. Pero Blind Willie Johnson no fue otro Robert Johnson. Nada de
    pactos con el diablo, Blind Willie solo trataba con Dios; su cancionero era
    estrictamente religioso. Aunque puede que sí compartieran el gusto por, vaya,
    las mujeres cariñosas.

    Tejano
    de 1897, cuentan que perdió la vista cuando su madrastra le lanzó lejía a la
    cara, en venganza por alguna infidelidad de su padre. Aceptó su destino: los
    intérpretes ciegos llamaban la atención y despertaban la simpatía de los
    espectadores. Resultó que, además de ser un cantante de voz poderosa, dominaba
    la guitarra, incluyendo la técnica del bottleneck.
    Y aprendió a grabar discos, llevando una voz femenina como refuerzo.

    Se
    hacía oír en las calles y, según aumentaba su fama, también actuaba en iglesias
    e incluso en ciudades del Norte, como Nueva York. Su carrera, sin embargo, se
    interrumpió cuando se hundió la industria discográfica, con la Depresión.
    Mantuvo una existencia modesta hasta que, en 1945, se incendió su casa de
    Beaumont y se vio obligado a dormir al fresco. Puede que falleciera de pulmonía
    pero en su acta de defunción especifica que la causa fue la malaria, entonces
    utilizada como (brutal) remedio contra la sífilis.
     

    Murió
    con 48 años y ni siquiera se sabe dónde está enterrado; apenas dejó una foto y
    poco más de dos docenas de canciones grabadas. Eso sí: lo bastante poderosas
    para que, comenzando con Samuel Charters, abundantes investigadores se lanzaran
    a peinar los barrios negros y los archivos, localizando documentos y
    testimonios que rellenan algunos vacíos de su biografía.

    Su
    música se ha ido reeditando en LP y  en
    CD; ha impactado en artistas muy alejados de sus miserias, de su visión
    apocalíptica de la vida y la religión. El programa de hoy alterna las
    grabaciones originales con algunas de las versiones incluídas en God don’t never change, el disco de
    homenaje editado por el sello Alligator en febrero de 2016. Interpretaciones
    audaces de Tom Waits, Lucinda Williams, Luther Dickinson, Rickie Lee Jones, los
    Blind Boys of Alabama o los Cowboy Junkies.
     
    56 min
  • Blues para bailar
    Ay,
    aquellos tópicos. Los libros, las películas, las notas de contraportada de los
    LPs nos insistían que los blues eran gritos de dolor, expresiones destiladas
    del sufrimiento, incluso cantos de protesta. Resumiendo: música muy seria, a
    escuchar con solemnidad.

    Pero
    algo no encajaba. De repente, por casualidad, te encontrabas con fotos de un
    club de blues en el South Side de Chicago, incluso de tugurios del Delta del
    Mississippi…¡y los clientes estaban bailando! Bailando desenfrenados con
    músicos que, sí, también parecían disfrutar. Otras veces, se desmelenaban con
    los discos que sonaban en un jukebox.

    La
    realidad: había blues para conjurar las penas, igual que blues para celebrar la vida. Los blues no respetaban las conclusiones de aquellos
    estudiosos que acudían con ideas preconcebidas (y una agenda política en el
    bolsillo interior de la chaqueta). Los artistas de blues no eran necesariamente
    griots o activistas: generalmente,
    aspiraban a ejercer de entretenedores. A priori, no tenían nada contra la
    perspectiva de llegar al público blanco; 
    más bien, todo lo contrario.

    Los
    discos que suenan hoy buscaban alborotar las pistas. Y colarse en las emisoras.
    En muchos casos, procedían las urbes del norte: Chicago, Detroit, Nueva York.
    Pero otros tenían origen sureño: se suponía que los bluesmen rurales debían conservar las esencias pero nadie les había
    preguntado y, caramba, ellos también querían su parte del pastel que había
    creado el rock & roll.

    Son
    grabaciones de la segunda mitad de los años cincuenta, principios de los
    sesenta. Y funcionaban: sonaban (esencialmente) en las emisoras negras.
    Eran
    adquiridos por su público natural pero, de forma creciente, por chicos listos
    blancos. Los artistas hasta tocaban en fraternidades de universidades
    segregadas. Y en el Reino Unido provocaban pasiones entre unos jóvenes llamados
    mods y en los margenes más
    desinhibidos  de la secta del blues.

    Escuchados
    hoy, todavía suenan bárbaros: dance music
    hecha por y para gente brava. Incluso  en
    las producciones más toscas, transmiten picardía, erotismo, complicidades.
    Llegan cargaditos de metáforas misteriosas, referencias a creencias añejas
    (¿qué demonios es el mojo?, nos
    preguntábamos), guiños a modas como, uh, las zapatillas deportivas con tacones
    altos. Un mundo asombroso que se abre tentador ante nuestros sentidos. 
    56 min

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