El Mapa Secreto

El Mapa Secreto

By Radio Gladys PalmeraMusic
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El Mapa Secreto episodes

  • El armario de Van Morrison
    Presentamos un verdadero festín: piezas clásicas de Van Morrison como nunca las habíamos conocido, en versiones que jamás habían sonado fuera del estudio. Resulta que Van hacía sus discos al viejo estilo: él y sus músicos tocando juntos, forjando las canciones con paciencia y pasión. Si un tema requería treinta tomas, a ajustarse los machos y adelante.

    Felizmente, esas tomas se grabaron...y se conservaron. Hay un armario (¡o armarios!) donde se guardaron esas cintas. Esa precaución de urracas permite que se rescaten ahora esos momentos en que Morrison y compañía se sentían en estado de gracia y tocaban sin prisas, con total libertad, gozando y explorando.

    Desde 2013, se han sacado upgrades, ediciones cuidadosamente remasterizadas de los tres primeros discos del Van Morrison emancipado: Astral weeks (1969), Moondance (1970) y His Band and the Street Choir (1970). Son versiones ampliadas, con abundante material inédito. Y de ahí se ha extraído el presente programa. Por cierto: en el listado, la fecha de cada tema corresponde a la publicación de la reedición, cuando se mezcló y adecentó la grabación original.

    Algunas de estas tomas (las pertenecientes a Astral weeks, especialmente) habían adquirido dimensiones míticas. Lo que aquí encuentras son versiones largas, interpretaciones primerizas, arreglos diferentes, una canción tan pegajosa (“I shall sing”) que Van prefirió no editar, ese “I’ve been working” que se resistía.

    Todo se registró en Nueva York. Con músicos de estudio, en el caso de Astral weeks; con los colegas hippies de Woodstock a la hora de Moondance y His Band and the Street Choir. Entre septiembre de 1968 y julio de 1970, aparece un Morrison feliz y creativo, que ha encontrado finalmente su lenguaje musical y poético. Disfruten.
    56 min
  • Liturgia para Bowie
    La primera idea del presente
    programa tenía mucho de capricho personal: reordenar las canciones incluidas en
    Blackstar, organizar una nueva secuencia para lo que quedara para la eternidad
    como el disco de despedida de David Bowie.


    Algo que, sin
    embargo, podía ser visto como un gesto arrogante, un intento de enmendar la
    plana al creador; el plan quedó aparcado. Y surgió otra posibilidad. Sin
    renunciar a dos de los temas de Bowie, que –podríamos decir- se esconden al
    final del álbum, fui buscando músicas ajenas para honrar al difunto.


    Una banda sonora
    para un velatorio a distancia. Alguien pinchando para un funeral imaginario.
    Música de duelo para una ceremonia restringida, limitada a los oyentes de RGP.

    No son canciones
    favoritas del difunto, nada de eso. Calculo que Bowie sí escuchó a Suicide;
    ignoro si conocía Dream baby dream, un single suelto, hecho con producción de
    Ric Ocasek. Por el contrario, no parece haber muchos vínculos de David con Neil
    Young, pero detecto una melancolía universal en su interpretación del himno Home on the range que resulta reconfortante.


    Y todo así. La
    semilla de Bridge over troubled water está en un verso de los Swan
    Silvertones, el grupo de góspel; había cierta lógica en recuperarla en la
    solemne recreación de los Dramatics. También hay algo eclesial en el órgano de My heart’s in the highlands, composición del estonio Arvo Pärt, aunque la
    letra lleva a los espacios abiertos de las Tierras Altas de Escocia,
    inspiración original del poeta Robert Burns.


    Las conexiones se
    irán revelando...¡tal vez!. Había elegido un par de piezas de jazzmen
    neoyorquinos, en referencia oblicua a los músicos que trabajaron en Blackstar:
    un emotivo tema propio del guitarrista Sonny Sharrock y una versión del
    organista Wayne Horvitz, el Upper Egypt de Pharoah Sanders. Después de grabar
    el programa,
    descubro que Horvitz dedicó su interpretación de Alto Egipto a Sonny
    Sharrock; se lo había escuchado tocar en directo cuando compartieron cartel.
    Quiero pensar que Bowie habría localizado otros nexos entre estas músicas. Esa
    también era una especialidad de David: buscar orden en la vorágine de impactos,
    emocionales e intelectuales.
    56 min
  • El jardín de las delicias
    Sean bienvenidos al Jardín de las terrenales delicias, de Josephine Foster, donde “el otoño no es amargo/ no hay muerte en el invierno/ la primavera eclipsa/ todo tu rencor doliente”. 


    Ella y las demás cantantes invitadas ofrecen sus remedios para hacer más tolerable nuestra existencia. Tenemos para elegir: el deleite carnal de la india Asha Puthli, la resistencia cívica de Marta Kubisová, la libertad vocal de Betty Roché, el consuelo amoroso de Ann Peebles, incluso la negativa a olvidar de Sandie Shaw.


    Finalmente, este es un programa hecho bajo la tutela de Venus, diosa del amor. Para todos aquellos que asumen la formulación de Björk, aquí retomada por Corinne Bailey Rae: “él cree en la belleza/ es Venus con forma de chico”. Es decir, el gozo del descubrimiento, el imán de la primera atracción, el éxtasis ante lo que sabemos no puede durar…
    56 min
  • 15 rompepistas
    Hemos
    estado picando en una de las grandes minas musicales de la década de los
    sesenta (y, bueno, las manos también se han internado por los primeros
    setenta). Se buscaban rodajas de funk y soul bailables; han aparecido toneladas
    de rompepistas.
      
    Fueron
    años fértiles, donde se hacían discos con rapidez y eficiencia. Hay trabajos de
    superestrellas (Aretha, Wilson), grabados con los mejores instrumentistas
    disponibles, pero también artistas de popularidad regional o local, fogueados
    por el directo, con ganas de zamparse el mundo. Son canciones con mensaje y
    canciones con instrucciones para el mejor uso del cuerpo.
        
    Todavía
    hoy, esta música suena tan incandescente que hemos sentido la necesidad de
    bajar la intensidad justo a mitad del programa. Escribe Bob Stanley en su
    monumental Yeah! Yeah! Yeah! La historia
    del pop moderno (Turner) que Barbara Lewis quizás fue “la artista más
    infravalorada del sello Atlantic”. Que tenía una voz de jade pulido y que Hello stranger está entre la música de feria de atracciones y la música de
    dormitorio: “moriría feliz el afortunado a quien, siquiera una vez en la vida,
    le canten directamente esta canción.”
       
    Pero
    ¿quién habla de morirse? Está prohibido hacerlo mientras Willie Rosario explica
    las aventuras del Watusi por Nueva York o Wilson Pickett ruega a la locomotora
    nº 9 que le devuelva a casa, a los brazos de la amada. 
    56 min
  • Suave es la Noche
    Hay títulos que tienen música,
    que suenan a canción. Eso ocurre con Suave es la noche, como se tradujo al
    español Tender is the night, la novela crepuscular de F. Scott Fitzgerald.


    Como siempre, las
    piezas fueron encajando lentamente. Resulta que coincide la aparición de una
    antológica del gigante Jack Bruce con la salida de El sonido y la perfección,
    la historia del sonido grabado que firma Greg Milner, donde se dedica mucho
    espacio al productor jamaicano King Tubby, y especialmente a King Tubby meets
    the rockers uptown.


    Lo mismo con Keith
    Richards, gran connoisseur del reggae, que en su nuevo disco hace una
    convincente versión de Gregory Isaacs y ¿cómo resistirse a rescatar su clásica
    “Enfermera de noche”?


    Y luego hay
    artistas que siempre me han parecido animales nocturnos, como Tom Waits, aunque
    sea en la versión vitaminada de Southside Johnny. Lo de Julio Iglesias también
    venía a cuento. Escuchen su recreación de aquel éxito de The Cars en 1984:
    “¿quién te va a llevar a casa esta noche?”. La melosa lengua
    de un auténtico lounge lizard…
    56 min
  • Bill Withers, el hombre que dijo no
    Bill Withers era UN ARTISTA
    ÚNICO: facturaba soul con una guitarra de palo, creaba funk con un grupo mínimo
    (oigan su formidable Live at the Carnegie Hall). Lo hacía además desde una
    perspectiva descarnada: con canciones de amor que no ocultaban sentimientos
    oscuros, himnos a la amistad, evocaciones de una niñez donde las estrecheces se
    combatían con calor familiar.


    Cuando sacó su
    primer elepé, Just as I am, TENÍA 34 AÑOS. Había adquirido una educación por
    la vía accesible a los pobres de Estados Unidos: alistándose en las fuerzas
    armadas. Como la grabación de ese primer disco se prolongó durante meses, le
    asaltaron las dudas: suponía UN RIESGO el renunciar a su puesto en una fábrica
    aeronáutica por las incertidumbres del show business. Pero Ain’t no sunshine fue un pelotazo y las siguientes canciones brotaron torrencialmente.
    Hablamos en
    pretérito ya que, a finales de los ochenta, Withers hizo lo impensable: SE
    RETIRÓ.

    Conviene recordar que, en el mundo de la canción, NADIE desaparece por
    voluntad propia; el público puede jubilarte pero, mientras haya una mínima
    demanda de tus servicios, el artista sigue al pie del cañón.
    Resulta que a Bill
    Withers NO LE GUSTABA la industria de la música: tuvo mala suerte con sus
    discográficas. Quince años después de profesionalizarse, se marchó
    silenciosamente, sin aspavientos: podía TRABAJAR CON SUS MANOS (de hecho, lo
    hizo, en rehabilitación de viviendas).

    En todo caso, disponía del colchón
    económico
    de los derechos de
    autor de sus canciones. Que resulta que nunca se han dejado de vender, grabar,
    samplear.
    Sobre todo en los
    últimos tiempos, a Bill Withers le han llovido honores, homenajes,
    documentales, ofertas para volver a grabar/actuar. Y se ha negado. Un caso
    único: UN HOMBRE DE PALABRA.
    56 min
  • Casa de Fieras
    En otros tiempos, se usó lo de
    “casa de fieras” para designar a lo que ahora llamamos “zoológico”. Se nos ha
    ocurrido que era un título adecuado para un programa donde abundan las bestias.
    En el buen sentido de la palabra.
    ¿Qué podríamos
    decir para justificar esa pretensión? Que los cabellos más largos del programa
    son masculinos: pertenecen a Matthew E. White. Que la vocalista de Romeo Void
    (Debora Iyall, india nativa) tenía más presencia física que cualquier otra de
    las chicas de la new wave. Que puedes escuchar a Lemmy Motörhead tocando un
    tema de The Who con la guitarra, nada de bajo, como parte de The Rockin’
    Vickers; todos tenemos nuestro pasado, colega.  

    Este programa no
    podría, repito, NO PODRÍA ser concebido por esas máquinas que programan
    playlists. Nos escapamos de las categorías y juntamos a músicos de jazz tocando
    un clásico del dub jamaicano con el airado Archie Shepp reconstruyendo La
    chica de Ipanema SIN el balanceo de la bossa.


    Aquí, puede sonar
    el Duke Ellington más exótico (grabado en el estudio de Conny Plank, el gran
    productor del krautrock) y, a continuación, una auténtica banda Tuareg,
    Terakaft. Cuyo nombre significa “caravana”, igual que uno de los grandes éxitos
    del Duque. Aquí subyace una lógica, sólo que no es la lógica de los algoritmos.
    Que lo disfruten.
    56 min
  • Testosterona, mi amor
    Este programa viene cargadito de
    voces viriles y ritmos recios. Es más, incluso rebosa tes-tos-te-ro-na. Suele
    ocurrir cuando pinchas dos temas seguidos de lo último de Tom Jones. Con típica
    perversidad, vienen precedidos por un blues fálico interpretado por los Doors.
    Resulta que en su reciente autobiografía, Over the top and back, Tom reconoce
    que los Doors no le gustaban nada (página 304 de la edición Penguin Random
    House UK). Y lo extraordinario reside en que en, esos dos temas del galés, hay
    ecos de Jim Morrison y de los ritmos favoritos de los Doors. Escuchen y ya nos
    dirán.


     Qué quieren, nos gusta ser
    picajosos y señalar incongruencias. Las incoherencias son la sal de la vida, lo
    que finalmente nos separa de esos pluscuamperfectos robots que están
    fabricando. Aunque tiene cierta lógica que un cantautor como Nathaniel Rateliff
    se reinvente como soulman del sello Stax o que los peludos de la Edgar
    Broughton Band acoplen un éxito de los Shadows (¡millones de chavales
    intentaron tocar “Apache”!) con un no éxito del Captain Beefheart (una
    orgullosa reivindicación del underground, al que pertenecían ambos).


    De la misma forma que todos los
    dulces necesitan un punto de sal, aquí cerramos con una conmovedora obra cumbre
    del minimalismo: esa pieza del inglés Gavin Bryars que despega con un anónimo
    vagabundo cantando un himno religioso, una expresión de fe frente a la
    adversidad que aquí es retomada por el trueno de Tom Waits. Otro día pondremos
    integra esta versión de Jesus’ blood never failed me yet, que dura…74 minutos.
    56 min
  • El Love feroz
    El nombre del grupo se anticipaba al Verano del Amor. Pero no se fíen: en su primera encarnación, Love era un conjunto de rock de garaje. Es decir, frenesí, insolencia, canciones que a veces tomaban prestadas y que hacían suyas por la fuerza.


    Había diferencias, suficientes para ser fichados por un sello esencialmente folky, como era Elektra. La más evidente: se trataba de un grupo racialmente mixto, con dos músicos negros en sus filas. Uno de ellos, Arthur Lee, era el macho alfa de la manada y el compositor principal de Love, aparte de un cantante con pellizco.


    Durante un tiempo, antes de que aparecieran los Doors, fueron los niños mimados de Elektra. El fundador de la compañía, Jac Holzman, supervisaba sus grabaciones desde Da capo. Les daba carrete: permitió que la cara 2 de ese elepé fuera un delirio de diecinueve minutos. Permítanme recordar que cuando se grabó, en 1966, eso no era algo común: lo había hecho Dylan en Blonde on blonde pero su Sad eyed lady of the lowlands no llegaba a los doce minutos.


    La devoción de Holzman por Love explica que para el tercer disco largo, Forever changes, se invirtiera un dinero serio en un arreglador, músicos de sesión, cuerdas y metales. Forever changes es uno de los discos definitorios de 1967. Con notables divergencias respecto a la amorosa producción de aquel año: bajo sus melodías luminosas también late la paranoia, el mesianismo, la amenaza.


    El resto de la historia muestra a Love rodando cuesta abajo. Ya sé que eso resulta una blasfemia para la secta de los adoradores de Arthur Lee pero cuesta encontrar, en su discografía posterior, canciones que no desmerezcan al lado de las contenidas en sus primeros tres LPs. Aunque las hay y algunas están recogidas en este programa. 


    El programa toma su título de una película española de 1975: El love feroz, también conocida como Cuando los hijos juegan al amor. Los miembros de Love eran hijos de América, de unos Estados Unidos entonces en guerra consigo mismos. Y no solo jugaban al amor.
    56 min
  • Como un rolling stone
    Como un Rolling Stone. Hace 10 años que Keith Richards no firma un disco completo de canciones nuevas (¿recuerdan? A bigger bang). Su nueva entrega, bajo su propio nombre, Crosseyed heart, muestra lo mejor y lo más lamentable de Keef. Empezamos, claro, con lo más digno.

    Como un vagabundo incansable. Howe Gelb nos deslumbra regularmente con discos bajo su nombre o como parte de Giant Sand. En menos escala, también las gentes de Low muestran mucha productividad. ¿Puede ser mera casualidad que Low venga de Duluth, la ciudad natal de Bob Dylan?Como un alma en pena. Tiene triste gracia que apenas se preste atención a veteranos en activo como Graham Nash o David Crosby (¡pero sí celebramos hasta la ocurrencia más delirante de su compañero Neil Young!).

    Como un músico fogoso. James Taylor, el cantautor oficial de Obama, proclama en su nuevo disco que “Chicago’s got the finest, high-test, first-class poontang anywhere.” En el programa se explica lo chocante que resulta recurrir a una palabra tan picante como “poontang”.

    Como un canto rodado. A principios de noviembre, nos llega –en tres ediciones diferentes- The cutting edge, la colección de lo grabado por Dylan en estudio durante los años prodigiosos de 1965 y 1966. Hora de adelantar algunas de las curiosidades que Sony promete rescatar.
    56 min

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