En los albores del siglo XIII, mientras las catedrales góticas se alzaban como símbolos del
poder espiritual y temporal de la Iglesia católica, en el sur de Francia se consumaba una
tragedia que marcaría para siempre la historia de la cristiandad medieval. No fue una guerra
entre reinos, ni una invasión extranjera, sino una guerra civil religiosa: la Cruzada
Albigense, lanzada contra los seguidores de una doctrina que desafiaba los fundamentos del
cristianismo establecido. Eran los cátaros, acusados de herejía, perseguidos, quemados, y
finalmente borrados del mapa como comunidad organizada. Sin embargo, su recuerdo ha
sobrevivido, a veces como símbolo de pureza espiritual, otras como metáfora de la represión
religiosa, y en ocasiones incluso como mito esotérico.