El 16 de diciembre de 1944, al amanecer, un silencio inusual cubría las densas forestas
y los valles nevados de las Ardenas, una región que se extendía entre el sureste de
Bélgica, el norte de Luxemburgo y una porción de Alemania. Esta zona, considerada
“tranquila” por el Alto Mando Aliado, estaba defendida por cuatro divisiones
estadounidenses, algunas diezmadas y otras inexpertas, que disfrutaban de un descanso
relativo tras los duros combates de la campaña de Lorena y la fracasada Operación
Market Garden. El frío era intenso, la niebla baja y espesa anulaba la abrumadora
superioridad aérea aliada, y el frente parecía haberse adormecido. Ese silencio, sin
embargo, era el preludio de la tormenta. A las 05:30 horas, más de 1.600 piezas de
artillería alemanas abrieron fuego simultáneamente a lo largo de un frente de 130
kilómetros, iluminando el horizonte con un fulgor siniestro. La sorpresa fue total. La
Wehrmacht, que muchos daban por agonizante, había reunido en secreto sus últimas
reservas estratégicas y lanzaba su ofensiva más ambiciosa en el frente occidental desde
1940. Así comenzaba la Batalla de las Ardenas, conocida en los círculos militares
anglosajones como la “Batalla del Bulge” (la protuberancia), y en los documentos
alemanes como la “Unternehmen Wacht am Rhein” (Operación Guardia en el Rin). Este
enfrentamiento, que se prolongaría seis semanas, marcaría el epílogo ofensivo del
Tercer Reich en Occidente, una apuesta desesperada por cambiar el curso de una guerra
ya perdida, y pondría a prueba como nunca antes la resistencia, la capacidad de reacción
y la unidad del mando aliado.