En la mayoría de las cárceles españolas, el día comienza antes del amanecer. A las 5:45
de la mañana suena el toque de diana: una señal acústica —a veces una campana, otras
un altavoz— que marca el inicio de la jornada penitenciaria. No es un despertador
elegido, sino una orden institucional. Los internos deben levantarse, hacer su cama
según el protocolo (sábanas estiradas, colchón sin arrugas, objetos personales
ordenados) y prepararse para el recuento matutino. Este ritual, repetido con escasas
variaciones en los 82 centros penitenciarios del país, responde a una lógica de control y
seguridad, pero también a una normativa precisa: el artículo 10 del Reglamento
Penitenciario (aprobado por Real Decreto 190/1996 y actualizado en 2023) establece
que “la jornada penitenciaria se organizará de modo que permita la conciliación entre
las exigencias de seguridad, el mantenimiento del orden interno y la promoción de la
reinserción social”.