A comienzos de la década de 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, un polvo blanco
inodoro —aparentemente inofensivo— comenzó a distribuirse con urgencia entre tropas
aliadas, campamentos de refugiados y poblaciones civiles en zonas de conflicto. No era
un medicamento, ni un alimento, ni una arma convencional. Era
diclorodifeniltricloroetano, más conocido como DDT. Su misión: matar pulgas, piojos y
mosquitos. Su efecto: detener epidemias que, hasta entonces, diezmaban a ejércitos y
sociedades con una eficacia aterradora. En 1948, su redescubridor, el químico suizo Paul
Hermann Müller, recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina, un honor rara vez
otorgado a un científico no médico. El DDT fue celebrado como un milagro de la ciencia
moderna, la herramienta definitiva contra la malaria, el tifus y otras enfermedades
transmitidas por insectos.