En la primavera de 2004, un hombre de Florida, Estados Unidos, se propuso demostrar
a sus amigos que un revólver cargado con balas reales no podía dispararse si el cañón
estaba taponado. Introdujo la boca del arma en su boca, la selló con los labios y apretó
el gatillo. La bala, al no hallar salida, rebotó en su cráneo. Sobrevivió milagrosamente,
pero perdió un ojo y sufrió daño cerebral permanente. Su historia no fue archivada en un
informe forense olvidado, sino que se convirtió en candidata a uno de los Premios
Darwin: un galardón irónico que, desde los albores de internet, ha celebrado —con una
mezcla de horror, escepticismo y humor negro— a aquellos individuos cuya muerte o
esterilidad permanente se considera el resultado de una imprudencia tan extrema que, en
teoría, “mejora” el acervo genético humano al eliminar variantes especialmente
desafortunadas.