Antes de que existiera la palabra “aburrimiento”, existía su sombra. En el silencio de los
monasterios del desierto egipcio del siglo IV, los primeros monjes cristianos bautizaron
esa sombra con un término griego cargado de terror espiritual: acedia. No era simple
pereza, ni siquiera melancolía; era una “tristeza del lugar” —como la definió san Juan
Casiano—, un rechazo visceral a la clausura, a la rutina orante, a la quietud impuesta
por la vida ascética. El monje aquejado de acedia miraba el horizonte con ansia, soñaba
con viajes, con noticias del mundo, con cualquier distracción que rompiera la
monotonía sagrada de la oración y el trabajo manual.