En 1798, cuando los primeros ejemplares del ornitorrinco llegaron a Europa desde
Nueva Gales del Sur, los naturalistas británicos los declararon un engaño. Aquel extraño
animal, con pico de pato, cuerpo de nutria y hábitos acuáticos, parecía una burla de la
razón taxonómica. George Shaw, del Museo Británico, incluso inspeccionó
cuidadosamente las costuras del espécimen, buscando hilos de coser. Hoy, sabemos que
el ornitorrinco no es una farsa, sino una reliquia evolutiva que sobrevivió 100 millones
de años, desafiando categorías humanas con una mezcla de rasgos mamíferos,
reptilianos y aviares. Es, en todos los sentidos, un animal “increíble” —no porque sea
mágico, sino porque su existencia se sostiene gracias a mecanismos biológicos tan
exquisitos que parecen sacados de la ficción.