En la madrugada del 6 de enero de 1963, mientras gran parte de España celebraba la
festividad de Reyes con la ilusión de los niños y la normalidad aparente de una sociedad
en pleno “desarrollismo”, una catástrofe silenciosa e irreversible se producía en un
rincón apartado de la meseta leonesa. En una curva del ferrocarril entre las estaciones de
La Robla y Matallana de Torío, el tren correo número 4070, procedente de Bilbao con
destino a León, descarriló a causa de una vía deformada por el hielo y el peso excesivo
del convoy. Once vagones se precipitaron por un terraplén de más de veinte metros,
arrastrando consigo a decenas de viajeros que dormían en la oscuridad invernal. El
resultado: al menos 33 muertos confirmados —aunque algunas fuentes elevan la
cifra— y más de 100 heridos, muchos de ellos con secuelas de por vida. Fue el
accidente ferroviario más grave en España en lo que iba de siglo, y sin embargo,
hoy apenas susurra en la memoria colectiva.