El 6 de mayo de 1937, alrededor de las 7:25 de la tarde, hora local, el cielo sobre la
estación naval aérea de Lakehurst, en Nueva Jersey, Estados Unidos, se iluminó con una
luz anaranjada y violenta. En cuestión de segundos, el mayor dirigible jamás construido
—el LZ 129 Hindenburg— se convirtió en una bola de fuego que se desplomó sobre el
suelo con un rugido ensordecedor. De sus 97 pasajeros y tripulantes, 36 personas
perdieron la vida. El desastre fue captado en fotografías, filmado en movimiento y
transmitido en vivo por radio. La voz entrecortada del periodista Herbert Morrison,
diciendo “¡Oh, los humanos!”, se convirtió en un eco atemporal del horror tecnológico.