En el extremo nororiental de Eurasia, más allá del río Lena y al norte del mar de Ojotsk,
se extiende una región donde el invierno dura nueve meses y el permafrost se entierra
kilómetros bajo tierra: Kolyma. Durante la década de 1930, este rincón olvidado del
Imperio ruso se convirtió en uno de los epicentros del terror estatal soviético. Allí, en
condiciones casi extraterrestres de frío, aislamiento y desesperanza, decenas —
posiblemente cientos— de miles de personas perdieron la vida construyendo una
carretera que hoy sigue conocida como la Carretera de los Huesos (Doroga Kostei).
No fue edificada con hormigón o acero, sino con cuerpos humanos congelados,
enterrados bajo el camino para nivelar el terreno. Esta metáfora no es literaria: es
documental, testimonial y, en muchos casos, literal.