El reciente libro "1785 motivos por los que hasta un noruego querría ser español", ofrece un seleccionado catálogo de nuestras proezas en el campo de la ciencia y la tecnología, la historia, la medicina, el arte, la gastronomía, la música o la filosofía.
Se trata de un proyecto realizado en comunidad con el objeto de elevar nuestra autoestima, que, como sabemos, no es precisamente uno de nuestros fuertes como nación. Pero, en este muy sano propósito, a lo largo de los veintidós capítulos en que se diseña la obra falta explicitar el grueso de lo verdaderamente importante.
Y es que nada material de nuestro pasado, presente y hasta futuro tendría sentido sin atender a su anclaje fundamental, salvo que queramos ofrecer una visión adulcorada al estilo de la de la "Marca España", de mero autoensalzamiento con proyección utilitaria hacia lo exterior: refiérese a que la promoción de nuestra autoestima sin un integral y "espiritual" autoconocimiento de "cómo" somos los españoles sería un ejercicio de fatuidad. Y para ello no se desconoce, como se ha hecho en este canal, el interés de las comparaciones técnicas con otros pueblos, pero nunca si se hace como (inconscientemente acomplejado) punto de partida o, incluso, como innecesaria contestación a quienes, a pesar del resto, abrogan de su condición nacional. Triste el español que recuerde serlo por los logros explicitados en el libro, como vano aquel que saque pecho ante la superficialidad de tal o cual hazaña, hecho o descubrimiento, obviando los elementos consustanciales a nuestra cultura, en el sentido más amplio que merece el término.