Padre Diego Paez
Marcos 5,21–43
En aquel tiempo, Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla, y se reunió mucha gente alrededor de él.
Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo se echó a sus pies suplicándole con insistencia:
«Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que se cure y viva».
Jesús se fue con él, y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.
Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años; había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno; antes bien, iba de mal en peor.
Al oír hablar de Jesús, se le acercó por detrás entre la gente y tocó su manto, pensando: «Con solo tocar su ropa quedaré curada».
Inmediatamente se secó la fuente de su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba curada.
Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en medio de la multitud y preguntó: «¿Quién ha tocado mi ropa?».
Sus discípulos le decían: «Ves que la gente te apretuja, ¿y preguntas quién me ha tocado?».
Pero él seguía mirando alrededor para ver a la que lo había hecho.
La mujer, asustada y temblorosa, sabiendo lo que le había ocurrido, se acercó, se echó a sus pies y le dijo toda la verdad.
Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
Todavía estaba hablando, cuando llegaron unos de casa del jefe de la sinagoga diciendo: «Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar ya al Maestro?».
Pero Jesús, sin hacer caso de lo que decían, dijo al jefe de la sinagoga: «No tengas miedo; basta que creas».
Y no permitió que nadie lo acompañara, fuera de Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.
Llegaron a la casa del jefe de la sinagoga y vio el alboroto, y a los que lloraban y gritaban mucho.
Entró y les dijo: «¿Por qué alborotan y lloran? La niña no ha muerto; está dormida».
Y se burlaban de él.
Pero él, echándolos fuera a todos, tomó consigo al padre y a la madre de la niña y a los que lo acompañaban, y entró donde estaba la niña.
Tomándola de la mano, le dijo: «Talitá kum», que significa: «Niña, a ti te digo, levántate».
La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años.
Quedaron fuera de sí llenos de estupor.
Jesús les insistió mucho en que nadie lo supiera, y les dijo que dieran de comer a la niña.