PADRE GUSTAVO GODINEZ
Mateo 26, 14–27, 66
La traición
Uno de los Doce, Judas Iscariote, fue donde los sumos sacerdotes y les dijo:
“¿Cuánto me dan si se los entrego?”
Le ofrecieron treinta monedas de plata.
Desde entonces buscaba el momento para traicionarlo.
El primer día de los Ázimos, los discípulos preguntaron dónde preparar la Pascua.
Al atardecer, Jesús estaba a la mesa con los Doce.
Mientras comían dijo:
“Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar.”
Entristecidos, uno por uno preguntaban:
“¿Soy yo, Señor?”
Jesús respondió:
“El que ha mojado conmigo en el plato, ese me entregará.”
Luego tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio diciendo:
“Tomen y coman; esto es mi cuerpo.”
Tomó el cáliz:
“Beban todos de él, porque esta es mi sangre de la alianza,
que será derramada por muchos para el perdón de los pecados.”
Después cantaron los salmos y salieron hacia el Monte de los Olivos.
Jesús dijo:
“Esta noche todos ustedes se van a escandalizar por mi causa.”
Pedro respondió:
“Aunque todos te abandonen, yo no.”
Jesús le dijo:
“Antes que cante el gallo, me negarás tres veces.”
En el huerto, Jesús comenzó a sentir tristeza y angustia.
“Mi alma está triste hasta la muerte.
Quédense aquí y velen conmigo.”
Se adelantó y oró:
“Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz,
pero no se haga mi voluntad sino la tuya.”
Volvió y encontró a los discípulos dormidos.
Llegó Judas con una multitud armada.
Se acercó y dijo:
“Salve, Maestro.”
Y lo besó.
Jesús respondió:
“Amigo, ¿a qué vienes?”
Lo arrestaron.
Uno de los que estaba con Jesús sacó la espada,
pero Jesús dijo:
“Guarda tu espada.
¿Crees que no puedo pedir ayuda a mi Padre?”
Todos lo abandonaron y huyeron.
Lo llevaron ante el sumo sacerdote.
Buscaban un motivo para condenarlo.
El sumo sacerdote le preguntó:
“¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios?”
Jesús respondió:
“Tú lo has dicho.
Y verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Poder.”
El sumo sacerdote rasgó sus vestiduras:
“Ha blasfemado.”
Lo escupieron y golpearon.
Pedro estaba afuera.
Una criada le dijo:
“Tú estabas con Jesús.”
Él lo negó.
Tres veces.
Enseguida cantó el gallo.
Pedro recordó las palabras de Jesús
y lloró amargamente.
Judas, al ver que lo habían condenado, devolvió las monedas:
“He pecado entregando sangre inocente.”
Ellos respondieron:
“¿Y a nosotros qué?”
Arrojó el dinero y se ahorcó.
Llevaron a Jesús ante el gobernador.
“¿Eres el rey de los judíos?”
“Tú lo dices.”
La multitud gritaba pidiendo su crucifixión.
Pilato se lavó las manos:
“Soy inocente de esta sangre.”
El pueblo respondió:
“¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”
Liberó a Barrabás y entregó a Jesús para ser crucificado.
Los soldados lo desnudaron,
le pusieron un manto rojo,
una corona de espinas
y se burlaban:
“¡Salve, rey de los judíos!”
Lo golpearon.
Lo llevaron a crucificar.
Simón de Cirene fue obligado a cargar la cruz.
Lo crucificaron en el Gólgota.
Repartieron sus vestiduras.
Sobre su cabeza pusieron:
“Este es Jesús, el rey de los judíos.”
Se burlaban:
“A otros salvó, que se salve a sí mismo.”
Desde el mediodía hasta las tres hubo oscuridad.
Jesús gritó:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Y dando un fuerte grito, expiró.
El velo del Templo se rasgó.
La tierra tembló.
Un centurión dijo:
“Verdaderamente este era Hijo de Dios.”
José de Arimatea pidió el cuerpo.
Lo colocó en un sepulcro nuevo
y puso una gran piedra.
Las mujeres estaban allí, mirando.
Los sumos sacerdotes pidieron a Pilato vigilancia:
“No sea que sus discípulos lo roben y digan que resucitó.”
Sellaron la piedra
y pusieron guardia.
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