Jesús resucitado se manifiesta una vez más a sus discípulos. Esta vez no lo hace en el templo ni en la sinagoga, sino en el trabajo cotidiano de ellos, junto al lago. Los encuentra cansados, sin pesca, sin frutos. Él se acerca, los guía y, con solo una palabra, cambia el rumbo de su esfuerzo. Después, los espera con un desayuno sencillo, cálido y necesario. Esta escena habla de un Maestro que no solo se revela con gloria, sino también con ternura.