Hoy Fran Mezcua, Fernando Valladares, Dr. Darío Fernández, Ana Olivares, Esteban Massana, Alfonso Manjavacas, Candela Rojas e Isabel de la Iglesia.
En «El mejor día de la semana» analizamos qué ocurre en el cerebro al mentir y cómo un estrés moderado puede influir en nuestra salud, conducta y capacidad de adaptación cotidiana.
¿Qué ocurre en el cerebro cuando se miente?
Mentir forma parte del aprendizaje humano. No nacemos sabiendo hacerlo, pero lo aprendemos muy pronto por imitación y experiencia. En la entrevista hemos tratado cómo la mentira se desarrolla con la maduración cerebral, qué reacciones provoca en el cuerpo y por qué no todas las mentiras son iguales ni tienen las mismas consecuencias para nuestra salud y nuestras relaciones.
Desde el punto de vista neurológico, mentir activa una intensa respuesta automática. Dr. Darío Fernández ha explicado que "cuando mentimos se excita la amígdala cerebral, núcleo de la emoción, y se libera adrenalina y cortisol". Ese proceso eleva la frecuencia cardíaca, la tensión y el nivel de sudoración, además de aumentar el gasto energético del cerebro al sostener dos versiones de un mismo hecho.
Mentira puntual y mentira mantenida
No es lo mismo mentir una vez que hacerlo de forma habitual. Según nos ha contado, la mentira puntual exige un gran esfuerzo del lóbulo prefrontal, encargado del control y la planificación. En cambio, en la mentira mantenida "el cerebro se habitúa, la amígdala se desensibiliza y las expresiones corporales disminuyen", adaptándose al estrés que genera.
Personalidad, estrés y descanso
Hemos visto que ciertas personalidades, como las de baja empatía o alta necesidad de reconocimiento, recurren más a la mentira. Mantenerla en el tiempo genera estrés, ansiedad y sentimientos de culpa, pudiendo afectar también al sueño. En la infancia y la adolescencia, además, la mentira cambia de sentido: puede ir desde la fantasía hasta convertirse en una señal de malestar o una llamada de ayuda.
El estrés puede resultar no ser tan malo
El estrés suele percibirse como un enemigo cotidiano. Sin embargo, la ciencia muestra una realidad más compleja. En el programa hemos analizado cómo, en determinadas condiciones, esta reacción del organismo puede activar recursos útiles, mejorar la atención y ayudarnos a adaptarnos a nuevos retos sin dañarnos.
Fernando Valladares ha explicado que el estrés "es una reacción física, emocional o intelectual ante cambios o retos que nos hacen evaluar hasta qué punto podemos responder". Según sus palabras, existen dos formas claras: el eustrés, asociado a un impulso positivo, y el distrés, vinculado al bloqueo y al desgaste.
Cuando el estrés suma
Un estrés breve y moderado puede reforzar nuestra respuesta inmunológica y favorecer el enfoque. Nos ha contado que situaciones como una jubilación, iniciar una familia o asumir un nuevo trabajo generan tensión, pero también pueden sacar nuestra mejor versión. La actitud influye: una mirada optimista facilita buscar soluciones en lugar de amplificar la dificultad.
Aprender a reconducir el estrés es posible. Requiere tiempo, experiencia y reflexión personal. Comprenderlo es el primer paso. El siguiente consiste en transformar esa energía en una herramienta práctica para afrontar la vida con mayor resiliencia y claridad.