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En los meses siguientes Rios Montt puso práctica, de un modo u otro, lo esencial de este proyecto. Lo hizo a través de programas concretos, bien definidos, por lo que el analista no tiene mayores problemas para delinear las acciones principales de una gestión que resultó concreta y focalizada y que, no puede negarse, se atuvo a lo prometido en su presentación inicial.
Efraín Ríos Montt es sin duda uno de los personajes más complejos y controversiales del drama histórico guatemalteco. Aún hoy, décadas después de los sucesos que estamos relatando, se expresan sobre su persona las opiniones más dispares y divergentes, cargadas casi siempre de admiración o de odio, contrastantes y fuertes. Hay quienes piensan que fue un ambicioso que deseaba perpetuarse en el poder y otros que lo recuerdan como un verdadero estadista; quienes lo consideran un “psicópata”, “deschavetado”, que realizó un despiadado genocidio o un gobernante valiente y sincero, que llevó a cauces más racionales el enfrentamiento armado existente.
Desde tiempo atrás, los oficiales de inteligencia y el propio general Otto Spiegeler se oponían abiertamente a que se continuase la tradición de postular como candidatos –y asegurar el triunfo– de quienes fuesen los ministros de la Defensa del gobierno en funciones. El propio presidente Lucas se hizo eco de estas ideas también, aunque infructuosamente, en los meses anteriores a la campaña.
Los resultados de las elecciones del 7 marzo no arrojaron mayores sorpresas. Los datos oficiales dieron la victoria al general Angel Aníbal Guevara, seguido por Mario Sandoval Alarcón, Alejandro Maldonado Aguirre y Gustavo Anzueto Vielman, en ese orden.419 Pocos días después el congreso, controlado por los partidos del oficialismo, perfeccionó la elección y otorgó la presidencia al general Guevara. Pero el escrutinio fue cuestionado de inmediato por todos los candidatos perdedores y un clima de profundo malestar se extendió por el país. No eran muchos los que estaban dispuestos a aceptar pasivamente estos resultados.
Resulta difícil calificar al sistema político vigente entonces en Guatemala como una democracia liberal, respetuosa de la ley, abierta a todas las formaciones políticas que quisiesen participar en el juego político y llegar al poder. Pero tampoco puede decirse, en propiedad, que el país viviese una dictadura. El sistema vigente, por razones bastante claras, se apartaba un poco de los modelos que tradicionalmente la ciencia política ha utilizado para clasificar a los regímenes políticos concretos.
No se piense que los sucesos que acabamos de relatar, cruciales para el futuro de Guatemala, acaparaban entonces la atención de la opinión pública nacional. Las peculiares circunstancias que vivía el país hacían que ese violento enfrentamiento quedase como en segundo plano, amortiguado en sus repercusiones: sus ecos llegaban a la capital y afectaban a quienes debían viajar al occidente del país, por cierto, pero no por eso alcanzaban a transfigurar la vida de quienes habitaban la ciudad de Guatemala. El país no vivía realmente como en guerra, y solo en ciertas áreas del interior se podía percibir la situación de un modo diferente.
Chupol es un caserío, enclavado en la montaña, que queda muy cerca de la carretera Panamericana que atraviesa toda Guatemala. Cuando, viniendo desde la capital por esta vía, se entra al departamento de El Quiche, el viajero penetra en una especie de desfiladero, rodeado de elevaciones que llegan hasta los 3,000 metros de altura. Allí, según se relata, habría comenzado a fines de 1981 la verdadera contraofensiva que hizo retroceder a la guerrilla del EGP hasta los pocos baluartes que le quedaron más tarde. En realidad la ofensiva comenzó un poco más hacia el este, cerca de Chimaltenango, pero Chupol debe recordarse como el sitio en que se libró una de los encuentros más intensos y decisivos de todo el enfrentamiento armado en Guatemala.
Dos fueron los cambios principales que se iniciaron. El primero fue adoptar una actitud diferente hacia la población civil, acabar con la represión indiscriminada y tratar de ganarse a la gente. El cambio de actitud que habían experimentado los campesinos convergía así con el que se daba ahora en el ejército, provocando un aislamiento fatal para las fuerzas guerrilleras. Los civiles, en este nuevo enfoque, se convertían entonces en la población que era necesario ganar para la causa, no en los odiados sospechosos que colaboraban con la subversión.
El segundo, más táctico y estratégico, contribuyó a acelerar el declive de la acción guerrillera en varios puntos de la geografía nacional. El ejército dejó de estar encerrado en sus cuarteles, como si se tratara de una guerra regular contra un enemigo convencional y pasó, gradualmente, a adoptar muchos de los métodos de lucha de los propios guerrilleros.
La situación en que habían quedado los campesinos, mayormente indígenas, se había vuelto realmente intolerable. “La gente ya no tenía salida, no podíamos trabajar, no podíamos vivir”; estaban acosados por la guerrilla y por el ejército, controlados en todos sus movimientos, sin poder atender sus milpas y sus pocos animales, atemorizados y empobrecidos por un conflicto que no daba señales de terminar y cobraba cada vez más vidas. Algo se debía hacer, pensaban, para acabar con un estado de cosas que los llevaba a la ruina.
No es posible comprender a fondo lo que sucedía en las zonas donde actuaba la guerrilla si no se toma en cuenta el papel que jugó la Iglesia Católica durante este período del conflicto armado. Catequistas, misioneros y sacerdotes abrazaron con mayor o menor pasión la lucha social, llegando algunos a incorporarse a la guerrilla del EGP, colaborando otros de un modo algo menos directo, o asumiendo –según los casos– posiciones menos comprometidas, pero siempre favorables a la lucha social y críticas del orden establecido. En el Quiché la propia diócesis asumió posturas bastante radicales.
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