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Los campesinos de las áreas en conflicto, en varios departamentos del occidente, se vieron atrapados así entre dos fuegos, impotentes para escapar a las mortales amenazas que sobre ellos se cernían, encerrados en un círculo del que no podían salir. Miles de vidas fueron destrozadas, millares perecieron, tuvieron que huir o vieron como sus familias quedaban deshechas. Y la tragedia fue peor porque, cada vez que un bando recurría a la violencia y cometía alguna atrocidad, el otro bando respondía de forma si se quiere más brutal o más sangrienta, provocando una escalada que, en muchas ocasiones, llegó hasta extremos demenciales.
Con este amplio y diversificado apoyo, con la existencia paralela de otras organizaciones que, como las FAR y la ORPA, mantenían sus propios frentes independientes de lucha, el EGP se sintió cada vez más fuerte a medida que concluía la década de los setenta y los acontecimientos internacionales iban creando un marco cada vez más propicio a la consumación de sus objetivos. Su meta final estaba ya al alcance de sus manos, o al menos así lo parecía.
La idea de golpear al ejército para luego desaparecer, básica para la acción guerrillera, no podía resultar efectiva a largo plazo si no se lograba, paralelamente, una sólida base de apoyo, un respaldo efectivo y entusiasta entre la población campesina. Solo un respaldo creciente, que se convirtiera en una amplia movilización de “las masas”, podía expandir el núcleo inicial de combatientes hasta convertirlo en un verdadero ejército que, como en China o en Vietnam, pudiese desafiar al poder central y finalmente derrotarlo.
La estrategia general de un movimiento guerrillero consiste en concentrar sus fuerzas hacia objetivos limitados, golpear con toda la efectividad posible y luego dispersarse otra vez hacia regiones que son poco accesibles, o donde resulta posible diluirse en medio de la población civil. La guerrilla parte de la constatación de una inferioridad de fuerzas, por lo que se ve obligada a rehuir todo combate abierto –que podría destruirla de una vez ante la disparidad de efectivos existente– y a utilizar la táctica de realizar pequeñas pero continuas emboscadas cuando las condiciones le resultan favorables.
Los cuerpos de seguridad habían comenzado a interesarse cada vez más por ciertas actividades que, en algunas residencias de la ciudad, parecían demostrar que allí se concentraban militantes guerrilleros. La red de informantes policiales permanecía atenta y, se dice que con ayuda de expertos argentinos, logró encontrar que en ciertas casas había un movimiento inusitado que se reflejaba en altas facturas mensuales de teléfonos y de electricidad. No era para menos, pues se habían relajado las normas de seguridad y, en el constante movimiento al que obligaba la lucha, vivían en algunas casas de la guerrilla hasta cincuenta personas.
Ya hemos comentado333 que la política exterior de Jimmy Carter se basaba en dos ejes: defender los derechos humanos, en especial contra las acciones de los gobiernos del continente que más actividades represivas realizaban, y promover una serie de reformas que pretendían quitar la razón de ser a la insurgencia comunista, realizando parte de su programa, tomando sus banderas contra lo que se percibía, en el Departamento de Estado sobre todo, como el dominio de una cerrada oligarquía insensible a los justos reclamos populares.
Entre las acciones más destacadas de 1980 cabe mencionar los atentados fallidos que, posiblemente ejecutados por el EGP, trataron de eliminar a dos conocidas figuras del régimen, el Ministro de Gobernación, Donaldo Alvarez y el jefe de la Policía Nacional, general Germán Chupina. Se realizaron pocos días después de la toma de la embajada de España, posiblemente como represalia contra quienes se consideraba responsables por las muertes ocurridas, colocando poderosas cargas de dinamita ante el paso de los vehículos de esos funcionarios.
Durante los años 1979 y 1980 se fueron multiplicando las acciones armadas de la guerrilla en un país que se iba hundiendo, sin pausa, en el camino de la violencia. El EGP, sobre todo, que ya tenía varios años actuando en las zonas poco pobladas del norte del Quiché, se fue mostrando gradualmente más audaz en sus objetivos y sus métodos de lucha.
Buena parte de la opinión pública, en los días y semanas siguientes, respaldó al gobierno del general Lucas destacando la dudosa conducta del embajador Cajal, a quien se sindicó como cómplice de la acción de los ocupantes y responsable –al menos parcial– de los trágicos hechos ocurridos. Pero no sucedió así fuera del país, donde la imagen del gobierno quedó seriamente afectada. España, en un gesto inusual, rompió relaciones con Guatemala, poniendo de relieve el hecho de que la policía había entrado a la embajada, un recinto extraterritorial, sin la autorización del diplomático acreditado en el país. Con su ostensible rechazo, para ser más precisos.
Diversos son los puntos que nos parece necesario comentar, antes de proseguir con el relato histórico que desarrollamos en este libro. El carácter del tema, tan espinoso, y las innumerables acusaciones que se han lanzado a lo largo de los años, nos parece que así lo demandan.
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