
Sign up to save your podcasts
Or


La guerrilla rural, en apariencia, había sido casi totalmente eliminada de Guatemala. Dispersado el foco de nororiente las emboscadas y los enfrentamientos en el campo disminuyeron notablemente, sobre todo a partir de 1973. Pero esto no se debió en absoluto a que los dirigentes marxistas hubiesen renunciado a la lucha armada y a la estrategia guerrillera, sino a las particulares circunstancias que vivieron los diversos grupos marxistas durante estos años.
En vez de una lucha política cada vez más institucionalizada y de consensos cada vez más amplios, Guatemala mantuvo un nivel de violencia bastante elevado y no logró integrar a las minorías de extrema izquierda a un sistema político que se fue volviendo, a su vez, gradualmente más rígido y menos abierto. La terrible lógica de las acciones y reacciones violentas, de la retaliación y de la guerra, fue imponiéndose otra vez, como en los años cincuenta, en un proceso largo y complejo que iremos presentando en los siguientes capítulos.
Como en toda la América Latina, en aquellos tiempos, izquierdas y derechas compartían un mismo credo económico intervencionista, que otorgaba al estado un papel decisivo como promotor del desarrollo económico. La visión que tenía el equipo de Arana, en tal sentido, no se apartaba mayormente de la que habían desarrollado el PR en el gobierno anterior, por lo que el presidente decidió aceptar el plan económico que había preparado el Consejo de Planificación Económica bajo la dirección del economista Gert Rosenthal, el mismo que a su vez había servido como plataforma programática para el candidato del PR en las pasadas elecciones.
Carlos Arana escogió un gabinete bastante representativo de las variadas fuerzas que lo apoyaban.
El país que recibía la administración de Arana era pródigo en contrastes y complejo en su panorama político y social, pero avanzaba con paso bastante firme en la senda del progreso. Nada hacía suponer que ocurriría una trágica ampliación de la violencia en la década siguiente y que Guatemala se vería envuelta en un conflicto armado desgarrador, de prolongadas consecuencias.
El Partido Revolucionario había llegado a la campaña electoral con bastante optimismo. Es cierto que, por un lado, el gobierno no había realizado los cambios sociales que algunos esperaban, al estilo de los dos primeros gobiernos de la revolución, pero en cambio sí podía decirse que el país marchaba bien en lo económico, avanzando en la construcción de su infraestructura y en el lento mejoramiento de las condiciones de vida de su población. La ciudad capital, sobre todo, se modernizaba de modo acelerado, aumentaba su actividad económica y cultural e iba acercándose con rapidez a la cifra del millón de habitantes.
Mientras comenzaba la campaña electoral para las elecciones de 1970 y las fuerzas políticas definían sus candidatos, organizaban sus equipos y comenzaban a poner en marcha la maquinaria propagandística necesaria para concurrir con éxito a los comicios, se producían a la par innumerables actos de violencia política que darían un tinte sombrío a todo el panorama político nacional.
Mientras proseguían las discusiones y las divisiones en el seno del movimiento guerrillero, algunos militantes y pequeños grupos trazaban ya renovadas estrategias y preparaban nuevos teatros de acción. En este tiempo se echarían las bases para el surgimiento del nuevo frente guerrillero que comenzaría a crearse en el occidente del país, en San Marcos sobre todo, gracias a la acción de algunos militantes que se trasladarían a México y que, desde la frontera, comenzarían a realizar acciones en el territorio nacional.
El partido revolucionario era un partido de corte socialdemócrata, para nada revolucionario en un sentido marxista, y que por lo tanto estaba comprometido con alcanzar el desarrollo económico a través de una amplia intervención del estado, pero respetando a la vez como piedra angular el principio de la propiedad privada. Sus miembros propugnaban una extensa política social pero no un cambio radical del orden existente y, por lo tanto, eran acusados por los guerrilleros de no ser otra cosa que reaccionarios o reformistas que se escudaban detrás de un discurso de izquierda.
Muchos serían los sacerdotes y pensadores cristianos que, después del Concilio Vaticano II y de las sucesivas encíclicas difundidas por el papado, intentaban definir teológicamente las nuevas posiciones que la iglesia iba adoptando ante el mundo. Después de Medellín, en toda la América Latina, surgían interpretaciones, cada vez más audaces, que intentaban colocar en un adecuado marco evangélico las preocupaciones y la actividad de una iglesia que se había acercado apresuradamente al mundo y que trataba de construir un mensaje coherente y renovado.
From the publisher's feed