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Ante las divisiones en el seno del clero, ante la confusión que reinaba en muchos espíritus en una época de turbulencias políticas y continuos cambios sociales, la jerarquía eclesiástica de América Latina decidió afrontar la situación creada y fijar posición frente a los principales temas en debate.
En el curso de muy pocos años, se creó toda una organización que nucleaba en su seno a los estudiantes que demostraban mayor vocación para pasar a la acción y una inclinación revolucionaria más definida. El centro pronto asumiría el más sugerente el nombre de Cráter, al que se acercarían estudiantes de la USAC y miembros de la JPT vinculados a las guerrillas.
Marian llegó como misionera al país a mediados de los años cincuenta y fue destinada al colegio Monte María. Era uno de los mejores colegios de la ciudad, pero Marjorie sintió, después de algún tiempo, que no podía conformarse con enseñar las materias convencionales a las jóvenes que estudiaban en ese ambiente exclusivo. Su preocupación ante las diferencias sociales que encontró en el país fue estimulando su vocación por la lucha social, despertando sus deseos de cambiar el mundo en que vivía, y que le resultaba en verdad intolerable. “Para entonces yo estaba obsesionada con la desesperada pobreza de Guatemala”,
Nos hemos referido muchas veces en este libro al ejército –una de las dos instituciones que fueron los pilares de la Guatemala tradicional–, pero poco hemos dicho hasta ahora de la otra, la iglesia católica, fuerza espiritual pero a la vez política, que siempre ha tomado parte en el debate de las ideas y también, sin duda, en más mundanos conflictos.
Turcios, que tenía apenas 25 años al momento de su muerte, había sido un cadete destacado –becario en Fort Benning, Estados Unidos, donde fue entrenado en lucha antisubversiva– y uno de los alzados del 13 de noviembre de 1960. Era un hombre carismático, inteligente y de buen carácter, capaz de unir tras de sí a muchas de las personas y grupos que creían en la lucha armada como método de acción. Por eso había logrado aglutinar alrededor de las FAR a un importante núcleo de combatientes que provenían tanto de los militares que se sublevaron del 13 de noviembre como de la izquierda radical y estudiantil.
El ejército, a partir de 1966, fue dando mayor importancia a la aniquilación de los focos guerrilleros –sobre todo en el área de la Sierra de las Minas– y pronto alcanzó resultados favorables a sus objetivos.
Lo primero que hizo el nuevo gobierno fue presentarse ante la población como el “tercer gobierno de la revolución”, una forma algo provocativa de definirse, pues se evocaba implícitamente el fantasma de Árbenz y se desconocía cualquier continuidad que pudiesen haber reclamado ciertos seguidores de Carlos Castillo Armas, también él un personaje de la revolución de 1944. Pero en la práctica el gobierno de Méndez Montenegro no resultó conflictivo ni tuvo la pugnacidad propia de los antecesores de los que se sentía heredero, sino que optó por una política bastante consensual,
En un ambiente caldeado se llegó a un acuerdo entre el alto mando militar y los nuevos gobernantes, plasmado en un texto que permaneció secreto durante mucho tiempo y que solo vio la luz cuando Clemente Marroquín Rojas, vicepresidente electo, lo denunció e hizo público en su periódico muchos años después.
Mientras el ejército se lanzaba a una acción más intensa y coordinada para aniquilar la guerrilla que subsistía en el nororiente del país, sus mandos, todavía en el poder, decidieron tomar medidas para evitar que el nuevo gobierno que se instalaría en junio de 1966 actuase de forma contraria a sus intereses.
El 7 de enero de 1966, a dos meses de las elecciones, la guerrilla emboscó a un destacamento del ejército en Sunzapote. La acción en sí no fue importante ni desde el punto de vista militar ni en el plano político, pero tuvo sin embargo repercusiones y consecuencias muy serias. Uno de los caídos fuese un oficial, el capitán de infantería José Dolores Amézquita, del cual se ha dicho que tenía cierta vinculación con la guerrilla. Esto dejó un sabor amargo a los triunfantes guerrilleros, pero mucho más doloroso resultó aún para los cuadros del ejército que comenzaron a comprender los alcances que podría tener para ellos una lucha rural a la que no habían dado todavía demasiada importancia.
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