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El 2 de marzo de 1930, Mahatma Gandhi le envió una carta al virrey de la India, Lord Irwin, pidiéndole eliminar el impuesto a la sal. Al no obtener respuesta, diez días después emprendía la que se conoció como Marcha de la Sal, con la intención de denunciar el monopolio con el que el gobierno británico explotaba las minas de este mineral en la India. Tras recorrer casi 400 kilómetros, llegó a la costa del océano Índico, donde recogió en sus manos un puñado de sal, un gesto simbólico con el que alentaba a sus compatriotas a violar el monopolio, que obligaba a todos los indios a pagar un impuesto sobre la sal y les prohibía recolectarla. Su ejemplo fue seguido por todo el país, desafiando a los británicos. Gandhi fue arrestado y puesto en libertad nueve meses después, cuando el virrey decidió reconocer el derecho de los indios a explotar los recursos salinos. Esta legendaria movilización fue una de las pocas que han cambiado el rumbo de la historia, pero fue una mujer gallega la que protagonizó la protesta más larga de la historia, que llegó a prolongarse durante los mandatos de cinco presidentes de los Estados Unidos de América: Concepción Picciotto, 35 años frente a la Casa Blanca.
Hoy aprovechamos para invitar a todos los oyentes a la presentación de mi tercer libro: Historias de Galicia que nadie te había contado, el viernes 29 de diciembre a las 20 de la tarde junto con Quincemil y Ediciones Arenas, en la Delegación de la ONCE, en A Coruña.
Y no estaré solo, sino que me acompañarán el doctor Diego González Rivas, uno de esos genios gallegos de los que hablo en mis historias y que, estoy convencido, algún día será, premio Nobel de Medicina y Pablo Grandío, director y fundador de Quincemil, otro genio y amigo que quizá no ganará un Nobel, pero sí que creo que ha conseguido algo muy difícil: crear escuela en su manera de buscar noticias, en su manera de contarlas y, sobre todo, en su manera de hacerlas cercanas y que también ha escrito uno de los prólogos de mi libro.
Y, por supuesto, tendremos una maravillosa maestra de ceremonias, Mayte González, a la que aprovecho desde aquí, desde su casa, aunque hoy no esté aquí, para agradecerle que haya aceptado acompañarnos ese día.
En este acto hablaremos sobre algunas de las historias que incluye este tercer libro, historias como la de Carmela Arias, la Condesa de Fenosa, una mujer que iba destinada a ser un florero y que se convirtió en una de las personas más poderosas de Europa.
O la de la teoría que afirma que Cristóbal Colón era gallego, una teoría de la que en el libro recopilo muchas pruebas con las que, al menos, se puede llegar a dudar.
Otra historia, completamente desconocida es la de los 2.000 gallegos que fueron esclavizados en Cuba. 2.000 gallegos que fueron engañados por un político que los vendió allí al mejor postor.
Y por supuesto no puede faltar una de mis historias favoritas: cuando John Lennon y Salvador Dalí quisieron hacer el Camino de Santiago desde Madrid junto a un ejército de hippies.
Espero que me ayudéis a convertir este tercer libro en un éxito tan grande como han sido los dos primeros y os invito a todos a acompañarnos este viernes a las 20 de la tarde para charlar un rato sobre algunas de estas maravillosas historias.
Un hombre se despertaba por la mañana en Ourense. Fuera de casa nevaba y dentro, asombrosamente, le pareció que también lo hacía. Unos minutos más tarde perdía la vista. La noche anterior se había tomado una copa de licor café adulterado. Esta historia real es una de tantas que provocó el conocido como Caso del metílico, un envenenamiento masivo que puso en circulación más de 120.000 litros de alcohol adulterado, un alcohol que estaba destinado a la fabricación de combustible para aviones. Una farmacéutica asturiana fue la que destapó el caso, ya que nadie había encontrado la relación entre todas las muertes acaecidas ese 1963. Hubo juicio y culpables, pero no hubo justicia porque, debido a los intereses económicos y políticos del Franquismo, no se juzgó como homicidio involuntario, sino como un atentado contra la salud pública. Esta es la historia del Caso del metílico, un envenenamiento provocado por la avaricia, la ignorancia y la falta de control sanitario.
El 4 de octubre de 1957, la URSS ponía en órbita el Sputnik, el primer satélite artificial de la historia de la humanidad, una esfera de 50 centímetros de diámetro que emitía un “bip” cada pocos segundos en una frecuencia fácil de captar por cualquier radioaficionado, un inteligente movimiento para que, quien así lo deseara, pudiese registrar sus pasos sobre el cielo. Dos físicos estadounidenses sospechaban que todo aquello era un engaño de los soviéticos, así que se pusieron a trabajar hasta que, a media tarde, ya escuchaban aquel “bip”. La noticia se difundió en la Universidad de Maryland y pronto averiguaron que, por efecto Doppler, podían saber si el satélite se acercaba o se alejaba, así como su velocidad, dando con la técnica para calcular la trayectoria de un satélite. El director del Departamento de Física les propuso el problema inverso: ¿Podría averiguarse la posición de un objeto receptor en la Tierra que captara la señal de un satélite conociendo la órbita de dicho satélite? Tras unos intensos días de cálculos descubrieron que sí, que era posible. Aquel sistema de localización llegaría a ser conocido como Global Position System: GPS. Años antes, la Alemania nazi había concebido el Sistema Consol, un sistema de radiofaros creado para detectar la posición de sus submarinos, barcos y aviones en medio mundo y que Franco autorizó instalar en España. Una de las estaciones de seguimiento de aquel sistema estuvo en Lugo, en un lugar que forma parte de la huella dejada por el Tercer Reich en Galicia: las Torres de Arneiro.
La Revolución Francesa de 1789 llevaría a la creación, en poco menos de diez años, de un estado completamente nuevo que pasaba de monarquía absolutista a república, en el que ya no había súbditos, sino ciudadanos y en el que la sociedad dejaba de estar dirigida por la aristocracia y el clero. Inevitablemente, el mundo miraba fascinado este modelo de renovación integral que se tomó como ejemplo en lugares en los que se perseguía la soberanía del pueblo, la libertad política y la igualdad. La importancia para nuestra civilización fue tan extraordinaria que la Revolución Francesa marca en la historiografía la división entre Edad Moderna y Contemporánea, entre absolutismo e igualdad. Además, los ecos de la Revolución propiciaron la creación de plataformas liberales que se levantarían en armas por todo el mundo para lograr avances democráticos que rompieran los lazos heredados de la Edad Media. Entre todos esos alzamientos, uno se produjo en una pequeña comunidad al noroeste de la Península Ibérica que no solo quería acabar con un gobierno absolutista, con los abusos o con el centralismo, sino que buscaba la libertad, no solo para ellos, sino para todo el país. Aquella pequeña revolución gallega, que podía haber sido nuestra propia Revolución, dio origen a un símbolo que todavía es recordado, aunque muchos ya se han olvidado por qué: los Mártires de Carral.
El 26 de agosto de 1944, tras la liberación de París de las garras nazis, un desfile triunfal recorría los Campos Elíseos de París. En aquella marcha participaban varios cientos de españoles que desfilaban con los cascos de los soldados alemanes pintados de azul. Cuando Charles De Gaulle los vio, preguntó: "¿Qué hacen todos esos españoles desfilando con las fuerzas de Francia?". Se lo habían ganado. 1.200 españoles se habían alistado como voluntarios en las fuerzas de la Francia Libre, mientras que entre 8.000 y 9.000 más lo habían hecho en otras unidades. Aquellos españoles estuvieron presentes en todos los teatros de operaciones en los que intervinieron las tropas que comandaba De Gaulle en la Segunda Guerra Mundial y habían sido clave para la liberación de París y de Francia. Entre aquellos guerrilleros que habían sido expulsados de su propio país tras una guerra que perdieron, se encontraban varios gallegos, de los que muchos ni siquiera conocemos su historia. Uno de ellos, gracias a una ametralladora, fue capaz de parar el avance de toda una columna alemana, proporcionando un valioso tiempo para permitir la llegada de refuerzos y evitar una masacre de civiles. Un gallego que sacrificó su vida para vencer a los nazis en Francia y al que en su propio país pocos conocen: Máximo Ingilde Maseira.
El 22 de marzo de 1895 los hermanos Lumière proyectaban la primera “película” de la historia del cine. Ese día nacía un nuevo género de arte y de comunicación, marcando un hito en la historia de la Humanidad. En Estados Unidos, el cine tuvo un éxito arrollador, y en un pequeño pueblo llamado Hollywood, encontraron las condiciones ideales para que naciera el más importante centro cinematográfico del mundo, la “Meca del Cine”. Las estrellas de cine eran creadas por los propios estudios y mitificados como dioses por el público. Las superestrellas actuaban, vestían, hablaban y llevaban una vida marcada por las productoras, lo que les convertía más en unos personajes creados que en personas reales. En España un gallego intuyó que podría hacerse rico con el cine y decidió apostarlo todo por este negocio. Este hombre no solo produjo más de 130 películas y creó a sus propias superestrellas (Carmen Sevilla, Sara Montiel, Paquita Rico, Joselito, …), sino que levantó de la nada todo un imperio cinematográfico y convirtió a María Dolores Flores Ruiz en “La Faraona”. Esta es la historia de Cesáreo González Rodríguez, el gallego que convirtió a España en la meca del cine hispanoamericano.
En la Europa medieval se creía que el contacto con los restos de los santos tenía propiedades sanadoras y espirituales. De ahí que se desarrollara un intenso tráfico de reliquias en el que no faltaron los casos de fraude, llegando a extremos disparatados. En la actualidad, entre otras, se veneran 63 dedos y 16 cráneos de San Juan Bautista, 3 cordones umbilicales y 600 dientes de Jesucristo, cientos de litros de leche de la Virgen María, un estornudo del Espíritu Santo y un suspiro de San José. Entre aquellos que se volvían locos con las reliquias se encontraba una de las órdenes militares católicas más poderosas de todos los tiempos: La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Salomón, los Templarios. Y entre todas las reliquias que poseyeron a lo largo de sus casi 200 años de vida se encontraba una extraordinaria pieza que trajeron a Galicia, donde le erigieron un santuario y que, siglos más tarde una flota francesa profanó. Esta es la historia la batalla naval de Muros, la primera batalla naval moderna del Atlántico, y en la que Francia fue humillada tras robar el brazo de plata de San Guillermo de Fisterra.
La Armada convirtió a España en el primer imperio global de la historia durante más de dos siglos, ya que el Imperio español fue, en gran medida, un imperio marítimo construido en torno a los océanos y dependiente del comercio transoceánico. La Armada Española fue la primera potencia náutica del mundo y, durante siglos, una de las tres más importantes del planeta. Gracias a ella se creó la primera ruta de comercio mundial de la historia, el Galeón de Manila, nombre con el que se conocían las naves que cruzaban el Océano Pacífico entre Filipinas y los puertos de México, en un trayecto que les llevaba hasta España y que sumaba alrededor de 15.000 millas náuticas, la ruta más larga de su época. Pero antes de la creación de la Armada Española, y para defender su indefensa tierra de los piratas que la asolaban, un gallego creó la que es considerada como la primera marina de guerra organizada conocida en la Península Ibérica, precursora de la Marina de Castilla y de la Armada Española. Su fundador fue un personaje esencial en la historia de Galicia, un legendario arzobispo de Santiago de Compostela: Diego Xelmírez.
El 20 de septiembre de 1982 se estrenaba en España una película, producida por Steven Spielberg, que marcó un antes y un después en nuestra forma de entender el miedo: Poltergeist. Esta historia nos contaba cómo una familia empezaba a experimentar fenómenos sobrenaturales en la casa a la que acababan de mudarse, y donde la hija pequeña se convierte en su principal víctima, dejándonos una frase icónica para la historia: “Carol Anne, ve hacia la luz”. Pero esta ficticia familia no fue la única que sufrió circunstancias paranormales, ya que delante y detrás de las cámaras sucedieron cosas terribles, llegando a afirmarse que los rodajes de “Poltergeist” estaban malditos por utilizar esqueletos humanos reales y que hasta seis miembros del equipo de esta saga de películas habían fallecido. Lo cierto es que en todas las películas de la trilogía se hicieron exorcismos y se bendijo el set de grabación, antes y después de empezar a rodar, para evitar los sucesos que años después inspirarían la conocida como maldición de Poltergeist. Fuera realidad o ficción, lo que ocurrió mucho antes, en un pequeño pueblo gallego, no solo fue corroborado por multitud de testigos, sino que hasta la iglesia realizó un informe oficial sobre una pequeña casa que albergó el primer caso documentado de poltergeist de la historia de España: a Casa do Demo.
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