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Las primeras evidencias de la navegación a vela pueden encontrarse en las primeras grandes civilizaciones. Se han hallado embarcaciones a vela en tumbas egipcias que datan del año 3.200 antes de Cristo y existen pruebas de que los sumerios también las usaron para navegar por el Tigris y el Éufrates en la misma época, así como en China, unos 500 años más tarde. El primer material que se utilizó para las velas de estas embarcaciones fue el papiro, ya que crecía de forma abundante a las orillas del Nilo, aunque con el tiempo se fue sustituyendo por opciones más adecuadas, ya que cuando se mojaba perdía propiedades. La creación de la vela fue el acontecimiento más importante en la historia de la navegación y por ello se dedicaban ingentes recursos para su fabricación y mejora. Las fábricas de velas solían estar situadas en lugares fortificados y bien defendidos, ya que su control era imprescindible para el funcionamiento de las flotas de guerra de cada país. En el siglo XVII, un par de empresarios de Flandes decidieron que un pequeño pueblo gallego de pescadores sería el lugar perfecto para levantar su fábrica de velas. Llegó a ser un imperio textil tan importante que desde Inglaterra se transmitieron quejas formales a España y se llegó a producir el primer caso de un asesinato industrial cometido en nuestro país. Esta es la historia de la Real Fábrica de Jarcia y Lona de Sada, el imperio textil que asombró a Europa.
En el siglo III antes de Cristo, el sucesor de Alejandro Magno, Ptolomeo I, dio orden de construir en la isla de Faros, frente a la ciudad de Alejandría, un faro de grandes proporciones y dimensiones que sirviera de referencia a los navegantes del Mediterráneo. Con sus 150 metros de altura, fue durante siglos fue una de las estructuras hechas por el hombre más altas del planeta, identificada por Antípatro de Sidón como una de las siete maravillas del mundo. Su importancia fue tan vital para la navegación que era conocido como la Luz del Mediterráneo, gracias a un espejo que durante el día reflejaba la luz del sol y por la noche la de una hoguera. Durante más de diez siglos fue un símbolo y una referencia para los marineros y navegantes, hasta que un seísmo lo derribó en el siglo XIV. Sus restos todavía yacen hoy en las aguas del puerto, e incluso en la zona costera se puede admirar una parte de la que fue su puerta de entrada. En Galicia también tenemos un faro legendario, la Torre de Hércules, el faro romano en funcionamiento más antiguo del mundo, pero quizá uno de los que más vidas ha salvado desde que su construcción es el faro de Cabo Vilán, el primer faro eléctrico de la historia de España, cuyo nacimiento se debió a uno de los mayores naufragios de la Costa da Morte, el del crucero de la Marina Real británica HMS Serpent, una tragedia que cambió para siempre la seguridad marítima mundial.
En mayo de 1939, Bob Kane y Bill Finger publicaban “El caso del Sindicato Químico” en el número 27 de la revista Detective Cómics (DC Cómics). Se trataba de la primera aparición en sociedad de un millonario justiciero, Bruce Wayne, quien, disfrazado de murciélago, impartía justicia en la ciudad de Gotham y al que llamaron “The Bat-man”. Kane se basó en el personaje de la película “La marca del Zorro”, de 1920, interpretada por el actor Douglas Fairbanks, para dotar a su propio personaje con algunas de sus cualidades. Al igual que Batman, el Zorro también tenía una identidad secreta, Don Diego de la Vega, ambos vestían de negro, eran millonarios gracias a sus padres, ocultaban su rostro tras una máscara o un antifaz y luchaban contra las injusticias. Para concebir el personaje del Zorro, su creador se había basado en un personaje real, un irlandés que había sido corsario, capitán de los tercios, espía, revolucionario e impostor, llegando a hacerse pasar por hermano de Felipe IV. Aquel hombre, que tomaría el nombre de Guillermo Lombardo de Guzmán, no solo inspiró al Zorro, Batman o Superman, sino que es considerado uno de los precursores de la independencia de México. Esta es la historia de un superhéroe que estudió en Galicia: William Lamport.
Entre los años 249 y 251, en Roma se trató de imponer culto al emperador Decio. Durante su reinado, el emperador visitó la ciudad anatolia de Éfeso, donde exigió a la población realizar un sacrificio a los dioses paganos, una petición a la que se resistieron siete jóvenes nobles. Decio les dio tiempo para reflexionar y partió esperando que a su vuelta hubieran renegado del cristianismo o, de lo contrario, serían ejecutados. Los siete jóvenes decidieron donar todas sus posesiones a los pobres y se escondieron en una cueva, donde fueron descubiertos mientras dormían por soldados romanos, quienes taponaron la boca de la cueva para que muriesen en su interior. Sin embargo, los jóvenes siguieron durmiendo sin despertar ni sufrir hambre, sed o frío. Durante el reinado de Teodosio II, entre los años 408 y 450, el Imperio ya había abrazado el cristianismo, y un hombre ordenó abrir la cueva de los durmientes para usarla como establo. Pero para su sorpresa, los muchachos despertaron creyendo que seguían en la época de Decio. Los Siete durmientes, también conocidos como Durmientes de Éfeso fueron canonizados tanto por la Iglesia católica como por la ortodoxa. De esta leyenda hay testimonios escritos en, al menos, nueve lenguas medievales y se conserva en más de doscientos manuscritos. Lo que pocos saben es que un evento similar ocurrió en Galicia, en los montes de Meis, en la provincia de Pontevedra. Allí, un antiguo caballero de la corte de Alfonso VII y fundador del monasterio de Armenteira, estuvo 200 años dormido: Ero de Armenteira.
Marco Gavio Apicio fue un delicado y glotón romano del siglo I de nuestra era que invirtió ingentes sumas de dinero en conseguir los más refinados manjares y elaborar las recetas más complicadas y codiciadas de todo el Imperio. A él se le atribuye la invención del foie gras a partir del hígado de gansos alimentados con higos y también se le adjudica la autoría “De re coquinaria” un recetario en latín (que realmente es una obra del siglo IV) que enseña trucos culinarios para reutilizar las sobras o para preparar platos similares con complejidad y costes diferentes. A este romano también se le atribuye la primera descripción del "tyropatina", el primer flan de la historia, cuyo origen se encuentra en los griegos y fenicios y que en aquella época no era dulce, sino que se le añadía pimienta en vez de azúcar y acompañaba a las comidas saladas. En la Edad Media, el "tyropatina" se convirtió en un plato muy popular durante la Cuaresma, período en que estaba terminantemente prohibido comer carne, aunque pocos podían cocinarlo, ya que los huevos eran escasos y caros, y comenzó a elaborarse una variante dulce, siendo bautizada como “flado”. Tiempo después, en Francia y España, esta variante dulce comenzó a servirse como postre invertido y con una salsa de caramelo, tal como lo conocemos ahora, y pasó a llamarse “flan”. Pero este milenario plato alcanzó su mayor éxito cuando un ingenioso gallego diseñó a mediados del siglo XX una receta que lo hizo asequible para todos los bolsillos y fácil de elaborar, convirtiéndolo en el postre de todo un país. Gracias a su creación, este emprendedor construyó un imperio que perdura hasta nuestros días. Así fue como José Ferro Rodeiro pasó de fabricar el flan chino mandarín a crear Plásticos Ferro y convertirse en el rey gallego del plástico.
En 2019, un equipo de arqueólogos realizaba un extraordinario descubrimiento en un yacimiento en Zambia: la estructura de madera más antigua jamás encontrada. Datar estas piezas de madera no fue sencillo, teniendo que emplear una técnica para medir la radiactividad natural de los minerales que la cubrían, para determinar cuándo había estado expuesta a la luz solar por última vez. Así fue como dataron la estructura en 476.000 años. Si tenemos en cuenta que los primeros fósiles de Homo sapiens datan de hace 300.000 años, este descubrimiento sugiere que una especie mucho más antigua comenzó a utilizar herramientas mucho antes de lo que se creía, utilizándolas para dar forma y unir dos grandes troncos formando una estructura que, probablemente, componía los cimientos de una vivienda. Desde tiempos muy remotos, la madera es y ha sido vital para nuestra civilización, ya que nos ha permitido resolver múltiples necesidades, desde darnos abrigo, hasta permitirnos construir vehículos u obtener energía. Por este motivo, la industria maderera es clave para cualquier país y por eso, hace más de un siglo, un hombre decidió crear una industria que no existía en Galicia y que revolucionaría el sector. Aquel hombre era Manuel García Cambón y su sueño se llamaba Financiera Maderera SA, FINSA.
José López Redonda, conocido en Fisterra como Pepe de Olegario, dedicó toda su vida a la pesca de un pez tan especial como escaso: el mero. Este tesoro marino, codiciado por su sabor y su precio, rara vez se encuentra cerca de la costa y prefiere esconderse en profundidades protegidas, entre restos de naufragios, cascos de barcos y viejas anclas. En su incansable búsqueda del mero, Pepe descubrió algo más que peces: halló cientos de naufragios olvidados a lo largo de la legendaria Costa da Morte. Fascinado, no solo los localizaba, sino que investigaba sus historias y recordaba a las víctimas de estos trágicos accidentes. Durante más de cuatro décadas, creó extraordinarios mapas náuticos que registran más de mil naufragios, un testimonio del porqué estas costas llevan su temido nombre. Hoy, esas cartas se exhiben en lugares como el Museo Naval de Madrid o el Parador Nacional de Muxía, sin embargo, uno de los misterios más oscuros que envuelven a estos naufragios es la de los piratas de tierra que, según se cuenta, engañaban a los barcos durante los días de tormenta desorientándolos y conduciéndolos a su perdición para saquear su carga y sus riquezas. Esta es la leyenda de los “raqueiros”.
A principios del siglo XIX, la ropa se hacía completamente a mano. Las familias y los fabricantes de ropa cosían los pantalones, camisas, zapatos y vestidos con aguja e hilo, lo que provocaba que el sector textil no avanzase demasiado, hasta que en 1846 Elias Howe lo cambió todo al patentar la primera máquina de coser de la historia. Este invento hizo posible la producción masiva de ropa a gran escala, cambiando la industria para siempre. En 1851, Isaac Merritt Singer, un inventor de Boston, Massachusetts, introdujo en el mercado la primera máquina de coser a escala para uso doméstico. Su patente se publicó el 30 de mayo de 1854 y, aunque las primeras Singer se basaban en el concepto de Howe, más tarde patentaron varias innovaciones que se convirtieron en el estándar de todas las máquinas de coser. Además, en 1856, el socio de Singer, Eduard Clark, comenzó a vender sus máquinas a plazos, provocando una revolución que acabó causando que el negocio fuese creciendo, hasta que, en el año 1858, lanzaron un nuevo modelo más pequeño, ligero y manejable al que llamaron “Family” y que transformó la industria textil mundial. Singer continuó con su crecimiento y expansión, abriendo fábricas en Europa y permitiendo que, hacia el año 1875, su empresa ya fuese valorada en más de 13 millones de dólares, y que hoy en día sea el mayor fabricante de máquinas de coser. Lo que no se imaginaba Isaac Singer era que su negocio llegaría a ser amenazado por unos emprendedores gallegos que lanzarían una máquina revolucionaria desde un lugar insospechado: un astillero. Así nacieron las Refrey.
El 28 de marzo de 1809 Vigo se convertía en la primera localidad de Europa que lograba expulsar a los ejércitos de Napoleón de una plaza conquistada. Además, desde la ciudad olívica se organizaría la ofensiva que expulsaría de Galicia al ejército imperial de Bonaparte, cuya pretensión era la de instalar en el trono español a su hermano. La población civil padeció los efectos de esta guerra en la que tanto los franceses como los aliados de España se cebaron con ellos saqueando y devastando el patrimonio, la industria o las infraestructuras que consideraban una amenaza para sus propios intereses. Los ingleses llegaron a bombardear la industria textil de Béjar, competidora de la inglesa, o la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro en Madrid, cuando los franceses ya habían evacuado la capital. Pero lo que inicialmente parecía que iba a ser un paseo militar se transformó para Napoleón en un infierno que absorbía unos recursos que no tenía y que necesitaba en otros lugares de su Imperio. En Galicia, la población civil se enfrentó con uñas y dientes a los franceses y fue aquí donde, durante una fría noche de 1809, dos destacamentos de dragones, doscientos soldados de élite del ejército francés, desaparecen junto a sus armas, equipos y caballos. Una desaparición que asombró y aterrorizó al mismísimo Napoleón, que provocó su ira y activó una terrible venganza con la que arrasó pueblos y personas. Los cuerpos nunca fueron encontrados y, a día de hoy, sigue siendo un misterio lo que allí aconteció. Esta es la historia de una fría noche en la que 200 soldados de Napoleón desaparecieron sin dejar rastro de la faz de la Tierra.
A lo largo de la historia cada época ha tenido su pandemia. Partiendo de la Antigüedad y hasta el siglo XVII, la enfermedad más mortífera era la peste negra. Durante el siglo XVIII lo fue la viruela, el siglo XX vivió la gripe, el SIDA y el ébola y durante el Siglo actual parece que la covid-19 será nuestra gran pandemia, aunque todavía queda mucho Siglo... En el siglo XIX existió una enfermedad que mató a 10 millones de personas en todo el mundo y que sigue matando a 20.000 personas al año: El Cólera. Esta es la historia de una pandemia que casi mató a la mitad de la población de la ciudad de A Coruña y a más de 200.000 personas en toda España.
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