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La llamada de Jesucristo -ese paso de la muerte a la vida, esa conversión- tiene ese sentido de una nueva creación. Dios nos ha "re-creado" en Cristo. Y esa recreación se realiza en nosotros a través del bautismo, que nos hace hijos de Dios, que nos construye por dentro. Se realiza nuevamente cada vez que nosotros volvemos al Señor, cada vez que nosotros nos convertimos a Él. Esta palabra de Jesús, “Sígueme”, es, sobre todo, una llamada a la conversión. Una llamada que el Señor nos dirige a cada uno de nosotros.
La palabra “fileo” y la palabra “agapao”, de esta viene ágape. “Fileo” es amor, pero es una clase de amor que tiene una cierta imperfección, que tiene fisuras, que es compatible con actitudes de egoísmo, e incluso de vanidad y de simulación. Sin embargo, el amor propio del cristiano es el amor “agapao”, es decir, el amor macizo, sin fisuras, puro, perfecto. A este amor estamos llamados. Esto es lo que quiere el Señor que vivamos, eso es lo que Él quiere.
Lo esencial no se puede deconstruir, no se puede desarmar, si no es a costa de destrozarlo, de romperlo. Lo mismo pasa con Jesucristo. A Jesucristo tenemos que reconocerlo como es, aceptarlo como es, y no podemos, de ningún modo, quedarnos con aquella cosa que nos gusta, que nos agrada, que colma nuestras aspiraciones, nuestros proyectos, nuestras apetencias; dejando de lado aquello que questiona nuestra forma de pensar o de vivir. Y la razón es esta: que lo esencial no se puede desarmar. Nosotros al contemplar a Jesús, ¿que es lo que contemplamos? Pues contemplamos al Verbo de Dios, a la segunda persona de la Santísima Trinidad, que se ha encarnado, se ha hecho hombre en las purísimas entrañas de María Santísima y ha venido a este mundo para salvarnos y para liberarnos de la esclavitud del pecado. Eso es lo esencial. Y eso hay que reconocerlo y hay que acogerlo como la gran misericordia que Dios nos tiene.
Toda cuestión mariológica lleva implícita una cuestión cristológica, pues nos encontramos con que María está en el principio del anuncio de un tiempo nuevo en el cual, a través de la Virgen, se aplastará la cabeza de la serpiente. Esto es sumamente importante. De esta manera, la Virgen Santísima se muestra a toda mujer como el modelo a seguir. Si la Virgen es modelo a seguir, es por una razón muy sencilla, porque supo colocar su libertad en el ámbito de la justicia, y el ámbito de la justicia no es otra cosa, sino el ámbito de la voluntad divina.
Todos los años, como Iglesia que somos, nos reunimos para celebrar la Pasión, la Muerte y la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Aunque todos los años repetimos los mismos gestos, oímos los mismos textos evangélicos, anunciamos las mismas palabras de petición; no por eso es algo aburrido, estéril, algo que sobra, añadidos tontos, pues a través de estos signos, de estas palabras, de estos gestos, se nos comunica, cada vez más, la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Habéis oído cómo dice el Señor : "El que se ha lavado no tiene necesidad de volverse a lavar. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos", porque sabía quién lo iba a entregar. ¿En que consiste este lavatorio y cuál es el agua que nos lava? El agua que nos lava es el amor de Dios, es el amor manifestado en Jesucristo. Y vosotros os habéis dejado lavar, habéis acogido, mediante la fe, el amor de Cristo, nuestro Señor. Y por eso dice: “vosotros estáis limpios”. Está limpio el que acoge el amor de Dios y, por eso, la limpieza se verifica a través de un encuentro, de una relación: el encuentro con Cristo, la relación con Cristo, que lleva, necesariamente, a la "secuela Christi”, es decir, al seguimiento de Cristo.
Dice San Juan de la Cruz que la fe es cierta y oscura. No solamente se hace referencia al contenido de la fe de verdades, como la Trinidad o la presencia de Cristo en la Eucaristía o la existencia del infierno, sino que toda la palabra de Dios es cierta, porque Él es la Verdad. Pero es oscura, porque nosotros tenemos un pensamiento, una capacidad muy limitada de comprensión de la palabra de Dios. ¿Cómo comprender nosotros, por ejemplo, lo que aparece en la primera lectura, que es el horror del pecado? Porque, aunque envuelto en un lenguaje mitológico, no quiere decir que sea irreal, sino que es un tipo de lenguaje que, en parte, manifiesta y, en parte, mantiene en la oscuridad realidades que son en sí mismas muy oscuras. La realidad que hoy la Iglesia nos pone a nuestra consideración es el pecado, que es una realidad destructiva del hombre. Lo primero que hace el hombre que está en el pecado es esconderse. Se esconde de Dios. ¿Por qué? Porque tiene miedo, a veces terror.
La palabra de Dios, que es luz y sendero luminoso para los que creen en Él, en orden a llegar a la salvación eterna, que es el cielo, viene constantemente en nuestra ayuda. Viene, iluminándonos y dándonos también fuerza para que podamos caminar. Y la fuerza nos la da con la misma palabra suya y con la palabra hecha sacramento, es decir, el Cuerpo de Cristo y la Sangre de Cristo, que es manjar que ceba leones, es decir, que nos hace fuertes, que nos hace invencibles ante los ataques del demonio. Si yo soy débil, necesito fortaleza, y esa fortaleza me la da Jesucristo Eucaristía. La Eucaristía es Cristo que se inmola por nosotros y se hace pan vivo para nosotros, para alimentarnos. Nos concede su misma vida, que da para que, llenándonos con la vida divina podamos vivir esta vida con la alegría de los hijos que saben que caminan hacia la patria celeste.
En la riqueza que tienen los gestos de la liturgia de hoy, podemos mirar un poco el abismo de belleza del evangelio, que siempre nos ilumina. Ocho días despues del nacimiento del Niño, la Virgen María y San José lo llevaron para su circuncisión. Y nos recuerda esto a Gálatas 4, donde nos dice San Pablo que "en la plenitud de los tiempos" -tan solemnemente-, "nacido de una mujer, nacido bajo la ley". Llegó Dios a la tierra y quiso vivir bajo la ley: circuncidado, para ser hecho hijo de la ley, entra a formar parte del pueblo de Israel, el pueblo de Dios, escogido por Dios, cuando es Dios mismo el que está haciendo ese gesto y es claro que no era necesario que Jesús lo hiciera. Pero nos dice la Escritura que era muy conveniente para que nosotros aprendieramos también esa docilidad y ese saber respetar los caminos que Dios ha puesto a través de sus sacramentos y a través de la institución de la Iglesia.
En la primera lectura, el autor de la Carta a los Hebreos nos hace ver a Jesucristo, que es el templo vivo de Dios, no un templo hecho con manos humanas, donde el sumo sacerdote entraba para ofrecer la sangre de un macho cabrío por sus pecados y por los del pueblo; “Jesús”, dice el autor de la Epístola a los Hebreos, “entra en un templo superior", para ofrecer allí, en su propio cuerpo, su propia sangre como sumo sacerdote, como propiciación por nuestros pecados”. Y dirá, entonces, el Señor que su sangre, que es su propia vida humana, tiene un poder más grande para el perdón de los pecados que la sangre que hacía una purificación externa y ritual, ofrecida por el sumo sacerdote todos los años. Cuando nosotros celebramos la eucaristía, cuando el sacerdote toma el cáliz y pronuncia las palabras consacratorias, transformando el vino en la sangre de Cristo, dice: “Este cáliz es el cáliz de mi sangre, sangre de la nueva y eterna alianza que se derrama por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados”. El gran anuncio que hace la Iglesia al celebrar la Eucaristía es que la sangre de Cristo derramada tiene un sentido, el derramamiento de sangre, la efusión de sangre de Cristo, de todo su cuerpo herido por tantas maldades -nuestros pecados-, tiene como objetivo, como objeto, como finalidad, el perdón de nuestros pecados. Y son muchos, son muchos nuestros pecados. Pero, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, es decir, la misericordia de Dios, que llena toda la tierra y la purifica. Cada vez que nosotros nos juntamos aquí para celebrar la eucaristía, estamos celebrando este acontecimiento, que es para nosotros ganancia.
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