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La naturaleza del plan de Dios, a quienes va dirigido, quienes son sus abrazados se ve en el humilde escenario del nacimiento de Jesús. Con Dios no hay lugar para los complejos de inferioridad con respecto a cómo puede utilizarnos y lo que llevamos a la tarea. Más que estar dispuestos a ir donde nos lleve la voluntad de Dios se trata de entender que él puede ayudarnos a vencer cualquier limitación que llevemos a la tarea. En la fidelidad hay fortaleza espiritual. Lucas quiere, no solo que veamos a María como a la humilde madre de Jesús, sino también como un ejemplo de fe. Como Elisabet representaba a quienes se alegran al ser utilizados por Dios, María nos habla de ir dondequiera que Dios nos lleve, sabiendo que él proveerá cualquiera cosa que sea necesaria.
¿Dios quiere realmente que sepamos lo que esta haciendo?, creo que si, solo es necesario estar atentos. Cuando nos entretenemos o nos preocupamos por cosas que no tienen sentido muchas veces no vemos los detalles, o los vemos pero a simple vista no parecen encajar en el tiempo.
Mensaje predicado por el pastor Sergio Richaud, el domingo 23 de octubre desde la Iglesia Cristiana Evangélica Bautista "Pueblo de Dios", en Caseros 1367, Barrio Güemes, Carlos Spegazzini, Ezeiza, Buenos Aires.
Creo que deberíamos darle a María un lugar mayor que el que hoy tiene. Su ejemplo, pero también una cuestión hereditaria tal como pasa con Abraham, (Genesis 12:3), de tal modo que hoy se puede hablar de él como “padre de la fe” o “padre de naciones”. María lejos de ser un simple adorno de madera y yeso, es madre de gracia, y eso es innegable.
El ángel saluda a María con la expresión, «¡tú que has recibido el favor de Dios!» (v. 28). Se trata de una recepción de la Gracia divina que tiene su raíz en la Soberanía divina. Hay siempre razones para gozarse cuando Dios decide mostrar su presencia por medio de su Gracia. Así, el Señor está con ella (v. 28). Su temor inicial se calma cuando el ángel explica la razón de su presencia. Dios le «ha concedido su favor» (v. 30): una segunda indicación de que ella es objeto de la Gracia de Dios.
Dios la honra, no por sus propios méritos o porque haya hecho algo que lo merezca, sino por el mero hecho de que es la vasija escogida para esta demostración de la Gracia de Dios. Dios da una señal de que estos acontecimientos se están produciendo. El ángel revela que su parienta dará a luz un hijo en su vejez, y le recuerda que «para Dios no hay nada imposible». Igual que en el caso de Zacarías, este comentario indica que Dios puede cumplir su palabra y lo hará.
En nuestro espacio del CLUB DE LECTURA COMUNITARIA, terminamos el libro "¿Quien dijo que la vida (NO) tiene sentido?" y en este ultimo encuentro pudimos compartir con su autor, quien nos cuenta su impresión, su intención, a varios años de haberlo escrito, la mirada desde hoy. Una charla amena con el Dr. Eduardo Tatángelo.
Desde la Iglesia Cristiana Evangélica Bautista "Pueblo de Dios", en Caseros 1367, Barrio Güemes, Carlos Spegazzini, Ezeiza, Buenos Aires.
En esta segunda parte de voces en la soledad, vemos la historia personal de Zacarías y Elisabet. Este piadoso matrimonio había vivido con una profunda frustración, por no haber conseguido tener el niño que tanto anhelaban (algo que Elisabet llega a llamar «vergüenza». v. 25).
Mensaje del evangelio predicado por el Pastor Sergio Richaud el 2 de Octubre de 2022, en la Iglesia Cristiana Evangélica Bautista "Pueblo de Dios", en Caseros 1367, Barrio Güemes, Carlos Spegazzini, Ezeiza, Buenos Aires.
Teniendo en cuenta que la venida de Jesús es según la promesa y Palabra de Dios, los lectores de Lucas pueden tener toda certeza, ya que Dios cumple sus promesas. Este tema fundamental domina toda la sección. Dios cumplirá lo que dice. Sin embargo, antes de pasar a este periodo de la infancia de Jesús y a un suceso de su preadolescencia, Lucas introduce toda su obra con un corto prefacio que expresa la razón por la que escribió su Evangelio.
“El tiempo ha llegado a ser para mí el bien supremo. Cuando veo a los hombres pasearse, vagar o malgastar el tiempo en discusiones vanas, me dan deseos de ir a una esquina a tender la mano como un mendigo: Dadme una limosna, buenas personas; dadme un poco del tiempo que perdéis, hora, dos horas, lo que queráis”.
Nikos Kazanzakis
“Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo: un tiempo para nacer, y un tiempo para morir; un tiempo para plantar, y un tiempo para cosechar; un tiempo para matar y un tiempo para sanar; un tiempo para destruir, y un tiempo para construir; un tiempo para llorar, y un tiempo para reír; un tiempo para estar de luto, y un tiempo para saltar de gusto; un tiempo para esparcir piedras, y un tiempo para recogerlas; un tiempo para abrazarse, y un tiempo para despedirse; un tiempo para intentar, y un tiempo para desistir; un tiempo para guardar, y un tiempo para desechar; un tiempo para rasgar, y un tiempo para coser; un tiempo para callar, y un tiempo para hablar; un tiempo para amar, y un tiempo para odiar; un tiempo para la guerra, y un tiempo para la paz”.
(Ecl. 3: 1-11)
Una frase pintada en una de nuestras populosas ciudades rezaba: “¿Hay vida después del nacimiento?”. Esta sentencia cargada de ironía y también de desencanto, refleja uno de nuestros climas de época. Las personas están cada vez menos preocupadas por una vida después de la muerte y, como contrapartida, enfocadas a que el tiempo entre el nacimiento y la muerte tenga sentido. Si pensamos a vuelo de pájaro en las personas que vivieron en la Antigüedad, en la Edad Media o incluso en la primera Modernidad, vemos que este interés estaba de algún modo invertido. Las personas estaban muy preocupadas por su destino “eterno” (como le gustaba decir a cierto discurso religioso) que por lo “pasajero” de esta vida. Si bien era una actitud “piadosa”, como todo clima de época, esta mirada extendida hasta el más allá sobrevolaba de algún modo todas las conciencias, piadosas o no. No hay duda que esto ha cambiado, incluso se ha modificado en las conciencias religiosas. Cada vez pastores, sacerdotes e iglesias hablan menos del cielo y del infierno: es que cada vez estamos menos preocupados por ellos. Hablamos en cambio con mayor asiduidad e interés sobre como apañárnoslas con esta vida. Parece que hemos llegado a la conclusión que bastante tenemos con ella, como para pensar en la otra. Como todo cambio cultural, esto no es en principio ni bueno ni malo. Pero sí estamos en condiciones de señalar algunos de los efectos de cada una de esas mentalidades: la enfocada al más allá -que pertenece al pasado- y la enfocada al “más acá”, que domina en nuestros tiempos. (Pag. 107-108)
La muerte no es más que un sueño y un olvido.
“Las generaciones van y vienen, pero la tierra nunca cambia. El sol sale y se pone, y se apresura a dar toda la vuelta para volver a salir. El viento sopla hacia el sur y luego gira hacia el norte. Da vueltas y vueltas soplando en círculos. Los ríos desembocan en el mar, pero el mar nunca se llena. Luego el agua vuelve a los ríos y sale nuevamente al mar. Todo es tan tedioso, imposible de describir. No importa cuánto veamos, nunca quedamos satisfechos. No importa cuánto oigamos, nada nos tiene contentos. La historia no hace más que repetirse; ya todo se hizo antes. No hay nada realmente nuevo bajo el sol. A veces la gente dice: « ¡Esto es algo nuevo!»; pero la verdad es que no lo es, nada es completamente nuevo. Ninguno de nosotros recuerda lo que sucedió en el pasado, y las generaciones futuras tampoco recordarán lo que hacemos ahora.
En algunas culturas de África, se considera que la muerte no es un instante -como la concebimos en occidente-, sino un proceso. Ese proceso, se inicia con la muerte biológica, pero se prolonga sobre el recuerdo de la comunidad de la que la persona formó parte. Nadie está definitivamente muerto mientras alguien en su aldea puede recordar su nombre. Esto señala al hecho de que la muerte no es un acontecimiento que se produce en el plano de lo biológico o personal, sino que sus repercusiones y significado se extienden sobre lo afectivo y lo social. Mientras se nos recuerda y se nos nombra, de alguna manera seguimos vivos, pero morimos definitivamente cuando se nos olvida.
Haga el lector el sencillo procedimiento de tomar un trozo de papel y escribir los nombres de sus antepasados directos a los que aún pueda recordar. Empezamos con el nombre de nuestros padres y abuelos, luego bisabuelos… ¿y más allá? Alcanzamos con suerte a recordar el nombre de nuestros predecesores familiares en dos generaciones; con mucha mayor fortuna (o tradición familiar) podríamos recordar hasta la cuarta generación, pero no más. Comprobado esto, tenemos una cuasi certeza: dentro de cuatro generaciones ya nadie nos recordará. Es decir, seremos devorados por ese otro enemigo implacable: el olvido. Después de comprobar que la muerte es el gran enemigo que clausura nuestra existencia relativizándola, el autor de Eclesiastés nos presenta así a la última razón del sinsentido. ¿Para qué tanto preocuparse y afanarse, si a la larga será como si no hubiéramos existido?
El olvido es una especie de “segunda” muerte que termina por borrar el paso de una vida humana por esta tierra. (Pag. 98)
Les escribo estas cosas a ustedes que creen en el nombre del Hijo de Dios, para que sepan que tienen vida eterna. (1 Juan 5:13)
La salvación entrecortada, intermitente, limitada, eso no es un concepto que podemos hallar en la Biblia. Las Escrituras no contienen ningún ejemplo de una persona que fue salva, luego se perdió, luego se volvió a salvar y luego se perdió de nuevo. Donde no hay seguridad de salvación, no hay paz; sin alegría. ¿Es esta la vida que Dios crea? La gracia de Dios crea un alma confiada que declara: “no me avergüenzo, porque sé en quién he creído, y estoy seguro de que tiene poder para guardar hasta aquel día lo que le he confiado.” (1 Corintios 14:12)
1 Juan 5:13 dice: “Les escribo estas cosas a ustedes que creen en el nombre del Hijo de Dios, para que sepan que tienen vida eterna”.Se nos invita a confiar en el poder de Dios, su lealtad y confianza no dependen de nuestra fidelidad. Lo que el hace no depende de nuestros actos. Su amor no depende del nuestro. Su luz, en nuestra oscuridad a veces parece parpadear, ¡pero de ninguna manera podrá apagarse!
Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios.
¿Podés vivir siendo perfecto por un día? ¿Es demasiado no? ¿Y una hora? ¿Te parece mucho? Debo admitir que yo no puedo. Y si no podemos vivir sin mandarnos una macana por al menos unos pocos minutos, estamos en serios problemas. Proverbios 10:16 dice que somos malos y que “El salario del justo es la vida; la ganancia del malvado es el pecado.”. ¿Dónde está la salida? Miremos lo que Jesús hace con nuestra basura. La lleva a la Cruz.
Dios habla en Isaías 50:6: “Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a los que me arrancaban la barba; ante las burlas y los escupitajos no escondí mi rostro.”. Combinada con Su sangre y sudor estaba la esencia de nuestro pecado. El ejercito celestial de ángeles estaban a una orden de distancia. ¿Podrían haber servido a su Rey y quitarlo de esa posición indigna y no merecida? Podrían haberlo hecho, pero Jesús nunca se los mandó. El que eligió los clavos, también eligió los escupitajos. ¿Por qué? Dice el himno “Glorioso Intercambio”… ¿Cómo puede ser que el Bueno y justo, se hizo hombre y fuera a morir por el más vil pecador?
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