Karina Mariani Editoriales

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By karina marianiNewsPolitics
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Karina Mariani Editoriales episodes

  • Una salud para gobernarlos a todos
    Las pandemias reales no son comunes y no se están volviendo más comunes, como señaló la OMS en 2019, se trata de eventos raros. Han ocurrido aproximadamente una vez por generación durante los últimos 120 años y la mortalidad se ha reducido drásticamente. El evento COVID-19 se destaca de las pandemias anteriores no por su gravedad sino debido a las respuestas agresivas y desproporcionadas recomendadas por OMS en contra de las pautas existentes de la misma OMS. Los daños de estas respuestas son enormes y aún se están listando, tanto en la salud, como en la economía y la estabilidad política mundial. Vale decir que a partir de una rareza histórica, como reconoce la OMS que son las pandemias, se está impulsando un proceso de sumisión inmediato que, por lo pronto, garantizará la repetición de los desastres cometidos en la respuesta covídica. La agenda pandémica no puede exceptuarse del claro sistema de las transferencias de ganancias y riqueza sin precedentes en el contexto geopolítico y de la suspensión criminal de los derechos y garantías que ojalá, algún día, tenga su merecido juicio y castigo.
    Esta iniciativa, que van a debatir los liberticidas de siempre durante todo este año, revertirá la dirección de la salud pública internacional retrocediendo hacia un autoritarismo colonialista sin precedentes. La excusa ya fallida de la salud busca imponer una gobernanza apoyada en los valores que el mundo creyó haber archivado luego de la segunda mitad del siglo pasado. El Tratado tendrá un impacto nefasto en toda la sociedad, eliminando derechos, aumentando la pobreza y atentando contra todo ordenamiento democrático. Queda sólo un año para enfrentar la locura y buscar un poco de sentido común, luego: «Es peligroso, Frodo, —dijo Gandalf— cruzar la puerta. Pones un pie en el camino, y si no cuidas tus pasos, nunca sabes a dónde te pueden llevar».
    por Karina Mariani
    17 min
  • Kirchnerismo, 20 años en el país de los ciegos
    Si todavía, casi 80 años después, resulta difícil explicar el ascenso y vigencia del peronismo, imaginen, amables lectores, cuánto más complicado es hacer lo propio con un designio en curso, vivito y coleando: el kirchnerismo. Es que, para hablar del kirchnerismo, es necesario dar cuenta de sus múltiples esquinas: la política, la histórica, la criminal, la sociológica, la psicológica, la estética, la antropológica, la económica. Esta cronista ruega a fe, como el honrado Puck, que no se agobien de antemano por enfrentar esta descripción que no dejará de parecer una novela trágica. Y, si este relato tiene la fortuna de escapar del silbido de la serpiente, procurará entretenerlos, entre tanto. De lo contrario, llamadla embustera.
    por Karina Mariani
    22 min
  • Influencers degustando cucarachas o el turno de la distopía alimentaria
    La lucha de los granjeros de los Países Bajos debería ser una enorme bandera roja, una señal de alarma ante un proceso mucho más grande. Christianne van der Wal, ministra del gobierno neerlandés, aseguró en el Congreso respecto de las expropiaciones a las que los sometieron que: «No hay ninguna oferta mejor que la del Gobierno» y afirmó que las «compras obligatorias se harían con todo el dolor en el corazón», si fuera necesario. Se trata del mayor exportador de carne de Europa y uno de los mayores exportadores agrícolas del mundo, la saña con estos granjeros no es casual. Al mismo tiempo la UE impone su agenda a países de América inventando restricciones a la compra de alimentos disimulando, detrás de una mascarada verde, un proteccionismo obsoleto y un colonialismo regulatorio. Las mismas o similares medidas se están implementando en otros países europeos, donde los gobiernos están alentando a los agricultores a abandonar sus propiedades y medios de vida en favor de industrias sustentables. Es claro el colapso que se provocará en el rubro de alimentos en un momento en que el mundo enfrenta los problemas, en el sector, provocados por los cierres, las cuarentenas y la actual guerra ruso-ucraniana.
    Resulta ridículo y procaz que justo en el momento en que nuestro desarrollo como especie consigue el hito de poder producir todo el alimento necesario para los miles de millones que somos, un puñado de obsesos nos quiere convencer de que renunciemos a eso para comer gusanos y cucarachas. El turno de la distopía alimentaria es eso, un intento ridículo y procaz, uno más para controlar tantos aspectos de nuestra vida como sea posible, desde nuestros datos de salud, pasando por nuestros ahorros y compras, siguiendo por nuestra movilidad, nuestra privacidad hasta llegar a la comida que comemos.
    por Karina Mariani
    17 min
  • Terrorismo identitario, ¿tiene límites la autopercepción?
    Si al igual que todos los otros rasgos de identidad, la edad no es más que una construcción social, y esto es lo que plantea la transedad, el hecho de que alguien pueda ser biológicamente mayor o menor de 18 años, no significará necesariamente que se identifique con esa edad. Entonces, si un niño puede sostener que se identifica con otro género y ser sometido desde tempranísima edad a tratamientos que afirmen su autopercepción, ¿por qué no podría un niño igual de pequeñito autopercibirse como de 35 años y así consentir prácticas sexuales, consumo de drogas, mutilaciones o la participación en un crimen? Con una edad mayor que su «cronoedad» que además fuera fluida, ¿cuál sería el límite?
    La ideología y narrativa basada en la autopercepción como constructora de colectivos es terrorismo identitario. Es frágil y endeble como un castillo de naipes, y si se toca uno sólo de los naipes se cae ese andamiaje falsario en el que todas las categorías citadas se sostienen entre sí. De manera tal que no veremos ni un centímetro de retroceso en sus ideólogos, ni siquiera frente a las peores aberraciones e injusticias. El terrorismo identitario sólo puede correr hacia adelante y doblar la apuesta. De nuevo, el cielo es el límite.
    por Karina Mariani
    19 min
  • La Humanidad no es una plaga; los eugenésicos, sí
    «La urgencia de salvar a la humanidad es casi siempre un falso frente para el ansia de gobernarlo», decía Henry Louis Mencken. ¿Cómo es que intelectuales, políticos, científicos y artistas siguen con el mismo cantito, y sobre todo: por qué encuentran tanta amplificación mediática?. Posiblemente la respuesta se encuentre en que el pánico artificialmente generado demanda control y eso les seduce. Pero los sistemas complejos, como nuestra sociedad, no necesitan control ni son dables a la planificación para su funcionamiento, por tanto, lo que les asusta es la libertad, y eso no cambia aunque pasen los siglos. La paradoja malthusiana se encuentra en que cuantas más personas somos, más ingenio individual y cooperativo hay en el mercado. La sociedad humana se corrige a sí misma, más somos, más recursos tenemos, más mejoramos la vida, más luchamos contra la enfermedad. Los recursos no son limitados porque no lo es el ingenio humano. No somos plaga, somos nuestra propia bendición. Las evidencias saltan a la vista, cada vez menos pobres, más alimento, más agua potable, más años de vida.
    ¿Puede Beato, en su erudición, desconocer esto? No parece probable, sin embargo se suma al concierto de los que proclaman «cercenar la expansión de la plaga humana», aunque por cierto nunca empiezan por casa a aplicar sus recomendaciones. La eugenesia sigue vigente porque es un instrumento más de la ingeniería social, de esa ideología que pretende diseñar a la sociedad, arrogarse el derecho de decidir qué cosa es el bien común, qué cosa es la felicidad, que cosa se debe RESETEAR. Un mero mecanismo de control que demanda, fanáticamente, que nos autopercibamos una plaga. Acá hay otro resabio nazi, el de repetir una mentira hasta que algo quede, old habits die hard.
    por Karina Mariani
    18 min
  • Salve al planeta, cancele la «agenda verde»: análisis de un delirio occidental
    Actualmente la energía eólica y la solar alcanzaron el 12% de la electricidad necesaria mundial en 2022, según el último informe ‘Global Electricity Review’ elaborado sobre datos correspondientes a 78 países, los cuales representan el 93% de la demanda mundial. El citado informe de JP Morgan indica que la demanda mundial de petróleo no va a disminuir en los próximos 20 años, pero seguramente evolucionará hacia productos más eficientes si no se llena al mundo de obstáculos para su crecimiento. Todo progreso conseguido en materia energética se logró a pesar de la agenda climática y no como consecuencia de ella, y aún cuando se diera por bueno el paradigma climático defendido por ONU, considerando que países como China e India son los principales emisores del globo y que no están dispuestos a sacrificar un ápice de desarrollo para cumplir agendas empobrecedoras, la tiranía verde aplicada a los países que apenas emiten, carece por completo de sentido. Para sorpresa de nadie, quienes promueven la alarma climática procuran disimular estos datos fundamentales. A lo mejor para esto servía hacer del ecologismo un dogma religioso.
    Tal vez sea hora de terminar con medio siglo de una «agenda verde» hipócrita, histérica, proteccionista y jactanciosa que ha conseguido empobrecer y esclavizar a Occidente, y sólo ha beneficiado a un enjambre de ONG succionadoras de subsidios, y a las capas y capas de burócratas «especializados». El crecimiento de la población y su búsqueda de prosperidad y bienestar no se van a detener, es momento de hacérselo entender al ecologismo desquiciado.
    por Karina Mariani
    16 min
  • Dylan Mulvaney o la crueldad del «capitalismo moralista»
    El «producto Dylan Mulvaney» pasará de moda. Ojalá Dylan ahorre un poco. El «capitalismo moralista» seguirá su curso hiperadaptado al dogma woke, un dogma tan controlador y frustrante que con su sola existencia ha desarrollado una opresión irrespirable. No hay duda de que esta locura, este fanatismo y este sinsentido hacen ruido. Tiene que levantar alguna incomodidad que se convierta en una estrella de la opinión pública una persona cuyo mérito es transmitir, en vivo, la forma en que toma medicamentos.
    Pero no es Dylan, Greta o las tortugas marinas el centro del problema. De nuevo, son ofrendas sacramentales. La cuestión es si la incomodidad social, ante el avance de la normatividad woke irá más allá de un par de semanas de no afeitarse con Gillette o de dispararle a una lata de Bud Light. Porque si se trata sólo de estas acciones, estamos ante la picadura de un mosquito en el trasero de un hipopótamo. Gillette y Nike lo saben, por eso siguen su camino de adaptación sacrificando un par de dólares, un par de clientes y un par de víctimas sacramentales. Se entiende que no hay boicot lo suficientemente fuerte como para hacerlas desistir de los beneficios de las normas DEI y de la moralina pegajosa que ha atrapado a tantas compañías.
    Se preguntaba Quintana Paz si este era el mundo en que queríamos vivir, un lugar donde los burócratas y los CEO corporativos dictaminen la ética pública. A la luz de los resultados cuatro años después, viendo cómo el «capitalismo moralista» se ha hiperacelerado, pareciera que la respuesta es SÍ. Tal vez la solución no sea atacar las consecuencias sino las causas, por una cuestión de lógica y también por simple eficiencia. No es por el lado de atacar la decisión privada como se cambia esta distopía, es en el marco decisional del ciudadano, vale decir: la política, donde se deben hacer los boicots.
    Sin los amañados criterios coercitivos de la liturgia woke, sin acciones afirmativas en favor del activismo identitario, sin leyes que atenten contra la igualdad ante la ley, sin dejar que el poder público ingrese a la vida privada de los ciudadanos; se termina el «capitalismo moralista» y su normatividad colonialista. Y el marketing empresarial deberá volver a mirar al mercado, a competir por la calidad de sus productos y no por el favor de un par de maníacos con Síndrome de Hubris.
    por Karina Mariani
    18 min
  • De automóviles y gorriones
    No explicar claramente la imposibilidad de que la electromovilidad reemplace al automóvil tradicional en cantidad y precio no es casual. Demonizar el uso del combustible fósil como si se tratara de un capricho de contaminadores locos y malvados permite ocultar la importancia social y económica que representa la energía barata en el desarrollo de nuestras sociedades. No hace falta ser un genio para conocer los límites de la transición energética, la corrupción que surge de las regulaciones e incentivos «verdes» y el inevitable encarecimiento que está volviendo a la energía un producto apto sólo para ricos. Es claro quienes serán los que van a sufrir las consecuencias de las políticas públicas extraviadas.
    La política centralizada y coordinada de exterminio de la movilidad particular expone algo más: el ejercicio descontrolado del poder. Obligar a las personas a regresar a la dependencia es afianzar el paternalismo como voluntad autoritaria por sobre sus preferencias y derechos, bajo falaces acusaciones de insolidaridad. Lo que se oculta es el hecho de que la propiedad privada es el mayor motor moral y civilizatorio, así como el más importante factor de desarrollo de la vida cívica y familiar. Sin este incentivo, empobrecidos, sin movilidad y aislados, se refuerza la dependencia y se anula la capacidad de oposición. En una sociedad libre, las transiciones de cualquier orden están determinadas de abajo hacia arriba, todo lo demás es un delirio de totalitarios. La historia es bien conocida.
    por Karina Mariani
    15 min
  • La arbitrariedad y la furia contra la condición femenina
    La reivindicación feminista es hoy un campo de batalla furioso, un hervidero de odios antagónicos entre sí. Porque si todo es mujer, nada es mujer. Si ser mujer es una construcción social, no existe el machismo estructural. Si es fascista oponerse a que una niña comparta un vestuario con un varón adulto, pronto será delito denunciar los abusos de los autopercibidos mujeres. Si se puede ser acusado de transfobia por negarse a salir con una persona trans pronto esa libertad será delito. Si la condición femenina depende de la autopercepción de cada sujeto, la mujer como sujeto desaparece y del mismo modo sus derechos. Si la mujer desaparece como realidad social pierden sentido de las leyes que la protegen.
    Auckland o Nashville no son más que una muestra de la supremacía de género creando una realidad artificial dedicada a intimidar y acosar, cuyo hilo conductor es una ideología basada exclusivamente en el voluntarismo, la intolerancia y la frustración instauradas como derechos humanos. Este totalitarismo desbloquea una nueva dimensión de la arbitrariedad y la furia, y está funcionando como un mecanismo de control de quienes están rediseñando a la sociedad a una velocidad tan demencial que casi no nos deja ver como pisotean la verdad y el sentido común.
    por Karina Mariani
    14 min

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